Vergüenza por cantar el propio himno

Una historia mínima representativa de las secuelas del proyecto colonial europeo. En el evento con mayor audiencia internacional, la final de una Copa del Mundo, sobrevive la crítica desde un acto supuesto como imperceptible. 1998: el jugador francés Karembeu no cantó el himno. ¿Por qué? No se trata de un simple detalle

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¿Por qué cantar el himno del país que representás, si éste humilló a tu pueblo hace apenas unas décadas? ¿Por qué tener que entonar la Marsellesa si sus sones de libertad e igualdad no llegaron ni a tu tierra, ni a tu familia? Pero más que nada, ¿con qué derecho algunos políticos, comentaristas y demás calaña vociferaron contra esta actitud ignorando su significado?

Haciendo algo de memoria, el nombre de Christian Karembeu no necesariamente es del todo ajeno: futbolista profesional, mediocampista francés –su origen, vinculado a Nueva Caledonia, una isla de Oceanía conquistada por los galos hace siglo y medio-, campeón de la Copa del Mundo en el ´98, y jugador del Real Madrid y el Olimpyakos, entre otros clubes.

En cambio, si decimos Willy Karembeu, claro, no habrá ninguna voz que nos indique familiaridad. La Historia lo anotó como una más de las victimas del colonialismo, como el exponente en carne y hueso del racismo científico del que solo la reflexión por las atrocidades de la 2da Guerra Mundial -con los campos de concentración, las cámaras de gas, la propaganda nazi- pudo eliminar como base de las ciencias sociales y de la biología de occidente. Ya ningún ser humano por sus rasgos fenotípicos volvería a ser superior o inferior a otro.

Un Karembeu supo estar en el cielo levantando una copa dorada frente al repleto estadio Saint Denis que se caía abajo, frente a millones de televisores observando desde cada rincón del planeta. El otro, arrastrado al infierno, un infierno pomposo, decorado para la ocasión, con globos, fuegos artificiales y danzas por doquier. Un infierno hecho a la medida de la civilización y la ciencia, para el disfrute de la dama y el caballero, para el terror de los niños que en llanto estallaban al ver a quienes en él ardían: animales exóticos como jirafas o leones, estatuas con formas inhumanas e inhumanas formas que, según explicaban los guías, eran seres en extinción, los últimos sobrevivientes de la expansión del capitalismo: las tribus perdidas de África, Asia y Oceanía. Ese infierno se llamaba “Exposición Colonial Universal” y en 1931, dentro de unas rejas se exhibía a un “caníbal” de la tribu kanaka. Ese era Willy Karembeu, abuelo del Christian campeón.

Didier Daeninckx, autor del libro Cannibal, comenta en un artículo que un centenar de ellos habían sido llevados de Nueva Caledonia al Viejo Mundo en barco para su exposición. En el viaje un coreógrafo les enseñaba bailes exóticos y un lenguaje salvaje[1]. Nada de lo que se iba a mostrar era cierto, solo se tenían que conformar estereotipos de cada cultura. Entonces había siempre un asiático apacible y obediente, un árabe barbudo con su mameluco y su camello, un africano negro semidesnudo, feroz y musculoso, y en este caso…un kanako de vestiduras raras, andar extraño y costumbres primitivas. De esta forma era cómo Occidente legitimaba su dominio imperial sobre los confines del mundo, con su misión civilizadora, ya que todas las demás culturas todavía pertenecían a estadios anteriores del desarrollo humano. Y la aristocracia que iba a visitar los zoos humanos, sonrientes… ¡ellos estaban contribuyendo a que todos los hombres fuesen tan nobles y educados como ellos! Como no estar alegres. Eso si, los resultados de esa enseñanza mejor no saberla –no cabrían los ceros de cuanta riqueza natural fue expropiada ni cuantos murieron luchando o de hambre por el dominio colonial.

Pero tanta humillación dejó secuelas en Willy. En la misma nota realizada por Daeninckx, Christian cuenta que su abuelo “a su regreso no era el mismo, se había tornado violento. Todos lo vivían como una vergüenza” y sin embargo, reflexiona que no son “las víctimas quienes tienen que mirar hacia abajo, (la deberían sentir) aquellos que encerraron a nuestros antepasados tras las rejas”[2].

Los europeos no supieron comprender lo diferente, así que cuando lo vieron, lo calificaron de inferior y no dudaron en tornarlo objeto de humillación y burla, de estudio y experimentación.

En su memoria, en la final contra Brasil, en aquella gran final, donde Francia demostró su superioridad futbolística frente al gigante de este deporte, un hombre no cantó el himno en memoria de su abuelo explotado y abatido. Tuvo razón. Entonar la Marsellesa hubiese sido manchar también los ideales que llegan desde sus estrofas.


[1] Amnistia.net:  http://www.amnistia.net/biblio/recits/kanaky_401.htm

[2] Ídem 1.