Xavi, el hombrecito

Por Fidel Hernández, desde Goiania, Brasil.

Dibujo de Tomás Wengrowicz, especial para NosDigital.

Lunes 29 de noviembre de 2010. Un televisor prendido en alguna parte del mundo. El hombre mira y mira. Casi que no puede creer lo que ve. Los ojos se le van poniendo vidriosos con el correr de los minutos y un nudo le invade la garganta: definitivamente, está conmovido. Mil veces le dijeron que ese juego era lo más hermoso que los seres humanos habían inventado a lo largo de su historia y él lo había repetido casi sin saber lo que decía. Mil veces también creyó descubrir la esencia de lo que lo enamoraba apasionadamente durante 90 minutos. Se da cuenta de que está equivocado: todo lo que piensa y todo lo que siente se desploma ante las imágenes que vienen desde Cataluña.

Ese hombrecito con la 6 en la espalda y el buen fútbol en la sangre maneja el movimiento de la orquesta como no lo hace casi ningún director en el mundo. Parece saberlo todo acerca de los misterios que caben en una cancha. Se muestra como si no le quedara secreto alguno por descubrir. La pelota se siente a gusto con su conducción: viaja de un lado al otro sin aburrir, con una dinámica que respeta el sentido de cada espacio del verde rectángulo. No acelera en el sitio donde no debe; no adormece cuando la vida pide vértigo. Siempre el hueco justo en el instante justo, para demostrar, todas las veces que haga falta, que contra la paciencia para distraer no hay sistema táctico que resista. Siempre la combinación exacta de precisión y de velocidad, para encontrar atajos donde las multitudes de piernas rivales no permiten pasar.

Ese hombrecito de 30 años con orgullo catalán a cuestas conoce a fondo los sentidos del fútbol. Lleva encima una historia de la que se hace cargo y a la que le rinde pleitesía cada vez que ingresa a una cancha. Toque corto y pared, defiende al fútbol como una construcción colectiva que no deja lugar para la mezquindad. Ganar jugando bien y no de cualquiera manera, porque ser feliz no se consigue a cualquier precio. Tener la pelota infinitamente, ya que perderla es como dejar ir al amor de la vida. Atacar sin miedo al fracaso, aclarando una vez más que negociar la audacia es una falta de respeto a la condición humana.

El hombre sigue mirando y se le tensan los músculos de la cara de tanto sonreír. Lo ve al hombrecito dar, por milésima vez en el partido, un pase al pie de un compañero y se pone a aplaudir. Qué no daría por jugar 5 minutos como ese muchacho, se dice a sí mismo con el hilo de voz que le queda. El árbitro pita y el concierto se acaba. El hombre se seca una lágrima y se levanta de su asiento. Ahora sí está seguro de haber descubierto la belleza.

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