DNI: Documento Nacional de Intolerancia

Prácticamente cada habitante de este planeta supeditado a un Estado posee un documento de identificación, abrimos la boca para contar cómo se discrimina, cómo se llama a la diferencia y qué se juzga a partir de estos papeles. Los ejemplos no son pocos y lo que implican tampoco.

Los grupos étnicos sí tienen prejuicios y la gente sí puede sentir que es distinta a otros grupos, pero no tanto como para que una persona tome un cuchillo y mate a otra. Esto ocurre cuando vienen los políticos y excitan la pasión y amenazan a la gente, le hacen creer que está amenazada por otros grupos y va a ser exterminada (Georges Ntalaja[1]).

Estas palabras dichas por el profesor de Asuntos Africanos de la Universidad de Howard, resumen el problema del manejo de la diferenciación por parte del Estado, no solo de lo étnico, sino de la de cualquier tipo. Los seres humanos se han ido nucleando según diversos parámetros identitarios que les ha facilitado su mancomunión y vida en sociedad, a la vez que marcado los puntos de otredad frente al mundo exterior. Sin embargo, esta división de un nosotros frente a un ellos puede encarar un sinfín de conflictos, desde el racismo, la violencia y la exclusión, hasta el mismísimo genocidio. El apartheid sudafricano, los guetos nazis, el genocidio ruandés son los ejemplos extremos que permiten visualizar el modo en que un sector de la sociedad puede utilizar la diversidad para cometer actos de los más monstruosos.

Confiscar la palabra humanidad, invocar y monopolizar un término semejante tiene probablemente efectos incalculables, tales como negar al enemigo la calidad de ser humano y declararle por fuera de la ley de la humanidad; y la guerra puede, por lo tanto,  llevarse a cabo con la inhumanidad más extremas (Carl Schmitt)[2].

El yo, el Estado y el ello

Los documentos de identidad permiten, antes que nada, saber quién es y quién no es ciudadano dentro del territorio; la nacionalidad es una cuestión de papeles. De aquí solo deducimos razones jurídicas, de derechos y obligaciones de los portadores de papeles pero hay numerosos casos en los cuales los documentos de identidad poseen una descripción de aspectos ya sean raciales, religiosos o étnicos de los sujetos. Siguiendo la línea antes aplicada, éste puede ser el primer paso para el ejercicio y manipulación de la violencia estatal en momentos de crisis orgánica, cuando la población es llamada a defender el territorio, la nación o mismo la raza. Y qué mejor forma de identificar a los culpables que simplemente teniendo que verificar la documentación, que justamente, marcará la identidad contraria, la cualidad de otro.

Tal es la elección de la Historia. Nos muestra que todas las civilizaciones derivan de la raza blanca, que ninguna puede existir sin su ayuda, y que la sociedad es grande y resplandeciente sólo en la medida en que preserva la sangre del grupo noble que la creó, asumiendo además que este grupo mismo pertenece a la rama más ilustre de nuestras especies. (Arthur de Gobienau)[3]

“Raza Blanca”, término que hoy dudamos en utilizar, con su legado terrible, con esa cercanía a “raza aria” que tanto nos estremece, que nos remite a cámaras de gas y campos de concentración. Fruto del pensamiento racista biologicista, hegemónico en las ciencias sociales y naturales del siglo XIX; que solo encontró su desuso luego de la segunda guerra mundial cuando por fin se logró ver en fotos, videos y carne propia lo que tal ideología había conducido (aunque, sería necio e irreal pensar que no sigue latente este racismo, este ideal de superioridad blanca; sólo se necesita agudizar el oído, ver lo que nos rodea para convencerse de esto). Tanta agua ha pasado por el caudal, tanta sangre derramada, tanta reflexión y aún el color de piel aparece como demarcación personal en los documentos de República Dominicana. Así, uno puede ser trigueño (blanco), indio, indio claro, indio oscuro, moreno y negro…

Israel también entra dentro de estos ilustres ejemplos. Hasta el 2005, su cédula de identidad especificaba la “nación” a la que se pertenecía: árabe, judía, druza; etc. para luego dar paso a remarcar -hasta el día de hoy- lo religioso: si se es judío o no. Cierta lógica podría observarse ya que Israel se reconoce como un Estado Judío y como tal, hogar de todos los judíos sobre la Tierra, dicha demarcación parece casi obligada. Pero, la luz aclara y todo se obscurece, cuando vemos como los árabes poseen menos oportunidades laborales, son excluidos y discriminados, los palestinos son encerrados en esas reservas que son Franja de Gaza y Cisjordania, bombardeados de tanto en tanto. Tal vez los gobernantes se hayan olvidado de su pasado oprimido. Tal vez se hayan olvidado cómo los nazis obligaban a poner una “J” en todos los documentos de los judíos, o hijos de judíos o nietos de judíos, diferenciándolos así de los “mestizos”, los de sangre germana y otras razas no-judías. Solo para poder distinguirlos de manera exacta a la hora de cometer sus crímenes.

El tribalista piensa, más o menos conscientemente que los hombres y mujeres de su tribu y su clan son superiores a los demás y, por consiguiente, los otros deben servirles y obedecerles. El tribalista trata de imponer la hegemonía, el predominio de su tribu y su clan. (Patrice Lumumba)[4]

Kenya y China, muestran en sus identificaciones a la etnia a la que se circunscribe el individuo. Yéndonos solo dieciséis años atrás vemos cuáles fueron las consecuencias de este tipo de medidas: ochocientos mil hombres, niños y mujeres fueron masacrados en Rwanda, luego de que el gobierno –luego de cuatro años de intensa propaganda- ordenase aniquilar a la etnia “enemiga” que quería desestabilizar el país y oprimir al pueblo. Así es como las milicias, el ejército rwandés y la sociedad civil pudo en cien días dejar sin vida a tantos cuerpos: solo necesitaba pedir el documento para ver si era de los suyos o era enemigo. Tan rápidamente como se veía la identidad étnica se podía morir a machetazos, golpes o simplemente fusilados. Otro juego peligroso del uso de la diferencia.

Con estos ejemplos y las reflexiones expuestas no se ha esperado determinar mecánicamente la ecuación “diferenciación=genocidio”. No, sino que, en determinadas condiciones, estas diferencias identitarias pueden conducir a casos de segregación y violencia. Tal como se planteó en un principio, es el Estado y cómo éste manipula la información lo que puede llevar a una sociedad a realizar los actos más horrendos. Entonces, el documento de “identidad” es justamente una prueba que puede mostrarse para ver si uno pertenece a un nosotros o a otro.


[1] Power, Samantha, Problema infernal, CFE, 2005, Buenos Aires

[2] Gilroy, Paul, Después del Imperio, Tusquets, 2008, Barcelona

[3] Ibíd.

[4] Ballart, Jean, El Estado en África, Bellaterra, 1999, Barcelona