La banda de Puan

Autogestionados, el equipo de fútbol de Filosofía y Letras entrena cambiando los paradigmas clásicos del deporte. Pelean contra la facultad para que les dé una mayor estructura. “Se intenta que la participación exceda a lo específico del fútbol”, cuenta su entrenador en el centro de Ciudad Universitaria.

Se acerca el mediodía y el sol se pone perpendicular a la cancha. En ella, están los estudiantes de filosofía y letras, quienes luego de toda una mañana de ejercitaciones, fintas, pivotes, amagues, remates, atajadas y pases, se preparan para el partido final. Las pecheras rojas a un lado, las azules al otro. Ciudad universitaria abre sus puertas y la cancha de once, que parece más chica de lo normal, de césped sintético verde  oscuro donde el caucho salta detrás del recorrido de la bola, es el escenario. Allí se arma algo que va mucho más allá de la pelota. Son una banda de pibes que se entrenan, bajo el mando de Gonzalo Castro, su director técnico, en cuestiones que superan los límites de ese rectángulo verde.  Por dentro se juega, once contra once, a dos toques, el pase es el objetivo. Se equivocan, se corrige, se vuelven a equivocar, se lamentan, se putean amorosamente, se instruye, se motivan, siguen intentando, y lo logran, uno, dos, tres, cuatro pases y siguen tocando. Por fuera, se gestionan, se hermanan, se organizan, la meta es tremendamente mayor a la que se pueda llegar a ver dentro de cuatro blancas líneas. Quieren vincular al fútbol con todos esos espacios en donde la pelota rebota: con la educación, con la integración, con la concepción de fútbol y universidad, futboleros y estudiantes.

            Azules y rojos juegan, los botines dejan su marca a cada paso y la bocha no para de circular, todos la tocan. La pelota no es de nadie en particular y es de todos en general. En este partido se ve un proyecto, una idea. No es un simple entrenamiento, es la viva imagen de años de trabajo que Gonzalo explica en detalle: “Históricamente la facultad tuvo equipos de fútbol, pero durante muchísimos años no presentó nada formal.  Desde hace 15 años soy técnico y después de pasar por diferentes lugares, me invitaron a jugar al equipo de la facultad, ya que soy estudiante de antropología. Eso fue en el 2003, y ahí le propuse a la coordinadora de deportes de la facultad el proyecto superador a lo que había. Previamente a eso, no existía una estructura consolidada de deporte, era nominal dependiente de extensión, pero no funcionaba, no participaba ningún deportista. Cuando presentamos el proyecto quedamos en que se hiciera abierto a todos los estudiantes de la facultad. Me terminaron dando el laburo, pero absolutamente gratis. El proyecto consistía en que yo me hiciera cargo de entrenar a los estudiantes que quisieran venir y que la facultad tuviera un equipo de once serio. Mi objetivo era dar una continuidad a un trabajo específico desde la nada, había que crearlo, sabiendo que era todo ad honorem. Recién en el 2005 empecé a recibir algo, luego en el 2006 se regularizó y me hicieron un contrato desde la facultad. A partir del 2003, cuando en el primer entrenamiento fuimos cuatro personas y jugamos con la pelota de mi hijo como único material, al día de hoy, donde tenemos un espacio consolidado, casi 50 personas participando en dos equipos, un respeto ganado a nivel institucional, una identidad de juego que prioriza lo colectivo. Que esto exista requiere del aval institucional, de mi y, fundamentalmente, de los chicos”.

            Las pelotas son varias, los jugadores muchos más que cuatro. La idea es la misma. Seguir tocando, tirando paredes, construyendo una estructura que rompa con ciertos prejuicios: “Antes, Filosofía y Letras no sólo no era reconocida por las demás facultades a la hora de jugar en los torneos, sino que era menospreciada. El preconcepto sigue estando forjado en una imagen que se tiene del estudiante donde se piensa que la práctica deportiva esta alejada de la reflexión sobre el deporte. Se entendió como parte de un fenómeno social que estaba inmerso en nuestra sociedad pero que siempre se dejó en un segundo plano. Este equipo intenta combinar ambas áreas.”

