Casitas de colores

Por Sol Tiscornia, vecina de La Boca

“¿Vivís en casitas de colores?”. La pregunta resuena una y otra vez ante cada declaración de paradero de los habitantes de La Boca. No es fácil vivir en un barrio ícono. La Boca nació con mística, con aires de República rebelde y anarquista y condenada a convertirse en una vidriera para centenares de ojos curiosos que la miraban buscando en ella la verdad de la esencia porteña.

Junto a esas miradas atentas llegaron las mentes de los agentes de turismo, que vieron en ese par de cuadras de casas pobres al diamante en bruto del Riachuelo. Entonces, apareció en medio de los ruidosos conventillos un paseo turístico. Desde muy lejos llegaron vendedores, estatuas vivientes, artistas, mozos, directores de cine, músicos, tangueros y vaya a saber uno cuántas cabezas fascinadas por ese rinconcito de la periferia porteña.

Las imágenes de Caminito llenaron las guías turísticas argentinas. Vinieron cordobeses, misioneros y fueguinos, hasta que se fue el uno a uno y empezaron a aparecer las lenguas extranjeras en los colectivos que terminaban en la Vuelta de Rocha. Los vecinos de La Boca lo miraban, pero casi no lo creían: el 29 invadido por una tropa de alemanas rubias inmensas que le robaban el asiento a una decena de chinos con cuatro decenas de cámaras de fotos. Todos ellos llegaban hasta el final del recorrido para bajarse, un poco asustados, en territorio boquense.

Así, los paisajes que pintó Quinquela Martín se convirtieron rápidamente en una mezcla de idiomas, colores y precios. Todos, oriundos y visitantes, convivían en una dialéctica pasiva. Hasta que un día, uno de los oídos vecinos sin querer escuchó a un guía recomendarle a una holandesa altísima que no vaya más allá de Caminito, que el barrio adentro era peligroso y para nada pintoresco. Entonces, el vecino pensó que era más fácil vender la ficción que la realidad y que, al fin y al cabo, las guías de turismo jamás habían logrado encontrar esa “esencia porteña” que creían que su barrio anidaba. Y no porque no existiera, sino porque no se habían animado a caminar tres cuadras más adentro, a descubrir el verdadero barrio, donde tomar un café sale cuesta la mitad que en la Vuelta de Rocha y lo sirve un mozo el doble de simpático, un lugar cuyos habitantes, reales boquenses, pueden relatar los goles de Maradona mejor que cualquier guía del despampanante museo de la pasión azul y oro; donde los conventillos no son sólo fachadas y las casas realmente están pobladas de colores.

Sol se describe en una suerte de cv:

Nací en Buenos Aires en 1989. Estudié Periodismo en Taller Escuela y Agencia (TEA) y curso la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Soy redactora de los diarios Zonales de Clarín, trabajé en Cultura y Espectáculos de La Unión y colaboré en distintas revistas culturales como Ñ y No Retornable.