Como en épocas arcaicas

El 30 de agosto de 2010 falleció en La Plata Francisco Varallo, uno de los máximos artilleros del fútbol argentino y el último sobreviviente de la primer Copa del Mundo que se disputó en 1930 en Uruguay. Aquélla es historia conocida, 4 a 2 para los charrúas sobre Argentina en la final y a otra cosa.

Por ese entonces no existía en el mundo un jugador que viviese del fútbol y sólo tenían como fin jugar por el deporte mismo. Los integrantes de los cuatro equipos europeos que aceptaron la invitación a jugar el torneo en tierras sudamericanas pidieron una remuneración para solventar el viaje y la ausencia por tres meses a sus trabajos. El deseo fue concedido y se les otorgó dos pesos de viático por día a cada deportista. Si, dos pesos.

Aquellos eran los primeros indicios de organización de este hermoso deporte que hoy juegan hombres y mujeres. ¿Y mujeres?

Si señor y señora, la redonda es pasión de multitudes y desde 1991 se juega la Copa del Mundo de fútbol femenino. Algunas de las grandes potencias mundiales son Alemania, China, Noruega y Estados Unidos, mientras que en la Argentina todo parece haber quedado estancado en 1930. Ni siquiera el amateurismo marrón de aquella época (los jugadores uruguayos eran empleados estatales y esto les permitió poder abocarse pura y exclusivamente a entrenarse y jugar) llegó al fútbol femenino de nuestro país.

Aunque las chicas nos representan en todo el mundo, el Ministerio de Educacion, Cultura y Deporte no las considera deportistas de alto rendimiento y por este motivo no son merecedoras de becas nacionales por lo que la gran mayoría debe trabajar para vivir y poder jugar.

Los dos pesos (los libros históricos no precisan qué moneda era) que recibieron los europeos en 1930 se asemejan a los 60 pesos que por entrenamiento la AFA otorga en 2010 a las jugadoras de la selección y a los 25 dólares diarios cuando representan al país en una competencia internacional.

A nivel clubes las chicas reciben un mínimo viático  que realmente  no les alcanza para nada. En Independiente las jugadoras reciben 25 pesos por partido,  lo que representa a 100 pesos mensuales por entrenar tres veces a la semana, siempre y cuando disputen los cuatro encuentros del mes.

 “Mi única motivación es jugar en la selección y lo hago por amor al arte, pero ya decidí que si el año que viene no me dan los horarios para estudiar voy a dejar el fútbol porque esto no nos asegura el futuro y una con el tiempo se va cansando de que no se valore el esfuerzo”, son las palabras de la delantera de Independiente, Ludmila Manicler, que con solo 21 años fue la encargada de marcar el primer gol argentino en la historia de los Juegos Olímpicos en Beijing 2008.

Aquellos jugadores de 1930 llevaban su propia ropa y luego del partido la guardaban en su bolso para lavarla en casa. ¿Se imaginan a un jugador actual, que tiene botines hechos a medida y distintos modelos para cada superficie, lavar su propia camiseta? La realidad indica que sólo las jugadoras de clubes importantes como lo son Boca o River tienen acceso a botines que les regala la marca que realiza la indumentaria del club, pero la ropa la deben devolver una vez que termina el campeonato.  No todo es necesariamente negativo ya que las chicas tienen una ventaja si jugamos a compararlas con los muchachos del 30, y es que por aquel entonces debían lavar a mano.

El fútbol es, sin lugar a dudas, el deporte más famoso del planeta Tierra (y si existe el deporte en otro asteroide también lo debe ser allí), y desde el primer mundial disputado en 1930 no se detuvo ni un segundo en su crecimiento y evolución. Tal es así que se convirtió en uno de los negocios más importantes del mundo.

Cada futbolista español ganó 600 mil euros por ganar la última Copa del Mundo, mientras que los muchachos uruguayos de 1930 se llevaron sólo una medalla de oro, que se la quedó el capitán José Nasazzi, un fuerte abrazo de la vieja y muchas camisetas sucias para lavar y planchar.

 El jugador de hoy es altamente competitivo y millonario, ni siquiera debe acordarse de llevar los botines el día del partido porque tiene un equipo de utilería que los asiste y malcría. Quizá todo esto hizo que se haya perdido ese romanticismo amateur de los años 30 que con el paso del tiempo ha ido capturando fanáticos por todo el mundo.

