Lo primordial: dónde está Miguel

El 17 de diciembre, 17 años después, un sospechoso taxista dijo saber dónde estaba el cuerpo de Miguel Bru; en un cañal de Berisso, días después, se encontraron tres piezas óseas y una suela de zapatos, que están siendo cotejadas por el Equipo Pericial de los Tribunales de La Plata. Hablamos con Rosa Schonfeld, su madre, que nos cuenta sus dudas, pálpitos y esperanzas.

¿Y vos que pálpito tenés, Rosa?

Yo creo que sí, que son restos de Miguel. ¡Si parecía una tumba el lugar donde estaban!

Las versiones más novelescas hablan de un hombre, taxista, que aseguró que un pasajero le reveló dónde estaban los restos de Miguel Bru, ahora, 17 años y decenas de rastrillajes después.

Otras más entendibles sugieren que este hombre rompió un eslabón en la cadena del encubrimiento, que no es taxista, o al menos que no fue un pasajero quien le confió los detalles.

Lo cierto es que se habló de una parcela bien concreta de un predio en Berisso donde, desde el lunes 20, se sucedieron rastrillajes y pericias varias: primero se encontró una especie de tumba, con cerámicas debajo de la tierra y palos atravesados; luego el fiscal ordenó separar a la Bonaerense de las excavaciones, por lo que todo se demoró; recién el miércoles 23 se hallaron los primeros restos óseos.

Yo creo que sí, que son restos de Miguel…

Las tradiciones marcan que no hay como el pálpito de una madre. Pero la Justicia no conoce de brujerías y ya mandó a cotejar los restos para determinar primero, si son humanos, y luego si coinciden con los ADN de Rosa y Néstor Bru.

Los optimistas se animan a adelantar que sí, que por las formas y consistencias los restos parecerían humanos.

Pero las pruebas de ADN recién se conocerán recién 45 días.

Mientras tanto…

Yo creo que sí, que son restos de Miguel…

Miguel estudiaba periodismo en la Universidad de La Plata hasta aquel 1993 en que fue desaparecido. Vivía en una casa tomada junto a varios amigos, donde había sido ya víctima de violentos allanamientos sin sentido: una vez, los mismos policías de la Comisaría novena irrumpieron rompiendo instrumentos a punta de pistola, acusando una denuncia por “ruidos molestos”. Miguel denunció al personal policial por irregularidades

La historia de la desaparición del joven periodista se remonta a la casa tomada donde vivía con amigos, donde fue víctima de allanamientos policiales sin sentido, violentos, a punta de pistola, con detenciones. Miguel denunció entonces al personal policial por irregularidades, y todo empeoró. Comenzó a ser perseguido por civiles y autos que le aseguraban la muerte si no retiraba la denuncia…

El 17 de agosto de 1993 Miguel salió de La Plata para cuidar una estancia a 50 kilómetros de la ciudad, y nunca más volvió.

Apareció en cambio su bicicleta, intacta, y parte de su ropa a orillas del Río de La Plata, cerca de la estancia. Las sospechas sobre la policía se volvieron cuasi certezas cuando las comisarías de la zona se negaron primero, a tomarle la denuncia a Rosa, y luego, a buscarlo a Miguel.

El entonces juez a cargo de la causa era Amílcar Vara, sostuvo por años la carátula de “averiguación de paradero” y no dejó a la familia Bru intervenir como “particular damnificado” por una frase escalofriante: si no hay cuerpo, no hay delito. En el tiempo en que estuvo a cargo de la investigación, que no fue, ni un cuerpo sugiere interpelar a la policía.

Fue finalmente destituido y enjuiciado políticamente al comprobársele irregularidades en 26 causas distintas en las que estaba involucrado el personal policial.

El caso dio entonces un vuelco abrupto. Se tomaron declaraciones de testigos de la comisaría 9ena de La Plata, quienes aseguraron haber visto entrar a Miguel ese 17 en que desapareció, y ver cómo era torturado con la tortura conocida como “submarino seco”: bolsa de nylon en la cabeza, golpes en el estómago.

Los libros de acta de la comisaría registran la entrada de Miguel Bru, aunque luego ingenuamente borrada y tapada.

Estas pruebas y muchas más condenaron a prisión perpetua a Justo José López y Walter Abrigo, en 2003, acusados de tortura seguida de muerte, privación ilegal de la libertad y falta a los deberes de funcionario público. también el comisario Juan Domingo Ojeda y el oficial Ramón Cerecetto fueron condenados a dos años de prisión, pero recuperaron su libertad apenas a los ocho meses.

Hasta aquí, la historia que fue.

La familia Bru, a través de su asociación (www.ambru.org.ar/) pidió desde entonces el procesamiento de todos los policías de la comisaría 9ena, del juez Vara, y por la aparición del cuerpo.
¿Qué significa la aparición del cuerpo 17 años después, condena mediante?

La primer pregunta y el reclamo más fuerte de toda nuestra lucha fue siempre saber dónde esta Miguel. Cuando terminó el juicio nuestro defensor me llama y me dice: “Rosa, podemos ofrecer una reducción de pena si ellos colaboran para encontrar a Miguel”. No hay ningún tipo de problema, ofrézcala; no me interesan más o menos años, yo quiero saber dónde está Miguel. Si bien hubo un juicio, nosotros necesitamos saber dónde está Miguel. Recién ahí va a haber justicia.

Se trata entonces de sanar la gran paradoja del caso Bru: sin cuerpo, dieron cuenta del delito gracias a testimonios, peritos, declaraciones. Lograban cerrar la herida que inauguró la dictadura y que Rosa escuchó en boca del juez Vara.

Pero la posible aparición de los restos de Miguel sugieren también investigar quién fue el informante anónimo, de identidad reservada, que como dijeron muchos medios “se presentó ante el fiscal y le dijo sé donde está el cuerpo de Miguel Bru”. Rosa se ríe ante tales versiones.

“No es tan anónimo. El fiscal venía manejando la fuente desde hace un tiempo. En estos casos, no se entiende lo de la identidad reservada. ¿Cómo sabe este tipo la parcela exacta dónde está Miguel? No estoy sugiriendo nada, pero viendo el lugar me parece que esta persona es más que un simple taxista como dice el fiscal…”.

Rosa respira.

Me avisa que va a decir una locura.

Que la entienda.

“Si fuera uno de los cómplices o asesinos de Miguel igual se lo agradecería, así terminamos de una vez por esto”.

Es una locura.

La entiendo.

Sólo le importa Miguel.