Y en eso llegó Fidel

El presidente cubano se vuelve a parar, mira a los ojos, calla a los bocones, despierta sonrisas para aquellos que entienden que casi todas las verdades descansan en su cabeza y reaparece en un mundo que sigue, incesante y atento y despabilado, tratando de agrietar cualquier cimiento que nazca de la Revolución Cubana.

Y se pone de pie y todos, en un todos con pocas excepciones, tiemblan. Y se acomoda su camisa verde y todos, en un todos que abarca de punta a punta los espectros ideológicos, se tapan la boca, hablan de purismos, ladran desde las agendas que plantean los otros y, obviamente, vuelven a temblar. “Sólo deseo combatir como un soldado de las ideas”, había dicho cuando anunció que su sistema digestivo necesitaba un poco de descanso (no necesariamente por tanta mierda que se olía en los alrededores), mientras que otros, curiosamente, empezaban a especular con su muerte. Al grano: Fidel Castro se vuelve a parar, mira a los ojos, respira con la apertura del alma, calla a los bocones, despierta sonrisas para aquellos que entienden que casi todas las verdades descansan en su cabeza y reaparece en un mundo que sigue, incesante y atento y despabilado, tratando de agrietar cualquier cimiento que nazca de la Revolución Cubana.

Hablan los mediocres afines a las democracias inexistentes, analizan los infantiles la falta de progreso y las minucias de una historia difícil de esquivar, reflexionan los grandes analistas de los sillones y de la calefacción, piensan los básicos y simples de repente, en purismos éticos. Todos opinan. Todos dicen. Todos. Pero la derecha, siempre juega. Por eso Estados Unidos y las agendas mediáticas del sistema financiero aprietan lo máximo posible: sobrecargan de mierdas a Hugo Chávez (mientras intentan ganar tiempo para meter los narcotráficos bajo las alfombras de otros), declaran en voces de Barack Obama y de Nicolas Sarkozy que el enemigo es sólo Al Qaeda (para justificar todas las torturas que tienen que provocar para pararle la bocha a todo lo que huela a socialismo), cerca lo máximo posible al Medio Oriente para que nadie le orine sus mercados y salen a titular, en todas partes, que la Revolución se cae, se deshace, se pisa y se olvida en cualquier momento.

Pero ahí aparece, de nuevo, ese que siempre les duele, ese al que los más de mil intentos de asesinatos no pudieron parar, ese que ya no tenían entre las barajas posibles dentro del juego, ese para el que hacen falta muchos huevos y muchas convicciones para bancarse, ese que a pocos centímetros del gran imperio se aguantó todo. En eso, llega Fidel.

Y todo se les vuelve a complicar porque el knock-out del neoliberalismo nunca termina de anclarse del todo y esa bestia que tanto odian se les vuelve a aparecer. Por eso, el mundo tiembla y vuelve a hacer bullicios. La pisan los jugadores profesionales del sistema y ladran los amateurs parlantes y adictos a los infantilismos que dicen estar en contra de todo.

Fidel se vuelve a poner su camisa y demuestra que las victorias del hasta siempre nunca, jamás, se abandonan. No es cualquier cosa que aparezca. No es un síntoma de la nada. No es una estrella del cielo. Es una muestra, quizás, de que el mundo parece estar cambiando.

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