Gambetealo

El “fin de la historia” nunca llegará, somos pleno movimiento, cambios sociales recurrentes, búsqueda permanente por superar insatisfacciones. El estancamiento total podrá ser solo individual, toda sociedad según sus límites encontrará el espacio donde manifestarse. Hasta cuando sea recóndito.

Las recetas podrán ser discutidas, como también los modos de encarar el cambio y la teoría en que se inspire. No pretendemos allí el consenso. Hoy el apoyo entero, convencido e imposible de negociar es la necesidad de justicia social.

No hablamos de un concepto judicial, sino de uno social. Se trata que los baches podrán inconvenir a los automovilistas, los senadores podrán no cobrar el plus por desarraigo, o podríamos tener un feriado menos o uno más y podría no haber un organismo nacional encargado de la manipulación de la inflación. Así, la falta de centros de salud o el hacinamiento en ellos, las escuelas tomadas –como el Liceo 12- porque los edificios no dan más, las familias como las de Ciudad Evita que deben poner el cuerpo por un pedazo de tierra, son de las cosas que no deben suceder jamás. Y suceden. Y mucho.

De la misma forma como llegará a describirse propio del ser social el espíritu de cambio que antes mencionamos, contarán igual frecuencia los perpetuadores, los conservadores y los retrógrados de la realidad. Siempre se combatirá frente a aquellos que desempolvan cualquier vieja usanza para impulsarla aunque no tenga vigencia popular ya. Qué son sino el “servicio civil voluntario” que fue aprobado en senadores o el golpe de Estado fallido en Ecuador.

Será probable que una fuerza con potencial de cambio se hará solo realidad cuando contenga la pujanza necesaria para avanzar triunfante contra esos obstáculos que quieren siempre ser barricadas impasibles. Son esas pruebas las que piden una buena gambeta  y un caño que salga limpito. Las luchas fáciles ni son luchas. Corriente es la presencia de estas duras resistencias impopulares. Habrá que gambetearlas.