Un día de fútbol femenino

Dentro de la cancha, en el mismo partido, compartimos un partido de fútbol con la selección de fútbol femenino de la UBA. Lo difícil de jugar un deporte donde algunos creen que el hombre es el único protagonista.

Sonrisas por un lado, alegría por el otro. Disfrute por un costado, deleite en el otro. Sensación de que estaban haciendo lo que les gustaba, lo que les apasionaba al escuchar atentamente a cada palabra de sus entrenadores. Así sentimos a las casi treinta chicas que juegan al fútbol femenino en la Universidad de Buenos Aires. Nos atrevimos a participar de un entrenamiento para vivir esa sensación, para preguntarles qué les generaba en sus vidas esta práctica, y para, por sobre todo, qué nos compartieran su alegría de un deporte que, a pesar de lo que quieran imponer, será siempre para todas y todos.

Viajaba en el colectivo pensando en ellas. Me sumergía en mi mundo escuchando música tratando de imaginarme con qué me iba a encontrar. Me preguntaba cuántas serían, qué sería el deporte en sus vidas, por qué quisieron jugar al fútbol y no a otra cosa, por qué le dedicaban tanto tiempo al entrenamiento, pero me preguntaba fundamentalmente otra cosa: ¿por qué pensaba eso y no qué sentían al jugar a la pelota?

Pensaba y culpaba dentro de mí a la sociedad, a los medios, a quién sea, pero lo único que quería hacer era llegar ya al predio de Ciudad Universitaria que les asignan para que practiquen las más de 40 chicas que entrenan representando a la facultad pública. La ansiedad me estaba ganando, quería conocerlas, quería ver el entrenamiento, verlas correr. Finalmente, se detuvo el colectivo y bajamos. Dos cronistas y una fotógrafa. El frío que denotaba la caída del sol se estaba haciendo notar y la oscuridad primaba en toda la zona. Se veía solamente una luz fluorescente al fondo del largo camino, que era justamente hacia donde teníamos que ir.

Allí se las podía ver. Trotando al costado de la cancha, ordenadas, sonrientes, alegres, haciéndose chistes. Nos acercamos más y más hasta cruzarnos con Diego, el entrenador de las chicas desde hace cuatro años, cuando comenzó a funcionar en la UBA el fútbol femenino. Le comentamos nuestra inquietud de ver el entrenamiento y de poder participar a la par de las chicas en él. La propuesta fue aceptada con mucho gusto y nos invitaron a conocer a las chicas para explicarles el motivo de nuestra visita. No faltaba nada. Ya estábamos allí, ya las podía mirar de cerca. Mientras ellas alongaban nosotros hablábamos. No las podía dejar de mirar. Reían, nos hacían chistes, se alegraban, querían ver las fotos que se iban sacando, pero estaban todas esperando los ejercicios, y nosotros aguardando poder participar de una vez.

Nos tuvimos que cambiar. Pese al frío que aumentaba y al viento que no paraba se soplar, nos pusimos los cortos, nos calzamos los botines, y nos colocamos a la par de nuestras compañeras. Se formaron duplas para empezar los ejercicios con pelota. Nos dividimos y nos pusimos enfrentados. Uno enfrente del otro. Por cobardía o para no molestarlas ni bien empezado el entrenamiento, decidimos practicar los dos hombres juntos, resignándonos a no poder jugar con ellas en un principio.

En el medio de la cancha se paraba ella, la que todos dicen que es la mejor de todas y que nunca había podido verla jugar en persona. Ella es Rosa. La Zurda.  La número 10 de Boca, que realiza una pasantía para su curso de Directora Técnica, ayudando a las chicas y ofreciéndose como ayudante física y técnica. “Recibo la pelota, la paro con derecha y le pego con zurda. Pases claros, jugando por abajo la pelota segura.”, se la escuchaba arengar. Nos humillaron. Las chicas realizaban pases certeros, mientras que los nuestros iban para cualquier lado, la pelota por el aire. Se nos reían y con razón. “Me parece que se tienen que quedar más tiempo para entrenar estos chicos”, nos burlaba una de ellas. Y estaba en lo cierto. No nos queríamos ir.

