Nos, los excluidos

Los artículos económicos  de los suplementos  de los diarios argentinos son inentendibles para la mayoría de los ciudadanos. Hablan de la Bolsa, aunque nunca de las bolsas con las que se compra en el supermercado. Especulan sobre los Mercados, pero jamás hacen referencia a los mercados donde se compra la leche.

El incluido emerge de su cama, se acomoda los pantalones, calcula las milésimas de segundos más efectivas y más productivas para tragarse unas tostadas y se acerca a la puerta para levantar del suelo una suerte de periódico rosado y amarillento, que exhibe entre subtítulos agigantados algo como “Lo mejor para su negocios”. El incluido, el mismo de la oración anterior, se vuelve a acomodar los pantalones, se sienta en la mesa del desayuno y despliega una cuadrícula de códigos y nomenclaturas inentendibles que se sumergen debajo de un título curioso que dice: “La economía hoy”. Lo mira, lo examina, lo calcula. Lo entiende.

El excluido también se despierta, también se acomoda los pantalones, pero, sin correr las mismas suertes que el otro desagradable, sale corriendo hacia la esquina de su casa, esquivando las escarchas y las nevadas improvisadas del invierno porteño, para llegar al puesto de diarios. Compra, siguiendo todas las tradiciones de sus antepasados, el mismo periódico todos los días y empieza a ojearlo hasta llegar a la sección de economía en donde el título dice: “Cayó el Merval y se prevé una baja en el consumo”. Lo mira, lo examina, lo calcula. Definitivamente, no lo entiende y pasa las hojas.

El consumo de los artículos económicos de muchos de los suplementos más conocidos de los diarios argentinos y mundiales brilla día tras día por su inexistencia. Las secciones de economía de los periódicos no funcionan como guías del quehacer cotidiano del dinero y del consumo. Hablan un lenguaje raro, inentendible, inexplicable y de difícil acceso para la mayoría de los ciudadanos, cuya costumbre les ha hecho pensar que es la plena ignorancia propia la que genera esa falta de entendimiento. Pero no: hay razones bastantes más profundas que eso.

El periodismo económico y, por lo tanto, sus lecturas, circulan en base a una discusión científica previa que se disputa el verdadero significado y el campo central de acción de la economía. La definición mas clásica de esta ciencia es de Lionel Robbins, un catedrático de las más altas élites universitarias inglesas, quién dijo que “la economía es la ciencia que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos”. Desde esa afirmación es que se construyen día tras día las lógicas de este sistema. Según Joaquín Guzmán Cuevas, un economista de la Universidad de Sevilla, la explicación de Robbins es una visión netamente técnica, y no social. “La economía es el estudio de las condiciones bajo las cuales se puede maximizar el bienestar de una comunidad, y la elección de las acciones necesarias para llevarlo a cabo”, afirma Cuevas, aclarando las diferencias centrales que hay entre estas dos visiones de la ciencia.

La primera de las definiciones es la que gana los espacios centrales en la construcción de este mundo, que dispone en sus ejes centrales una repartija de las cosas dotadas, casi sin discreciones, de una disparidad muy grande entre sus protagonistas. En esa relación de conductas humanas y medios escasos, las crónicas de las suertes marcan segundo tras segundo sus propios veredictos: unos entran, unos salen, unos ganan, unos pierden, unos comen, otros no. Los relatos periodísticos sobre la economía están armados con la misma lógica que este mundo. Las palabras son entendibles para unos pocos porque, al fin y al cabo, son los que forman parte de esas élites capaces de asumir y de analizar si lo que sale en las páginas les afecta o no.

La concepción de que la economía es una ciencia matemática y no una social se ejemplifica todos los días en los diarios. Las páginas relatan sobre una suerte de números que, a primeras vistas, bien podrían disimularse como la lista interminable de un juego de lotería. Hablan de la bolsa, y no precisamente de las bolsas con las que se va al supermercado a comprar, especulan sobre los mercados, y no esencialmente de los mercados donde se compra la leche. Escriben, entonces, sobre sus mundos de ficción.

El excluido lee “paridad”, “YTM”, “Oustanding” y abandona la lectura en su desconocimiento y pasa las hojas para llegar, definitivamente, a otra sección. No entiende ninguna de esas palabras y esas infinitas sucesiones de números inexplicables.

Distinto, el incluido observa las mismas cosas, las entiende, las asume, cierra el diario, y se va a trabajar sabiendo que sabe todo lo necesario para seguir expandiendo sus negociosy reproduciendo el mismo sistema que la carta matutina le marcó.