Hacia la Ley de Centros Culturales

Los centros culturales El Surco y La Usina del Sur proponen que una ley enmarque a los 300 espacios que, hijos de la crisis del 2001, se cargaron la participación política barrial a sus espaldas y luchan contra las constantes inspecciones en busca de infracciones para multar o clausurar estos molestos lugares.

El principio, nudo y desarrollo del cuento que conocemos todos.

Banalmente dice así:

Crisis. Fuga de Capitales. “Que se vayan todos”. Asesinatos, Fuga de Presidentes, Fábricas cerradas, Medio país pobre.

Ideas, Asambleas, Piquetes, Asesinatos, Fábricas Recuperadas, Centros Culturales.

Incendio y Masacre en Cromañón.

 Y acá empieza esta historia.

 Los centros culturales y sociales nacieron como nuevas formas de reemplazar -al menos en parte- a la política tradicional, vertical y vencida. Discutir, conocer a los vecinos, comer, exponer muestras de pintura o fotografía, compartir talleres, forjar medios de comunicación como radios o revistas barriales, disfrutar como espectadores o hacedores de cine, teatro, música, danza, mimos pasaron a ser actividades que se hacen conjuntamente entre vecinos de un barrio.

Pero post-Cromañón (diciembre 2004) los 300 espacios que flotan entre clubes de música y centros culturales en la Ciudad de Buenos Aires tuvieron que atenerse a medidas de seguridad. Lógico. ¿Cuáles? Las mismas que un teatro con fines de lucro.

Daniela, hija de Boedo, representada por el Centro Cultural El Surco: “Después de Cromagnon, las medidas de seguridad se multiplicaron y las exigencias fueron las mismas para un centro chico que para un teatro. Los inspectores llegan a la noche y buscan motivos para una buena multa impagable para un centro cultural”. Tal como ocurrió en Espacio Cultural Bonpland dos veces este año, o en la Huerta Orgazmika el año pasado, el Centro Cultural Almagro, el Sur, el 25 de Mayo, que el gobierno prometió cogestionar y no cumplió, el Movimiento Afrocultural Bonga, con orden de desalojo, el de la Asamblea de Flores, en idéntica situación.

 “Con este gobierno, esto se profundiza porque está hasta ideológicamente en contra de los lugares donde se haga política y se piense”, así explicó lo que ya Mauricio Macri se ocupó de que sea obvio y todos conozcamos mejor que el cuento

 Ojo. No todos piensan lo mismo. En las dos movilizaciones “No al Silencio Musical. Sí al Vivo”, en la que músicos como Mariano Otero, Lisandro Aristimuño, Bruno Arias, Liliana Vitale y Pablo Dacal entre otros, además de organizaciones sociales exigían que no se cierren más de los locales de música que tienen permisos especiales, por cuestiones burocráticas, para aparentar preocupación por las condiciones edilicias de los clubes, Hebe de Bonafini, por ejemplo, fue más a fondo: “Macri es un tipo amargado, además de inculto. Por eso no se lleva bien con todo lo que es felicidad para la juventud, como la música”.

Pero como hasta ahora, todo lo represivo tiene respuesta. El Frente Cultural Raymundo Gleyzer, que agrupa a El Surco con La Usina del Sur está buscando apoyo de los otros 300 espacios para enviar a la Legislatura un proyecto de ley que incluya la figura del centro cultural y social en las normas para que las exigencias de seguridad sean acordes y que el Estado los reconozca, así como a los teatros independientes y les asigne los subsidios que les corresponden, como espacios de construcción política y participación barrial genuina, para la actividad, equipamiento e infraestructura.

Así, la ley se adaptaría a las modalidades de la sociedad, y no al revés.