Nuestros ojos contaminan

Por la redacción de Historia de Nos

Los análisis históricos necesariamente y por su naturaleza son concebidos post-facto. Quien los realiza se ve empapado de infinitos condicionantes psicológicos y sociales, individuales y colectivos, con los que construye su estudio y confluye con sí mismo.

Pretender la neutralidad histórica o, lo que sería lo mismo, LA verdad histórica, es espejismo. Tanto como la búsqueda de alguna concepción puramente objetiva. Nada de eso existe, es inconcebible.

El error histórico que conlleva esta práctica conduce irreversible hacía los caminos empantanados de la linealidad, más confusos aún por la simpleza de análisis extravagantes que intentan explicar lógicas ajenas desde un enfoque encarcelado en lo propio. Ejemplo será el caso del traspaso de la Antigüedad al Medioevo –si es que son válidos tales conceptos- que ha despertado a innumerables estudiosos. En repetidas ocasiones nos encontramos frente a los que, indignados, se deshacen en comprender cómo en forma recurrente los campesinos abandonaron su libertad y la propiedad privada de la tierra para pasar a producir bajo el ala de un señor. Sin dudar de la “acumulación originaria” que tuvo lugar, se podría ser consciente de la posibilidad que los valores que funcionan como pilares de la sociedad capitalista del siglo XX y XXI, pueden no haber estado presentes en la humanidad mil años atrás.

Este planteo no se remite a lo historiográfico en exclusiva, sino que atacará a cualquier difusión de pensamiento que se base en facilismos sobre lo desconocido. También ocurre con los análisis y las actitudes actuales, tal el caso de la prohibición del velo musulmán en Francia.   Lo extraño –tanto por distancias temporales, espaciales o culturales- es con frecuencia estudiado basándose en la premisa absurda de que no se requiere una profundidad intensa en la comprensión antes de comenzar con las conclusiones.

Los valores propios, son tan solo eso: propios. El ego-etnocentrismo debe ser identificado, para descreerle.