No se olvidar

La joven vida tras el fusilamiento. Otra vez el relato de la muerte, pero con perpetradores de la violencia organizada desde el Estado. Personajes que aún buscan eludir a la justicia treinta y cuatro años después. Si no sabés olvidar, recordá

“No puedo, no puedo”, suplicaba Raúl Augusto Bauducco desde el piso del patio de la Unidad Penitenciaria 1 de Córdoba. El cabo Miguel Ángel Pérez ya le había dado un palazo en la nuca que de tan fuerte lo desmayó y, mientras Paco –así le decían a Raúl- estaba desvanecido en el piso, tratando de poner un poco de racionalidad entre tanta locura represiva con el hilo de voz finita que costaba escucharse por la neumonía que arrastraba en esa fría mañana del 5 de julio de 1976. Pérez continuaba gritando: “Levantate, levantate o te mato”. Todo en el marco de una requisa rutinaria que sólo se explica como rutinaria desde la costumbre de matar que se adoptó en cada uno de los puntos del país donde un uniformado decidía la suerte de quienes no llevaban uniforme durante esos siete años de plomo. Cuarenta testigos -desnudos, algunos con los brazos contra la pared, otros acostados boca abajo con oficiales caminando sobre sus espaldas- miraban con el horror y la incredulidad lógica que provocaba la escena aun en medio de tanto terror sistematizado. El cabo seguía insistiendo. Y Paco ya no tenía fuerzas. Un movimiento de cabeza, sólo eso, del teniente Enrique Pedro Monez Ruiz, en respuesta a la mirada interrogativa de Pérez, bastó para que el represor comprendiera que llegaba la hora de cumplir con su amenaza: ahí mismo, a la vista de todos, fusiló a Bauducco a quemarropa. Este asesinato, junto a otros treinta, es una de las acusaciones por las que Videla, Menéndez y veintinueve represores más están siendo enjuiciados en Córdoba en el marco de las atrocidades que se produjeron en la UP1 durante la última dictadura militar. Es, probablemente, el fusilamiento con más testigos que se produjo durante el Proceso de Reorganización Nacional, por eso la importancia del caso dentro del juicio. No se trató de un exceso: cuando el general Juan Bautista Sasiaiñ intervino el penal el 24 de marzo de 1976 dijo a los detenidos por razones políticas: “Les vengo a comunicar que todos ustedes están condenados a muerte. Pero no se pongan contentos, pues morirán uno a uno muy lentamente, de manera que se arrepientan de haber nacido”.

Paco tenía 28 años cuando fue detenido a fines de 1975 junto a su pareja Doris, que estaba embarazada y parió a su hijo en la cárcel. Doris luego se exilió en Venezuela y ahora vive en España. Tomas, el niño que nació en cautiverio, estudia música en Nueva York.  Raúl había nacido en Rio Cuarto el 13 de enero de 1984, pero llegó a Córdoba para estudiar periodismo en la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional. Allí también trabajaba. Y, entre mates y acordes de guitarra, fue volcándose a la militancia hasta que entró en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Siempre alegre, poco a poco se fue ganando el respeto de toda la facultad en las multitudinarias asambleas que se desarrollaban en esos años tan agitados de la política nacional. Sus compañeros y sus familiares se enteraron de su muerte un par de días después de que el cabo Pérez le disparara. La noticia les llegó en las páginas de La Voz del Interior, el diario que reproducía con exactitud cada uno de los comunicados del Ejército. No se hablaba de fusilamiento, la nota decía: “Mientras se efectuaba un control de rutina, Raúl Augusto Bauducco se abalanzó sobre el jefe de la patrulla militar de seguridad, intentando arrebatarle el arma reglamentaria. La reacción de éste fue instantánea y automática, efectuando un disparo que dio muerte al delincuente subversivo”. Los padres de Paco no pudieron digerir la noticia, entonces fue su tío el que salió a recorrer las morgues de la capital cordobesa en busca de su sobrino. Encontró el cadáver vestido con un pijama y con un tiro en la cabeza. No tardó mucho en desconfiar de lo que había leído en el diario, y con los años pudieron reconstruir la mentira que publicó La Voz del Interior. Seguramente, Raúl nunca hubiera imaginado que un periódico podía engañar así cuando viajó de su Río Cuarto a Córdoba para aprender con pasión el violento oficio del periodismo.

Más paradojas del destino que Paco nunca imaginó cuando se anotó en la Escuela de Ciencias de la Información: el mismo hombre que lo fusiló por no cumplir la orden de levantarse cuando él estaba desvanecido en el piso del patio del penal era dueño de una productora de televisión local en la ciudad serrana de Cosquín. Y, a la espera de la sentencia del juicio que se está desarrollando estás semanas en Córdoba, goza de la libertad gracias a las leyes de obediencia debida y punto final pese a que el 14 de junio de 1983 el Juzgado Federal Nº1 ordenó su detención. Por eso, el pueblo de Cosquín se movilizó para hacerle un escrache al cabo Miguel Pérez en el año 2000. La agrupación H.I.J.O.S. y el Círculo Sindical de Prensa de Córdoba, encabezado por el periodista Miguel Hernández, fueron los organizadores. Unos días después del escrache, Elizabeth, la novia de Hernández, fue secuestrada durante una hora y media, golpeada y vejada por tres hombres encapuchados. Le pintaron la zona genital con témpera roja, le hirieron los pechos con un vidrio y le advirtieron que su pareja terminara con los escraches, o si no se ocuparían de su hija, de apenas nueve años. Elizabeth, aunque no tenía neumonía, ni estaba en el patio de la UP1 como Raúl Augusto Bauducco, sólo pudo suplicar piedad. Pero a ella sí la escucharon.

Fuentes:

http://www.desaparecidos.org

http://cosquin.wordpress.com

http://www.eldiariodeljuicio.com.ar/

Del libro: “Por la memoria, por la justicia, por un sueño” de Familiares de desaparecidos y Detenidos por Razones políticas de Córdoba