Los Girasoles, una alternativa de vida

Uno de los corrales de Los Girasoles. Atrás, el criadero de conejos y el matadero.

Salí bien temprano de Plaza Italia, en el 57 que me iba a llevar hasta Luján. El boleto era de diez pesos; subí: sin cola, sin espera. A las 10 el colectivo estaba en marcha. Me acomodé preparandome para un viaje que, creía, iba a ser largo, pero no lo fue: apenas cinco minutos despues de las once ya estaba caminando por la estación de micros de Luján. Tenía que averiguar dónde tomarme el 503, línea que me dejaba en mi destino, y fui a la oficina de informes:

-¿Para Carlos Keen?

-El 503, plataforma 17, sale a las 11.45.

Aproveché el tiempo que restaba para caminar por la ciudad. Estaba atestada de íconos religiosos. Al final de la avenida se veía la imponente basílica, a los costados innumerables puestos de venta de bijouterie cristiano. Despues de haber caminado una cuadra y haber recibido cuatro ofertas de venta de estampas o pulseras decidí mejor esperar en la estación.

A las 11.44 llegó el 503, lleno de tierra. Conmigo subieron diez personas, entre ellas un gaucho, dos señoras mayores y una viejita arrugada como una pasa de uva; la vieja leía Página/12 y comentaba en voz alta: “A estos tipos los tienen que meter presos”, mientras señalaba una foto del represor Antonio Bussi.

Carlos Keen se encuentra a 13 kilometros de Luján pero el micro, antes, recorre la ciudad de Luján recogiendo pasajeros, en su mayoría chicos con guardapolvos. Salimos por a la ruta 7 y pasamos a ser el único vehículo en la carretera. Nadie iba, nadie volvía. A ambos lados campo y nada más. Al rato, una escuela. Todos los chicos con guardapolvos bajaron, a esa altura el único pasajero que quedaba era el gaucho. Mientras escuchaba como hablaba con el chofer ví como pasábamos un cartel grande: “Carlos Keen”. Había llegado.

El sol era pesado y la sombra escasa. Tomé el camino de tierra que estaba enfrente. Tenía que encontrar a alguien que me diga dónde quedaba el lugar a dónde yo iba, pero las calles estaban desiertas y las persianas cerradas. Claro, hora de la siesta.

En eso, un jóven pasa en una bicicleta:

-¿El restaurant Los Girasoles?

-Uh, estas re lejos. Como a ocho cuadras

Me dio las indicaciones y seguí adelante. De esta forma llegué a la calle principal y desolada del pueblo. Entre el cantar de los pájaros y los grillares se escuchaba, cada tanto, el ruido de una manguera regando un jardín, la risa de un niño, el ladrido de un perro. Pasé por al lado de la vieja estación de trenes del pueblo, ya monumento histórico, y a pesar de seguir al pie de la letra las indicaciones, estaba perdido. Las calles no tienen nombre, o si, pero de fantasía. Otra persona que encontré me supo decir: “A la vuelta del almacen viejo”, y eso fue todo. No encontré el almacen pero si a un matrimonio que paseaba. En realiadad ellos me encontraron a mi:

-Vos no sos de acá ¿estás perdido?

-Estoy buscando el restaurant Los Girasoles.

-Es por esta calle, tres cuadras derecho. Despues de comer, recorré el pueblo para que veas lo lindo que es. ¿De dónde sos?

-De Capital

-Ah –dijeron los dos y continuó el viejo- es otra cosa, acá no tenemos toda esa contaminación, yo viví allá y hace diez que estoy acá y soy muy feliz.

Me despidieron con sonrisas efusivas señalandome el camino.

“Fundación Camino Abierto, Restaurant Los Girasoles”, rezaba el cartel en la entrada. El contexto era como el del pueblo: silencio de siesta. Me aventuré dentro del predio y ví a lo lejos a dos personas.

Eran Hugo Sentineo y Susana Edmoris, dueños de las seis hectáreas de huerta y granja de la fundación. Me acerco caminando por un sendero flanqueado de pasto, árboles y la paz que todo el pueblo transmitía. De fondo se veía el salón del restaurant, vacío.

-Hola, quería saber si podía almorzar- les dije.

-Uy, no- me dice Susana- atendemos sábados, domingos y feriados.

Era lunes. De todas formas me quedé charlando con ellos hasta que Hugo me invitó a recorrer el predio. Contó de la fundación, de sus 18 años en Carlos Keen y de cómo conoció a los chicos que hoy trabajan con él:

– La vida nos involucró. Con Susana vivíamos en Capital, en Paternal. Mi hija mayor conoció un chiquito abandonado en el hospital, de nueve años que nadie lo iba a ver, entonces fuimos a conocerlo. La asistente social del hospital iba viendo la relación y un buen día nos preguntó si nos animábamos a hacernos cargo de él para no mandarlo a un instituto. Lo llevamos a casa y cuando llega nos dice que tiene dos hermanitos que andaban deambulando por la zona de Flores y también los llevamos con nosotros.

