Mis versos

Estos son mis versos. Son como son. A nadie los pedí prestados. Mientras no pude encerrar íntegras mis visiones en una forma adecuada a ellas, dejé volar mis visiones: oh, cuánto áureo amigo que ya nunca ha vuelto! Pero la poesía tiene su honradez, y yo he querido siempre ser honrado. Recortar versos, también sé, pero no quiero. Así como cada hombre trae su fisonomía, cada inspiración trae su lenguaje. Amo las sonoridades difíciles, el verso escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una lengua de lava. El verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el sol, se rompe en alas.

Tajos son estos de mis propias entrañas, –mis guerreros.– Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre sale a borbotones de la herida.
No zurcí de éste y aquél, sino sajé en mí mismo. Van escritos, no en tinta de Academia, sino en mi propia sangre. Lo que aquí doy a ver lo he visto antes, (yo lo he visto, yo).– Y he visto mucho más, que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos.– De la extrañeza, singularidad, prisa, amontonamiento, arrebato de mis visiones, yo mismo tuve la culpa, que las he hecho surgir ante mí como las copio. De la copia, yo soy el responsable. Hallé quebrantadas las vestiduras, y otras no y usé de estos colores. Ya sé que no son usados.– Amo las sonoridades difíciles y la sinceridad, aunque pueda parecer brutal. Todo lo que han de decir, ya lo sé, lo he meditado completo y me lo tengo contestado.

He querido ser leal, y si pequé, no me arrepiento de haber pecado.

 Mi poesía

 Muy fiera y caprichosa es la Poesía.
A decírselo vengo al pueblo honrado…
La denuncio por fiera. Yo la sirvo
Con toda honestidad: no la maltrato;
No la llamo a deshonra, cuando duerme
Quieta, soñando, de mi amor cansada,
Pidiendo para mi fuerzas al cielo;
No la pinto de gualda y amaranto
Como aquesos poetas; no le estrujo
En un talle de hierro al franco seno;
Y el cabello dorado, suelto al aire,
Ni con cintas retóricas le aprieto:
No: no la pongo en lívidas vasijas
Que morirán; sino la vierto al mundo,
A que cree y fecunde; y ruede y crezca
Libre cual las semillas por el viento:
Eso sí: cuido mucho de que sea
Claro el aire en su entorno; musicales
Las ranas que la amparan en el sueño,
Y limpios y aromados sus vestidos.–
Cuando va a la ciudad, mi Poesía
Me vuelve herida toda; el ojo seco
Como de enajenado, las mejillas
Como hundidas, de asombro: los dos labios
Gruesos, blandos, manchados; una que otra
Gota de cieno en ambas manos puras
Como un cesto de ortigas encendidas:
Así de la ciudad me vuelve siempre:
Mas con el aire de los campos cura:
Baja del cielo en la severa noche
Un bálsamo que cierra las heridas.–
¡Arriba oh corazón: quién dijo muerte?

 …

El primer texto que acompaña estas líneas abre el libro “Versos libres”, de José Martí. La poesía que sigue lo cierra. Entre los dos, las rimas de un hombre que creyó en los hombres.

Nada de lo que pueda decir sobre los versos, la prosa o los escritos periodísticos de Martí va a ser suficiente, o esclarecedor, o sumará algo. ¿Disfrazándome de qué podría agregar algo a lo que el poeta puede decir de la poesía?

Si considero, en cambio, pertinente y hasta tal vez necesario, tomarme el atrevimiento de sugerir, de pedir y de desearle a quien lea, que se guarde un rato para acercarse a esta forma de decir. Eleva las palabras embelleciendo las denuncias más duras y las tristezas más tristes, sin por eso volverlas más livianas.

José Martí, sus libros, su historia, su pasado, su presente y su futuro, podrían ser un buen punto de partida.