Tableros descontrolados

Un hombre se tapa la boca para que no se le escapen los pensamientos. Otro se revuelve la cabeza desesperado. Dos jugadores. El tablero. Todos piensan. Recorrida por una nueva edición del torneo del Club Argentino de Ajedrez.

“Te ayuda a pensar, razonar, tomar una decisión entre muchas alternativas”. Esa es la reflexión unánime de los especialistas del deporte de los casilleros cuadrados y de los jugadores siempre pensantes.

Ir a un torneo de ajedrez es una experiencia interesante. El silencio respetuoso y reflexivo reina en la sala. Son unos contra otros. Son todos contra el tablero. Están los que con las manos en la frente deciden que ficha mover, también están los que se rascan el pelo, la barba, la nariz, los que se tapan la boca para no declarar todo lo que les está pasando por la cabeza. Tienen algo en común: todos piensan, todos juegan al ajedrez. Los tableros, siempre cuadrados, rompen las estructuras de la mente, rígidos y esquemáticos obligan a la mente a volverse flexible, a concluir que peón mover, a decidir que táctica realizar. Acá, los únicos que pierden son los que no piensan. Acá, ganan todos.

Nos situamos en la sala principal del Club Argentino de Ajedrez. Se disputa el torneo “Cristóbal Colón”. Torneo para federados. Dicho club, de historia larga e irregularidades varias, alberga la mayoría de torneos y jornadas de ajedrez en la capital federal.  Prestigio, le sobra. Allí supieron jugar campeones mundiales, genio ajedrecísticos internacionales y argentinos. Recordando la historia del club, Roberto, socio vitalicio, recuerda con añoranzas los tiempos en el que el ajedrez argentino fue potencia “Querido, salimos subcampeones tres veces seguidas. Ahora la cosa es distinta.”. Recordando fechas precisas, datos, partidos, historias, jugadores, Roberto narra apasionadamente la historia del club: “En el agosto del 56, cuando me asocié al club, existía, lamentablemente, la bolilla negra. Esto quiere decir que a la hora de aceptar socios se fijaba a que estrato social pertenecía el aspirante a socio. La bolilla negra, dejaba de lado la conducta, el nivel de ajedrez y demás variantes. El que no pertenecía a algunos sectores no podía ser socio”. La triste bolilla  marcó el ritmo del club hasta el 83, cuando reunidos en asamblea se cambió el  estatuto primario de 1905: “Con la vuelta de la democracia salimos de ese margen elitista. Donde se le quitaba la potestad al presidente de designar todos los cargos. Solo elegía su secretario, luego los demás puestos eran electivos. Desde allí el ajedrez en el club se popularizó. Además se bajó la mayoría de edad que era de 21, con el simple argumento de que si había chicos de 18 peleando en Malvinas, tranquilamente se podían asociar gente de esa edad a un club de ajedrez. Se volvió más inclusivo”. De todos modos, Ricardo, no cierra los ojos y acepta: “Hay que decir, que desde que la cuota de salarios  bajó, con la presidencia de Saúl Menem, la situación de los trabajadores es más difícil. Y la cuota no es fácil de pagar para todos.” Roberto no deja al ajedrez en una esfera inalterable de los problemas y procesos sociales. Relaciona vehemente y constantemente la historia del club y del deporte con los procesos históricos del país. Por último, con gesto entristecido opina: “Creo que, como en cualquier deporte, lo más importante es el talento. Y hoy no están saliendo esos jugadores talentosos como en otras épocas.”  

El torneo se está jugando, los alfiles, de diagonales profundas y directas, no cesan de atacar. Los caballos, de saltos cortos y estratégicos, no dejan casillero sin contenido. Las fichas se mueven, el tiempo pasa y la mente se mueve por toda la sala. Se paran, siguen pensando, caminan, miran otros tableros, toman algo. Silencio total. No cesan ni en un mero instante de pensar. No hay tensión alguna, hay lo que se necesita para cualquier deporte: pasión. El silencio contrasta con el fuego interior de cada uno. Por fuera la paz, el control, el silencio. Por dentro, pasa de todo, descontrol, alternativas miles, gritos, puteadas, enojos, festejos. Un pibe, un jugador, en el fervor de su juventud explica como es ser apasionado del ajedrez: “Si bien muchos consideran que el ajedrez es frío y calculado, yo lo vivo de una manera muy pasional, me entrego, me encanta jugarlo. Hasta ser derrotado me gusta, porque me emociona cuando alguien me supera en capacidad creativa y en juego. Y a veces me molesta horriblemente perder por errores míos que no reflejan mi nivel. Para mi conlleva un compromiso y una pasión con el juego inigualable.” Quien habla es Sebastián de 23 años. Habla comprometido y serio, pero no puede evitar interrumpir la entrevista cuando un amigo sale de la sala para ir al baño diciéndole: “¡Te convenía cambiar caballo por alfil! Te quedaba pareja de alfiles y la partida casi ganada.” La discusión estaba en el aire, latente, emocional. Luego de refutarse innumeradas hipótesis de lo que tendría que haber hecho ya no quedaban más preguntas por hacer. La discusión había sido la prueba perfecta de que verdaderamente esos casilleros contienen una magia que para algunos es perfecta, pasional e incontrolable.

En la sala se juegan muchos partidos a la vez. Los jugadores son de todas las edades y sexos. Están los abuelos, los trajeados que recién salen de trabajar, hermosas señoritas, apuestos jóvenes universitarios y, lo que sorprende a simple vista, los niños. De doce para abajo. Chicos que están en la primaria, jugando contra hombres de 50, 60 años, y dándoles más de un dolor de cabeza. Es interesante y alentador el momento que vive el ajedrez argentino. A los pibes les gusta, los motiva. Desde hace ya unos años se ha impulsado la enseñanza del ajedrez en la primaria. No de manera curricular, sino como una actividad dentro del horario escolar pero sin calificaciones. Los frutos están en ese torneo. Esos 6 o 7 nenes que luchan contra los de saco y corbata. Los jugadores opinan de este proceso y de la reciente resolución1375 que impulsa la inclusión de bibliografía para la enseñanza del ajedrez, Sebastián dice: “Es un gran avance para el desarrollo lógico del pensamiento del que carecen, muchas veces, algunas áreas de la sociedad. Creo que es innegable las cualidades que ayuda a desarrollar este juego.” Desde otra generación Ricardo aporta: “El ajedrez ayuda a organizar el pensamiento. No puede hacerle mal a nadie. No debe ser una materia de carácter obligatorio. Debe estar vinculado con el placer de jugarlo. Con darle la posibilidad de conocer el juego. Es importante, es aplicable a la vida” Unidos en una sola voz, Sebastián y Ricardo, saltan y queman muchas barreras generacionales y coinciden en lo positivo que puede dar el ajedrez al desarrollo social en sus problemas más cotidianos.

El torneo va terminando. Solo los duelos más peleados siguen en pie. La noche ya está vieja y las mentes agotadas salen a la calle, a resolver cada paso como el movimiento de un peón. Los tableros cuadrados, divididos en 64 casilleros intentan volver a organizarse luego de una semejante jornada de razonamiento descontrolado y pasional que pone en jaque a más de uno.