Para el primer mundial disputado en China en 1991 Argentina ni siquiera tenía un equipo formado, pero dos años mas tarde jugaría el primer partido internacional en Santiago de Chile frente a “la roja”. A diez años de aquel debut victorioso las chicas pudieron alcanzar el mayor objetivo y se clasificaron para el mundial de Estados Unidos en 2003. 

La evolución desde aquel primer encuentro contra las trasandinas hasta la actualidad no tiene punto de comparación con la del fútbol masculino que creció a pasos agigantados. Las chicas deben luchar y enfrentarse a miles de adversidades que los hombres nunca, ni siquiera, se imaginan.

Sin embargo, y a pesar de todo esto, empiezan a aparecer algunos signos aislados que indican cierta preocupación institucional para que esta situación cambie. Copiando el modelo estadounidense, el ex club Ferrocarril Urquiza realizó un convenio con la Universidad Abierta Interamericana y lo renombró Club Deportivo UAI Urquiza, donde las jugadoras reciben una beca de estudio y pueden elegir la carrera que deseen.

“Es la primera vez que pasa algo así y es algo muy importante. A mi me vinieron a buscar para que juegue ahí, lo cual representa una gran oportunidad para mi, pero Independiente no me da el pase y luego de muchos intentos tuve que recurrir a abogados para destrabar la situación”, cuenta la delantera del seleccionado que, lamentablemente, es una de las tantas víctimas del manoseo de los clubes. “Yo estuve a punto de irme a jugar al Barcelona pero no pude porque Independiente pidió 1500 euros lo cual es ilegal porque soy deportista amateur y tengo el derecho de elegir donde quiero jugar”, agrega y deja al descubierto una de las tantos casos en que las chicas son manipuladas por un club que lo único que quiere es sacar dinero hasta de donde no debe.

El machismo es un tema recurrente en el ambiente del fútbol con el que las chicas tienen que pelear día a día. “Cuando tenía 8 años alcancé a jugar solo dos partidos con mi equipo de la liga infantil de San Pedro porque no podían creer que yo estuviese jugando y me suspendieron”, cuenta Ludmila, pero aclara que este tipo de situaciones no sólo se viven en Argentina: “cuando jugué en el Colo Colo chileno si sufríamos alguna lesión los médicos no nos atendían alegando que su contrato era solo para el fútbol masculino”.

Los prejuicios son inevitables y en Argentina el proceso para que éstos desaparezcan es inmensamente lento: “después de mucho tiempo la AFA nos deja entrenar en el predio de Ezeiza, al igual que el seleccionado masculino. Eso para nosotras es un gran paso ya que ahora contamos con mejores instalaciones y porque de alguna manera se nos está considerando un poco más”, dice la talentosa mediocampista de River, Emilia Mendieta.

Las grandes potencias de este deporte tienen ligas profesionales, donde las jugadoras no se llenan de plata pero pueden vivir haciendo lo que les gusta. Estados unidos es el principal impulsor económico, donde el FC Gold Pride le paga a la brasilera Marta, la mejor jugadora del mundo, alredor de 40 mil dólares mientras que  en España una crack cobra 3500 euros. No es necesario irse tan lejos para encontrar un ejemplo a seguir, Brasil tiene una liga profesional de fútbol femenino y no por nada son las que mandan en Sudamérica y de a poco van asomando a la primera plana a nivel internacional.

Las Canarinhas, como se conoce al seleccionado brasilero, ganó 2 de los 3 torneos sudamericanos y disputó la final de los juegos olímpicos de Atenas 2004 y Pekín 2008, donde fueron derrotadas las dos veces por  Estados Unidos.

A juzgar por la calidad de las jugadoras nacionales se puede decir tranquilamente que argentina está en condiciones de tener un rol más protagónico en el mundo, pero al igual que muchos otros atletas necesitan de políticas educativas y económicas que apoyen el desarrollo del deporte. “Tenemos mucha materia prima para elevar el nivel de juego pero lamentablemente tengo que decir que estamos muy lejos de ser potencia mundial porque habría que trabajar con las chicas desde la niñez y para eso se necesita que se invierta dinero y es algo que parece que nunca va a pasar”, dice con desilusión, la delantera Gimena Blanco, que desde hace dos años reside en Italia, donde puede vivir haciendo lo que realmente ama, jugar al fútbol.

Colaboración de Gonzalo Lopatín para NOS