            El partido terminó, las pecheras vuelven al canasto y retornan a ser un equipo. Empieza la otra parte del entrenamiento. Se oyen gritos. Son anuncios de actividades. Programan reuniones para gestionar el año que viene: quieren conseguir un espacio propio para la facultad, quieren exponer trabajos relacionados al fútbol en Puan. Y ahí sí: las arengas se hacen más fuertes que cuando rodaba la pelota. Vehementemente. Es una imagen inusual. Nadie se va a seguir con lo suyo, todos escuchan, y, también, proponen: “Con el correr del tiempo la participación siempre fue abierta a cualquier estudiante. No se hace una evaluación de quién es parte del proyecto o no respecto sus habilidades técnicas. Todos están invitados a participar, pero después hay que venir a los entrenamientos, estableciendo pautas de convivencia. No deja de ser fútbol, pero aun bajo estas restricciones mínimas se trata de restablecer que la participación sea abierta a todo el mundo y que eso potencie el sentido de estar. Y es así, tarde o temprano terminan estando los que sienten esto, lo que lo disfrutan y los que lo ponen como prioridad en su vida cotidiana. El que viene a pasar el rato, no va a quedar, y el que sigue estando es quien se lo toma como compromiso. Se intenta que la participación exceda a lo específico del fútbol. Toda la realidad que implica jugar al futbol se trató de complementar con un anclaje institucional académico, con investigaciones, con libros, con publicaciones de artículos, con trabajos a nivel social que se pueden hacer en diferentes ámbitos, como por ejemplo, en Barracas o en Zavaleta, donde la facultad articula un espacio propio con un proyecto social. No es la pelota y nada más. El equipo se mantiene por los pibes y por su compromiso continuo; la facultad da el soporte, el lineamiento. Es más participativa. Si bien la verticalidad es necesaria para guiar al equipo, se trata de ser lo más horizontal posible, ser unificados. Hay un lineamiento que después se comenta y se puede ir modificando”.

Luego de dejar en claro las actividades del mes, poner énfasis en la participación para defender al proyecto y que este siga ganando espacio, todos se van de la cancha. Arrastrando los pies, cansados, con los cordones besando las baldosas y los materiales cargados al hombro. Parece que termina. Parece. La mayoría de los muchachos se queda en el bar, almuerzan juntos. Construyen al equipo en los diferentes frentes. Las líneas de la cancha se extienden, empiezan a englobar e integrar  diferentes áreas de la vida. El fútbol, por fin no es solo fútbol. Esto puedo darse, según el entrenador, gracias a que: “La mirada del deporte que aporta  María Inés Mato (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2010/06/aguas-abiertas-mentes-abiertas/), la coordinadora, tiene una postura diferente a la de los demás coordinadores, que la practica deportiva implique algo más que el deporte mismo es un paso superador. Sin la facultad el proyecto no podría mantenerse. Es cierto que podrían darse más cuestiones desde ahí, pero hoy hay esto y las ganas de participar de los estudiantes es vital. Sin jugadores no hay equipo. Algunas de las resoluciones tienen carácter autogestivo por la propia voluntad de los pibes en llevar esto adelante. Somos autónomos, en el compromiso se basa la autonomía. Hacen falta las dos cosas, allí se encuentra la perspectiva de crecimiento. En esa perspectiva estaría bueno que hubiera más gente, más pluralidad, más potencialidad de sacar adelante algo que se consolide a lo largo del tiempo. Si nosotros dejamos de acá en adelante una base sólida de participación colectiva en el ámbito deportivo y de reflexión sobre ello como instancia consolidada dentro de la facultad y, luego, en la UBA en general, sería un legado a futuro a tener en cuenta.

            Ahora sí, cada uno se va a tomar el bondi. Es increíble, pero la cancha de ciudad universitaria se estiró, llega hasta Zavaleta, hasta Barracas. Las rígidas líneas de cal sufren una ampliación inimaginable que hacen a esa cancha más grande que el Maracaná, cubriendo, incluso, esos espacios que no se pueden abrazarse físicamente.

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