La dignidad nunca jamás se negocia

Por Fidel Hernández, desde Mali

El Hombre de las lealtades inquebrantables se sienta y mira. Ya sabe qué va a decir, qué le van a contestar y cuál será la reacción generalizada. Lo sabe porque ya pasó mil veces por situaciones semejantes, en las que las miserias de la sociedad de la que es parte afloran como si fueran una catarata incontenible.

El Hombre de las convicciones inclaudicables avanza hacia el micrófono y se explaya en argumentos que dejan atónitos y adormecidos a los buscadores de titulares precoces: no va a continuar en el cargo que lo puso en el lugar de héroe de buena parte del pueblo chileno. La certeza de no poner su enorme capacidad de entrenador al servicio de los intereses de los poderosos lo obliga a la renuncia; la necesidad de no quebrar los principios morales lo ubica afuera de la gloria que ofrece el mercado; la imposibilidad de ser parte de un proyecto que se encuentra en las antípodas de sus ideas lo lleva a dar un paso al costado.

El Hombre de las justicias intensas no tiene dudas. Ninguna decisión es tomada al azar ni privilegiando egoísmos personales. El individualismo hegemónico le cuestiona dejar escapar el tren del triunfo, exactamente ahora, cuando los triunfos lo habían subido allí más que nunca. El conoce bien que el triunfo conducido por el español Jorge Segovia y los suyos huele mucho más a derrota de mayorías que a victoria colectiva. Parece lógico: si nunca tuvieron problemas de insomnio por enriquecerse con el sudor ajeno, no aparecen motivos claros para creer que desde el manejo del fútbol chileno vayan a poner a la solidaridad como eje de sus resoluciones.

Al Hombre de las noblezas ideológicas no lo asusta que lo acusen de loco o de caprichoso. Está seguro de que no hay locura más grande que sostener, como hacen los que se creen los dueños del fútbol y de todo, que el éxito y la felicidad son sinónimos. Está también convencido de que caprichoso es considerar, como piensan Sebastián Piñera y sus colegas empresarios, que el fútbol o la vida tienen sentido como una excusa para que la alegría sea un privilegio de pocos.

El Hombre de las honestidades profundas se levanta de la silla después de hablar más de dos horas consecutivas. No está cansado del todo, tiene la voluntad intacta y la conciencia limpia. Hace lo que cree y no hace lo que no cree. Y entre lo que no cree están los discursos que comercializan la vida humana. Sin negociar lo innegociable, la dignidad está a salvo.


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