Los ejercicios pasaban y se iban poniendo cada vez más complejos. Practicaban dominio de pelota, gambeta, y pases largos. “Bajen la cola, bajen la cola, para enganchar”, gritaba Diego mientras caminaba de un lado hacia el otro. “A mi me produce una satisfacción enorme esto, porque hay chicas que vienen aunque llueva, truene o lo que sea, porque esta es su pasión”. Me quedé sólo con la última palabra porque era lo que veía y sentía en ellas cada vez que las veía correr una pelota o cada vez que la pelota llegaba al pie de una compañera.

 Para el equipo no tienen un sistema rígido de entrenamiento. Se juntan los martes para hacer ejercicios físicos principalmente, los jueves para practicar dominio y jugadas con pelota y los sábados para realizar partidos amistosos. Se dividen en dos grupos: el de las principiantes y el de las más avanzadas, en el cual nos pusimos a entrenar, donde el único requisito para que jueguen es que estén realizando una carrera universitaria en la UBA.  “Sabemos que tienen parciales a veces y no pueden que venir, pero nos reconforta cuando nos dicen lo que sufrieron no poder venir a estar con el grupo y jugar”, agrega Diego, que participó de la comisión que mandó un proyecto para que el equipo de la Universidad pueda competir de manera oficial en el torneo de fútbol femenino: “Sería un sueño, porque ellas se lo merecen, juegan torneos por todo el país, pero tener una liga oficial sería extraordinario”.

Las impresiones al pasar el entrenamiento eran muy parecidas: “Disfruto un montón de jugar acá porque aprendemos un montón cada día y es un espacio hermoso para divertirnos”, menciona Sofía, estudiante de FADU, como la gran mayoría de ellas, de 20 años que no paraba de hacer jueguitos con ella. Inés, que estudia Historia, fue un poco más allá: “Para mí, estar acá es como estar en familia, las conozco desde hace mucho tiempo y son personas que quiero mucho porque comparten la misma pasión que siento yo al jugar a la pelota”.

El fútbol es un elemento importante en la vida de las chicas, pero tampoco es el todo, hacen una vida como la de cualquier otra. “Te tildan a veces de macho porque jugás al fútbol, pero no es así, es un deporte que le puede gustar a cualquier persona, ¿quién dice que es sólo para hombres?”, menciona una de ellas casi con bronca. “Yo hago una vida como la de cualquier otra, salgo con chicos, salgo con amigos, la verdad no entiendo porque tanta gente tiene el prejuicio ese. 

Yo tampoco lo entendía. El tiempo iba pasando, y el cansancio se estaba empezando a sentir en las piernas. Para las chicas no tanto, que seguían con la misma energía con la que comenzaron, pero para nosotros era muy duro. Algunas chicas pedían ya jugar un partido para culminar el entrenamiento, pero el DT lo negaba, decía que había que ir paso a paso. “Yo resalto mucho inculcarles valores de compromiso, responsabilidad casi por sobre todas las cosas”, remarca Diego. “Esto a las chicas les sirve de una forma increíble, cuando arranqué a jugar no tuve a nadie que me remarcara tanto los errores, que me diga que corregir, y acá entre todos tratamos de darles ánimo todo el tiempo”, subraya Rosa.

Después de practicar por más de 40 minutos jugadas preparadas, intentar centros con las dos piernas, de probar el encare mano a mano, de ensayar definiciones que terminaban con un cabezazo central, llegó turno del tan ansiado partido. Nos pusimos como si fuésemos uno más dentro de las chicas, y nos dividimos un cronista para cada bando. Arengas, chistes y deseo de ganar mostraban todas, pero sobre todo una de ellas, Florencia, a la que apodaban “Mundialito” por haber jugado dos mundiales con la selección: “Fue un orgullo haber podido jugar ahí, el sueño de cada una de nosotras”.

El partido quedará casi como anecdótico. No importó el resultado, no importó quién hiciera los goles. Lo único que importó fue que esa pasión por el fútbol, ese sentimiento hermoso que algunos quieren plantear e imponer como si fuese simplemente para hombres, también les llegó muy profundo a ellas, que lo demostraron con alegría, con felicidad que salía de sus sonrisas, pero por sobre todo, con la alegría de sus gambetas y de sus enganches en cada jugada.