El jazz es desarmar y rearmar

Roxana Amed y Adrián Iaies explican lo que es el jazz: descomponer una canción y mantener el núcleo para jugar con el público a descubrir clásicos vistos desde una nueva perspectiva. Además, rechazan la vuelta del vinilo ante la muerte del CD.

Roxana Amed y Adrián Iaies, voz y piano, se juntaron en marzo para grabar en marzo, decidieron hacer las fechas que él tenía en mayo en Café Vinilo, lo hicieron, el público pidió el disco y dos meses más tarde lo tuvo: Cinemateca Finlandesa. Todos los sábados de noviembre se están subiendo al escenario a presentarlo en el mismo local de siempre. El “leitmotiv” del concierto: miradas cómplices y de agradecimiento.

Después de un fuerte apretón de manos, responden.

Cinemateca Finlandesa incluye canciones de Thelonious Monk  (Pannonica), Carlos Gardel (Cuando tú no estás), Charly García (Viernes 3 AM, Rasguña las piedras) y hasta el Cuchi Leguizamón (La Arenosa). ¿Su piedra fundamental es desarmar y rearmar clásicos de distintos géneros para darle un marco jazzístico?

Roxana Amed: Desarmar es una manera de dar forma jazzística, no ignorando el núcleo sino contándolo desde otro lado.

Adrián Iaies: No es un marco jazzístico. Dicho así, está mal. Si agarráramos canciones de otros repertorios y las hiciéramos sonar como jazz. Lo jazzístico está en la filosofía con la que te acercás a las canciones.  Éste género no es un bien en sí mismo y es un bien en sí mismo.  ¿Se entiende?

No.

AI: Alguien estuvo siempre en esta habitación y tiene un recuerdo de ella. Viene otro y se la muestra desde otra perspectiva. ¿Por qué no pudo verla de otra forma? Por rutina, por costumbre. Cuando viene el otro y le muestra el otro punto de vista, hace jazz.

¿Cuál es ese punto de vista en el jazz?

RA: No es exclusivo del jazz. Buscar ese punto de vista es lo jazzístico. Es muy distinto a hacer un cover de una canción, que intentan reproducir la habitación desde el mismo lugar desde el que la ve todo el mundo.

AI: El mérito es la canción. Hay ciertas canciones que las tocás de un modo o sería mejor no tocarlas. Hay otras que aceptan un montón de lecturas distintas. Esa es una riqueza que tiene en sí misma. Lo que te da el jazz es la apertura para pensar que la canción puede tener otra mirada. Como dice el chiste del tipo al que se le perdió algo y lo está buscando. Viene otro y le pregunta si lo perdió ahí. “No, pero es el único lugar donde hay luz”.

¿Tiene que ser necesariamente un clásico?

RA: Tiene que serlo para que podamos hacer el desarmado y el público siga conociéndola. Si no, pierde la gracia.

AI: Que la canción sea un clásico permite un juego con el público porque todos saben de qué se está hablando. Si toco un tema mío tengo que hacerlo como yo lo escribí, lo pensé y como lo di a conocer.

Acusás en cada entrevista “Las no políticas de las discográficas para vender esta música”. ¿Cuando hablás de “esta música”, te referís solo al jazz?

AI: A Toda la música que no se vende como hot-dogs.

RA: La que no es entretenimiento puro. Iba a decir la del POP, pero es toda esa en la que no se ofrece un peinado, una ropa y una forma de bailar. Esa que es funcional a un producto que no es la música.

AI: Luego está la piratería, la gente cada vez compra menos discos y que éstos dejaron de ser un soporte barato. Están los celulares, los mp3. Ya no tiene sentido comprarlos. El disco, el librito, el arte ya no gustan y las compañías no le encontraron la vuelta.

¿Se puede revertir?

AI: No, pero la buena noticia es que la música no se va a acabar.

RA: Ni la gente que quiere escuchar y vivir ese momento fugaz de tocar en vivo.

AI: Los músicos tampoco van a dejar de grabar. Necesitan dejar documentado su arte. Lo que no tiene vuelta atrás es la venta de este formato. Probablemente, mañana la música no se venda. Hace no mucho tiempo los locales de música tenían partituras de música popular. Hoy ya no hay porque la conseguís en internet o por lo que sea, pero la música sigue estando.

Desde hace tres años se especula que el vinilo puede ocupar parte del espacio que deja el disco. ¿Es así?

AI: Con todo el respeto, el cariño y la melancolía que me producen tanto el sonido del vinilo como su arte de tapa –la del disco es una dispositiva de la del vinilo-, no dejo de pensar que es una tilinguería, una sofisticación de algunos melómanos. Pero no puede funcionar como una industria. Lo que el público quiere son formatos más pequeños. A un LP hay que cuidarlo, tener un tocadiscos…

Grabaste un disco que no tenés ni siquiera vos. ¿Tiene que ver con las no políticas de las discográficas?

AI: Eso es muy común, no me pasó solo a mí. Por suerte fue con un solo disco. Hice un disco en España con el sello Lola records, de Fernando Trueva, el director de cine. Él se desentendió del sello para hacer otras cosas, sus socios se lo vendieron a inversionistas japoneses y finalmente cerró. Yo tengo el master, pero no soy su dueño. La enseñanza fue que cada uno tiene que ser propietario de su disco.

¿Se puede mantener un músico así?

RA: Depende de lo que inviertas en tus discos. Cuando tienen menor número de discos, se puede recuperar en un plazo corto. Si no, hay que tomarlo como una inversión en lo que realmente querés hacer. No sé si alguien hace las cuentas para…

AI: (interrumpe) Es más sencillo. Si no hacés un disco, no podés hacer prensa, dar un concierto de presentación, notas. El disco se convritió en una herramienta para eso. En un futuro quizás se regale el disco con la entrada a un espectáculo, como ya se está haciendo. En definitiva, sin disco no tenés forma de promocionar lo que hacés.

RA: Y lo que sos.