“Con Susana queríamos vivir de una manera más natural y vinimos a Carlos Keen”, contaba mientras caminábamos: “El restaurant salió por añadidura, nos sobraba producción y algunos de los pibes habían estudiado gastronomía”. Los chicos que viven ahora con Hugo y Susana son once, pero ya pasaron por la fundación más de cincuenta: “Ya hasta tenemos nietos, te imaginarás después de 18 años”.

Mientras caminábamos, Hugo me mostró las diferentes especies que cultivaban. “Nosotros tratamos de producir todo lo que necesitamos”, me contaba y era cierto: dentro de la fundación hay vacas, cabras, cerdos, ovejas, peces, conejos, faena, taller, colmena y una variedad enorme de productos hortícolas. En el centro del predio hay un lago, “es para crear un microclima natural, por eso no tenemos mosquitos, moscas, nada”.  Seguimos adelante, pasando al lado de un espantapájaros y Hugo me señala algo que parecía una antena satelital: “Es una cocina solar, una manera de aprovechar los recursos naturales”, me dice mientras me hace pasar la mano por arriba para hacerme comprobar el calor que soltaba y sigue: “Sirve para hacer cualquier tipo de comida de olla, como pucheros”. Acto seguido me mostró los hornos de barro: “Acá cocinamos casi toda nuestra comida”. Seguimos.

“Este es el otro salón del restaurant”, me señala. Los dos sectores más las mesas situadas afuera suman una capacidad de cien personas comiendo al mismo tiempo. El día anterior habían recibido un total de 300 personas y Hugo afirma que los fines de semana son así: llegan alrededor de tres mil turistas al pueblo.

Me llevó hasta los corrales y caminamos entre cabras y ovejas hasta llegar a un galpón grande en el que desde afuera  se escuchaba una innumerables cantidad de ruidos sordos, como bullicios. “Este es el criadero intensivo de conejos”, presenta Hugo y me señala el salón lleno de pequeñas jaulas con montones de blancos conejos. “Debe haber 400. -piensa Hugo- Por semana el restaurant necesita unos cincuenta, si vemos que no damos abasto ofrecemos otro plato”. Caminamos bordeando las jaulas y me señala el piso: “Con los desechos de los conejos nosotros fabricamos nuestro propio abono”.

Seguimos adelante, otro galpón. Parecía un clínica de hospital: una gran camilla de metal y una limpieza impecable. “Acá se produce la faena de los animales”, muestra Hugo y explica la función de cada artefacto: “Con ese hacemos los chorizos, con ese se desangra los pollos, con ese se sacan las plumas”. Las plumas, como los desechos, las reciclan: “Con las lómbrices, todo se recicla”.

Caminamos hasta el fondo del corral, dónde están los cerdos y como último, la colmena: “Es necesario que este cerca de la huerta, así poliniza”, afirma Hugo, que deja cada vez más la seguridad de que todo está friamente calculado.

Volvimos al sendero donde habíamos comenzado el recorrido y nos encontramos con una mesa servida. Hugo me invita a comer. Algunos chicos llegan a almorzar, eran cuatro. Hablaron de lo que tenían que hacer esa tarde en la huerta y despues me contaron de lo que iban a hacer con su futuro. La charla y las risas abundaron como la exquicita comida que sirvieron: medallones de bondiola, con batatas agridulces y una ensalada de arroz y zanahoría. Todo natural, todo de la granja. Comenzaron, durante la sobremesa, a contar anécdotas del oficio: los clientes que van siempre, los problemas en la cocina. Uno de los chicos cuenta que está empezando a estudiar inglés, acto seguido Hugo dice: “En realidad el fue aprendiendo con los turistas, tiene mucha memoria auditiva”. Y comenzó entonces una charla sobre los extranjeros que llegaban y se hospedaban en alguna de las dos cabañas de la fundación. Hugo asegura que están pensando en aumentar la cantidad de alojamientos porque la demanda está creciendo y, además, para instruir a los chicos en la construcción.

Con la mesa ya limpia, me alejo con Hugo y le pregunto qué los diferencia de otros restaurantes. Me responde: “Hacemos todo gourmet, no usamos ningún agroquímico ni conservante y todo con nuestros productos; eso se reflejan en los gustos. La preocupación nuestra es que sea un plato de buena calidad y que el cliente nos recomiende, por eso nunca hacemos publicidad, no la necesitamos”.

Me acerqué a despedirme de todos y uno de los chicos me acompaña a la puerta de entrada al predio:

-¿Cómo tomaron el hecho de que está creciendo turísticamente?- le pregunté.

-Tengo miedo de que se eche a perder el pueblo, en el sentido que se empiece a contaminar todo.

Lo saludo y caminó a la ruta, a la parada del 503,  pero con el corazón y el estómago llenos.