Un viejo, un pueblo

Por Piter “el Pepe” Boteur

No fue un día más en mi vida. Esa tarde comprendí que ya estaba viejo y que el pueblo, por el contrario, rejuvenecía en un grito de bronca, desesperación y desconsuelo. Esa noche entendí que tenía motivos para volver a luchar.

Corría el año 2001, el mes de diciembre y el día 19. Corría es una manera de decir. Porque aquellos días en Argentina eran lentos, interminables y por demás descontrolados. Los índices económicos rebotaban cual pelota de basket y la paciencia de la gente se agotaba a cada segundo. Siempre fui un tipo de pocos pesos por lo que no sufrí aquella crisis de manera económica. Como no tenía nada que poner en los bancos, estos no se quedaron con nada. Nada de nada.                       Recordé en esas jornadas, como en cada día de mi vida, los forros años noventosos. Muchas frustraciones  me habían empujado al abismo de la desesperanza, haciéndome sentir que mis valores, ideas y luchas me daban la espalda, me ignoraban, me mataban. Todo empezó cuando entré al Banco Nación. Era un mundo tenebroso. Lleno de cuestiones que revolvían el estómago de la ética y la moral. Después de meses de investigación sobre asuntos corruptos de funcionarios públicos, habiendo dejado mis amigos de lado, mi señora y hasta mis vicios, me ordenaron que detenga el trabajo. Faltaban solo algunas semanas para presentar los documentos. Justamente por eso se terminó.   Pude volver a las cosas que había dejado, pero la desidia me acompañó permanentemente. No pude reponerme  a la quema de tantos años de trabajo insalubre. Hijos de puta.

Luego de idas y venidas, la vida volvió a golpear ese portón de desilusiones que  tenía como corazón. Ya en la mañana, cuando me iba al laburo que tenía en la agencia de abogados de la calle Viamonte, se rumoreaba que ese día explotaría todo. Solo en ese momento entendí que algo en el país estaba pasando. Hasta entonces, sumido en mi red de engaños, no me lo vi venir. A diferencia del resto, tan metido en mis propias amarguras, no entendí que se avecinaban tiempos duros. Pero aquel día, cuando las persianas de los negocios se bajaban, cuando los supermercados eran saqueados y cuando en el trabajo me dijeron “váyase a su casa” comprendí que había estallado todo. Que los platos se habían roto. Que la vajilla de las privatizaciones se había venido abajo y el pueblo enfurecido tenía que empezar a barrer eso sucios y sangrientos vidrios astillados que se incrustaban en la billetera de cada familia. Salí  de la oficina con vertiginosa intriga, con ganas de enterarme en minutos lo que se venía amasando hace meses. En esos segundos, lo creí y lo entendí todo. Vi al pueblo desenfrenado gritar “¡Acá estamos!”. Sonreí de manera vehemente. Vi a mi más querido aliado en plena acto de resurrección. Por fin, luego de 10 años de ignorancia e intrascendencia, nos volvemos a encontrar, pueblo querido. Cayeron lágrimas  alegres mezcladas con la bronca que me contagiaban. Esa gente con la que no tenía nada que ver. Pero lo sentí legítimo, global, masivo. Lo sentí mío.

Cuando pensé en donde me encontraba, estaba en el medio de la plaza tirando piedrazos a la policía, que sin pudor apaleaba y reprimía a la furiosa masa. Los movimientos eran cíclicos. La gente avanzaba sobre la autoridad hasta un punto, y desde allí avanzaba la policía y retrocedía el pueblo. Eran como límites establecidos en donde a unos nos tocaba retroceder y a otros avanzar, luego cambiaban los roles. Poco a poco se puso más violento. Las corridas eran masivas y los límites menos límites.  Las piedras que tiraba volvían en forma de bala de goma. Me sentí con fuerzas. Luego vi impactar una goma negra en el muslo de un pibe que tenía al lado. Me quise ir, sentí que las piernas me temblaban y que la vida me rogaba huir. Sentí prefundas ganas de llorar. Al instante este hombre, con los dientes llenos de odio y repudio, siguió enfrentándose con la bala en una pierna. Mientras sangraba la herida, y los pantalones  se  teñían de rojo, él tiraba cuanta piedra estaba a su alcance. Me avergoncé de muchas de mis emociones. Seguí. Los tiros de goma se convirtieron en fuego. Fuego limpio en forma de plomo invisible pasaba por fuera de mis percepciones. Aquellos días murieron 31 personas. Las balas me miraban de reojo, la gente caía a mí alrededor y yo, imprudente, no pensé en mis hijos. La bomba que me salvó explotó al lado de mi pie izquierdo. Inhalé como nunca antes había inhalado otra sustancia.  Creo que me desvanecí esperando alucinaciones o alguna otra situación familiar. Nada de eso pasó, perdí todos mis sentidos y creí desmayar.

Es incomprensible e inexplicable lo que pasó en ese lapso. No sería cierto afirmar que estuve muerto, tampoco falso. Lo concreto es que cuando la vida me dio una nueva chance de abrir los ojos, estaba en el colectivo volviendo a casa. Pensé y constaté que a mis 40 años ya estaba viejo para aquellos trotes y revueltas. No lo pude creer.  Estaba más vivo que siempre. Viejo, pero vivo. Viejo, pero con esperanza.

Cuando llegué a casa mi mujer me insultó entre besos desesperados. Me rasguñó los brazos, me mordió la cara y me habló desde el corazón de una mujer que temió quedarse sola. Recordó a mis dos hijos y me pidió que nunca, pero nunca, vuelva a pensar en dejarla con los nenes. La vi y ni siquiera atiné a defenderme. Lloramos juntos por un tiempo. Luego de miles de lágrimas derramadas por lo tremendo de la imprudencia, de la desconsideración y de los errores que jamás volveré a cometer, le dije suavemente al oído esas palabras que retumban en el corazón de un hombre cuya vida recobró un sentido hermoso, social y único: “Yo estoy viejo pero el pueblo está vivo, mi amor”.  Así se siente envejecer, es ver nacer, ver crecer y rejuvenecer lo que alguna vez fue de uno y, que, por crueles acciones de las agujas nos van dejando en un lugar donde las piernas tiemblan, las lágrimas son fáciles y las esperanzas vuelven a abrazarme.