A debate por la Reparación Histórica

El 12 de octubre pasado, día de la Diversidad Cultural Americana, el bloque Concertación-Forja presentó en la Cámara de Diputados el proyecto de Ley de Reparación Histórica que plantea la otorgación del derecho a la propiedad comunitaria de las tierras, la obtención del status de persona jurídica de derecho público y el establecimiento de las propias formas culturales de organización social de los pueblos originarios. Además, dentro del marco de respeto y memoria a la Historia, se analiza el traslado del monumento del genocida Julio Argentino Roca y el cambio de nombre de la Plaza Virreyes a Plaza Túpac Amaru.

Advertir la existencia en lo seco del aire norteño. Respirar destilando historia. Hablar sobrepasando los genocidios silenciosos. Caminar sintiendo que los pasos se parece muy poco a los imaginados. Viviendo, sabiendo que sobrevivir a la invasión del imperio Inca y a la expansión de la Corona española no fue todo, y que peor puede ser la indiferencia globalizada; los diaguitas, un pueblo originario, siguen luchando por el respeto y contra el olvido. En la puerta de la Cámara de Diputados de la Nación, un cartel anuncia que la jornada de debate va en busca del cambio definitivo: la Ley de Reparación Histórica. Y no parece simple porque la memoria argentina se debe varias reparaciones, pero una bandera agitada de los pueblos originarios empieza a explicar de qué se habla.

         El mundo de los diaguitas parece sumergirse, solamente, a los naufragios de los apuntes de la historia americana. Las persianas de lo cotidiano parecen haber sepultado su existencia en el vacío, por eso, en el marco de un nuevo 12 de octubre, la Legislatura porteña abre las puertas, pone en debate las condiciones en las que viven los pueblos indígenas y empiezan a escuchar esos testimonios olvidados.  

         Siempre, olvidados.

         “Como Pueblos Indígenas somos iguales a todos los demás pueblos en cuanto a dignidad y derechos”, aclara la primera de las frases del blog Uniondiaguita, en defensa de la indiferencia marcada contra esta comunidad de más de 500 años de antigüedad. Suena extraño. Casi terrible. Pero existen personas en Argentina que, todavía, tienen que aclarar sobre su condición de iguales. En eso, la diputada presidenta del bloque Concertación-Forja, Silvia Vázquez, lanzó el Proyecto de Ley por la Reparación Histórica y consiguió, en lo difícil de conseguir algo, que se realizaran dos jornadas de debate en busca de la defensa de los derechos indígenas.

          Nada fácil.

         “Nuestra historia es muy larga, han pasado 500 años de resistencia. Demasiada ingratitud ha vivido el pueblo diaguita y las autoridades siempre han mirado hacia otro lado ¿Qué le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos?”, se pregunta, con una voz acoplada entre lo dulce y lo gastado, Rosa Karo, la hermana mayor de la comunidad. Que regala sonrisas. Y, claro está, todas sus sonrisas tienen mucho más que sentido: en caso de aprobarse el proyecto, los pueblos originarios recuperarían el derecho a la propiedad comunitaria de sus tierras, obtendrían el status de persona jurídica de derecho público y podrían establecer sus propias formas culturales de organización social.

         Pero no todo termina ahí. La historia argentina tiene muchas más deudas con los pueblos originarios y, en eso, la Legislatura de la Ciudad analiza el traslado del monumento dedicado al general Julio Argentino Roca, ubicado en Diagonal Sur y Perú, para ser reemplazado por el Homenaje a la Mujer Originaria. También, existe la posibilidad de que la Plaza Virreyes pase a llamarse Túpac Amaru.

         Curiosamente, en casi ninguno de los reclamos, las voces que representan a los pueblos originarios no exigen nada material al Estado. No piden dinero. No piden financiamientos. No piden seguridad. Piden libertad, posibilidad de decisión, participación en su propia formación, respeto por la protección de la lengua madre establecida en la Ley de Educación nacional. Algo básico, en las naciones que hablan de supuestas  democracias y de elecciones libres de vida. “Simplemente, luchamos por la reivindicación territorial de nuestros espacios”, subraya, con todas las paciencias, Emilio Moreno, representante del  pueblo kolla.

         Y las palabras van y las palabras vienen. En la misma sintonía de sus tonos dulces, Rosa explica, bajo todas las miradas, que todos tenemos derecho a vivir dignamente y que nadie es más que nadie. El mundo, o simplemente el mundo de ojos que la observa, parece escucharla. Cuando termina las últimas sílabas, levanta la mano, enseña respeto y susurra “Jallala”, que significa salud.

         Los pasos sobre el debate de la Ley apenas empiezan a escucharse.

         Es un comienzo.