Mariano Ferreyra

Han pasado unas semanas ya y en las noticias continúan resonando detenciones, declaraciones y sospechas. El compromiso político fue asumido rápidamente, mientras los detenidos salpican culpas que implican los entramados que todos conocen pero nadie admite. Mariano Ferreyra fue asesinado el pasado 20 de octubre en sucesos  de público conocimiento.

En la memoria, esa memoria colectiva tan rica como confusa, esa memoria que HACE la Historia de todos los días, esa que pide ser construida.

Así surgen los encadenamientos fácticos que rescatan uno u otro de los condimentos envenenados, en este caso, del asesinato de Mariano.

Un nuevo asesinato político. Algunos lo vinculan directamente con Kosteki y Santillán de aquél 26 de junio del 2002 en Puente Pueyrredón por haber compartido lugares de militancia, por haber sido asesinados manifestándose en protestas sociales. La política represiva duhaldista se ha esfumado, como la vida de Mariano.

La negligencia policial fue la protagonista de esa tarde de miércoles de miércoles. La misma negligencia que mató a Rubén Carballo, el de 17 años en Villa Luro, antes del recital de Viejas Locas del 14 de noviembre del 2009. Su cuerpo mostraba las consecuencias de la represión policial generalizada de esa noche: marcas de balas de goma, hematomas, la pintura azul. Las heridas de Mariano no tenían la firma de la PFA; esta vez dejaron hacer, pero con la misma lógica de encubrimiento grotesca y evidente.

Esos que hacen de la violencia su código moral y los mismos que son el arma de choque de políticos o de quien les pague, y esos que con la pelota como excusa, se volvieron mercenarios que pretenden tener algún extraño permiso para matar. “Barrabravas” son los implicados en el asesinato de Ferreyra, como están bien involucrados en el deceso de Emanuel Álvarez, hincha de Vélez baleado en el corazón cuando iba al Nuevo Gasómetro antes del partido del 15 de marzo del 2009.

Mariano se erige día a día como un símbolo que aglutina los resultados de las injusticias, las desigualdades y los atropellos de nuestra sociedad. Los paralelismos, como tales, pueden continuar indefinidamente. Los nombres, con tristeza,  no se acaban. Fuentealba, Arruga, Castellucci, Lopez. Son los muertos de una violencia necesaria y promovida por unos pocos que nos repugna a todos.