Ella es mujer, ellas son las mujeres

Ella decidió abortar. Lo hizo en un lugar clandestino de La Matanza, en la Provincia de Buenos Aires.  Lo hizo en condiciones insalubres, sin seguro de continuar su vida. La Matanza la padecen las mujeres, sin educación sexual para conocer. Sin pastillas anticonceptivas para no abortar. Sin la ley que proclame el aborto legal, para no morir.

A ella las dos líneas del Evatest la dejaron perdida. Desde los 16 empezó a tener relaciones sexuales con su único y actual novio, pero nunca se cuidó. Nunca. Y pasó. “Tenía ese no sé qué de que no iba a pasar”, explica E. A., que es ella, EllA, voz de tantas ellas. La pareja no tuvo educación sexual en el colegio al que asistió. “Una vez vinieron a dar una charla de Johnson-Johnson pero lo que aprendías era lo que trasmitían amigos en charlas”, manifiesta ella, a más de un año de haber abortado clandestinamente.

Ella empezaba el Ciclo Básico Común de Psicología en la Universidad de Buenos Aires. Su novio estudiaba Arquitectura en la misma facultad. Ninguno trabajaba y los dos vivían con sus respectivos padres. Una mañana, ella comprendió que en su cuerpo, la vida se multiplicaba en dos. A los 18, ella confirmó que tenía un embarazo de un mes y que no sentía tenerlo: “No podía, mis viejos no se iban a bancar mantenernos y yo no iba a soportar el día a día cargando con la culpa, dejando la carrera y cambiando totalmente mi proyecto de vida”. Ella decidió abortar, como el medio millón de mujeres que lo hacen por año en Argentina y las 46 millones que lo deciden en todo el mundo. Pero ¿dónde? ¿y cómo?…

Ella tenía una amiga, que conocía a una amiga que a su vez tenía un conocido que sabía de alguien que abortaba. “Así se manejan los abortos clandestinos, a través de contactos”, asegura. La Matanza fue el lugar de encuentro con él, que por 600 pesos le aseguraba la interrupción del embarazo. Lo que él no podía asegurarle era las condiciones médicas y de higiene necesarias. No podía asegurarle la vida. Los abortos inseguros, realizados en condiciones precarias, se basan en métodos escalofriantes: utilización de agujas o sondas, combinación de hierbas o medicamentos. El resultado es mortal: 400 mujeres mueren al año por abortos mal practicados, que constituye la primera causa de muerte materna en Argentina. Las mujeres que acceden a estas prácticas son las que menos educación sexual han recibido. Las más castigadas por la desidia de un Estado ausente en el mejor de los casos. Y asesino en el peor de las circunstancias.

Ella no tenía conocidos que supieran de estas clínicas y los días pasaban, atípicos, de a par. Comenzó a recorrer hospitales preguntando si podrían intervenirla, ofreciendo hasta diez mil pesos. Nadie accedía, la ley era clara: el aborto es ilegal siempre, pero es no punible si es para salvar la vida o la salud de la mujer o si el embarazo se concibió como consecuencia de una violación (si la mujer es “idiota o demente” se requiere consentimiento de su representante legal).

A través de Internet, ella consiguió un contacto que vendía Oxaprost, para realizar un tratamiento abortivo con pastillas. Cada píldora contiene Misoprostol (200 miligramos), que provoca contracciones urinarias, y Diclofenac (cincuenta miligramos), para calmar el dolor.

Ella, acorde al prospecto, ingirió cuatro pildoras (800 miligramos en total de Misoprostol) sublinguales y cuatro píldoras de la misma dosis intravaginales. A las tres horas tomó otras cuatro pastillas sublinguales. A las cuatro horas de la primera toma, comenzó a marearse, tuvo nauseas y la vagina comenzó a sangrarle: el aborto había comenzado. Tres horas más tarde tomó las últimas cuatro píldoras sublinguales, sólo restaba esperar y aguantar el dolor insoportable.

“Ya está”, recuerda que dijo ella al darse cuenta que lo peor había pasado. El aumento de la pérdida de sangre, revelaba que el aborto había sido un éxito. No todas las interrupciones de embarazo terminan en final feliz. En múltiples abortos las pastillas utilizadas son truchas o tomadas después de las nueve semanas de embarazo, límite en el que las pastillas ya no hacen efecto, o la mujer es alérgica al Misoprostol o por falla del tratamiento.

En América Latina se practican anualmente casi cuatro millones de abortos inseguros en los que mueren 370 de cada mil mujeres. Y por más que los sectores más humildes sean los más vulnerables, en Argentina el quince por ciento de los abortos corresponde a la clase media, como el caso de ella. Dos tercios de los abortos de Latinoamérica se lo realizan mujeres de entre 15 a 30 años, siendo la franja entre los 15 y los 19 la más vulnerable de todas, debido a los riesgos post interrupción.

Las mujeres al no poder decidir si continuar o no un embarazo de manera legal y protegidas por el Estado recurren a métodos clandestinos, a prácticas precarias que factiblemente dejen secuelas, como lesiones en el útero e infecciones mortales. En Argentina, el aborto es la principal causa de muerte materna y quienes luchan por conseguir la libertad de elección de la mujer no bregan por inducir más abortos sino reducir la muerte de mujeres.

Actualmente, se espera que entre en debate un proyecto enviado por distintos bloques políticos para despenalizar el aborto durante las primeras doce semanas del proceso gestacional y, además, obligar al Estado a hacerse responsable de proveer los servicios de salud apropiados, para evitar las muertes maternas y la cantidad de abortos.

(Ella es la reconstrucción de un caso de una joven que prefirió resguardar su identidad, pero no nos privó de la información sobre su experiencia en la interrupción del embarazo. Hoy cursa la carrera de Psicología en la Universidad de Buenos Aires y continúa viviendo con sus padres).

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