Un hombre y un estadio

Caminando las calles del Azteca, yendo en busca de volver a encontrar alguna de las gambetas extraordinarias de Diego Maradona, un cronista de NOS visita el templo, ese templo, que vio todas las magias del gol a los ingleses en 1986.

Es él. Estaba, está y estará ahí. Son un sólo cuerpo Estadio-Hombre, unidos por una copa y, principalmente, por un gol. Visitar el Azteca es una de esas experiencias que te erizan hasta el más íntimo de los sentidos.
Fui con las expectativas por las nubes: tarareando la canción de Calamaro, reinterpretando la Joya del relato Mundial regalada por un tal Víctor Hugo Morales, recordando ese instante en que el fútbol se refundó, donde se inventó otro deporte que duró 10 segundos. Un deporte que nadie podrá igualarlo jamás. Podrán, quizás, inventar otros deportes pero no ese, no en ese Estadio, no así.

Es una masa de emoción que te aplasta. Eso es el Estadio Azteca. Está vacío, lo que lo llena de presencia. No hay nadie, aunque difícil es decir nadie. Esta él. Juro que está él. Es imposible no imaginarlo en el césped. Quise pensar por un segundo en otra persona, en Burruchaga quizás, pero duró lo que inglés ante Maradona: NADA.

Hay un césped, siempre verde, que tiene sus huellas, sus pisadas. Hay dos arcos, sólo importa uno. El que importa es el que se ve de principio a final. El otro está demás. Me lo imagine cien veces “dejando en camino a tanto inglés”, pero es imposible. Imaginarlo es difícil ¿y hacerlo? Para él fue tan fácil.

Me quedé mirando ese arco. Me emocioné. Una gota, sólo una. Lo miraba e intenté comprender cómo. No pude, nunca podré. Es gigante y él lo hizo tan chiquito. Llevar en el bolsillo al Azteca no es para cualquiera,  Maradona hace jueguitos con el mundo señores. Domó al Azteca. A mi el Azteca me aplastó, me liquidó, me hizo sentir que todos los demás estadios son un metegol.

La visita constaba de un museo, de los vestuarios y de la visita al césped. La parte importante fue sólo una. El tema fue único. Éramos ocho, cuatro argentinos. Fuimos todos por lo mismo: a ver si podíamos encontrarlo. Estaba allí, enorme. Una enormidad fantasmagórica, oculta, invisible. Es tan grande que conmueve hasta al más duro. Necesité besar el pasto y lo besé. Necesité llevarme aunque sea un poco de ese pasto y lo hice. Luego me arrepentí y lo planté. Entendí que es irrepetible. Miré una y mil veces y volví a mirar la ultima vez. Imaginé de la misma manera. Alguna foto como para dar parcial testimonio de que esto es cierto. Tan parcial como inútil. Imposible poner en palabras, imágenes o música toda las emociones, expresiones, recuerdos y armonías que despierta conocer al  Azteca. Imposible expresar que fue el lugar donde mas argentino me sentí. Lejos de intentar caer en los nacionalismos estúpidos, allí estaba el ser que me representa, con mis penas y mis alegrías. Allí estaba Diego Armando Maradona. Y ahí lo quise más y para siempre. Estas palabras son sólo lo que pude escupir de todo lo que me pasó en el Azteca.

Es lo mismo que decir: gracias.