“Tú bien sabes que no tengo edad. Ya no matan jóvenes”

La resistencia al nazismo, el dolor de una madre, el amor de un hijo y la sentencia a muerte. La tercera entrega de Crónicas de Fusilamientos atraviesa la Europa de la Segunda Guerra Mundial en la reconstrucción de los últimos momentos del militante Spartaco Fontanot.

Querida madre:

De las personas que conozco tú serás la que más lo sentirás y por ello te dedico mis últimos pensamientos. No acuses a nadie de mi muerte, pues fui yo quien elegí mi destino.

No sé que decirte, pues aunque tengo las ideas claras, no encuentro las palabras justas. Ocupé mi lugar en ejército de liberación y muero cuando ya comienza a brillar la luz de la victoria… Voy a ser fusilado dentro de muy poco con otros veintitrés compañeros.

Cuando termine la guerra tienes que reclamar el derecho a una pensión. Te permitirán conservar todo cuanto tenía en la cárcel.  Sólo me he quedado la camiseta de papá porque no quiero que el frío me haga tiritar…

Una vez más, adiós. ¡Valor!

Tu hijo.

Spartaco.

Como típico italiano, Spartaco Fontanot tenía un vínculo especial con su madre. Spartaco, además, era mecánico y obrero del metal. Y como la mayoría de los trabajadores tenía una inquietud muy fuerte por los reclamos obreros. Una mezcla maldita, la de ser italiano, trabajador y revolucionario para el contexto de la época. Seguramente cuando en 1930 su padre Jacopo, un dibujante de un pueblito en el norte de Italia, decidió que la familia Fontanot viaje en tren hasta Francia, el país de la libertad y los derechos humanos, no imaginó que diez años después habrían de vivir en París bajo dominio nazi. Como tampoco sospechó que lo que le advirtió el secretario del registro civil de su pequeño pueblo aquel 17 de enero de 1922, cuando anunció que su hijo se iba a llamar Spartaco terminaría siendo la más cruda realidad. “¿Spartaco, te has vuelto loco? Le van a cortar la cabeza”, lo inquirió el empleado mientras Jacopo lo apretujaba de su chaqueta.

Como buen italiano, Spartaco heredó el carácter de su padre: tozudo y luchador, aunque más silencioso y sereno. Esa personalidad le permitió mantenerse activo aunque el régimen del Tercer Reich lo controlara todo, más aun si se trataba de un inmigrante. Y más todavía si era un obrero. Militaba en el Movimiento de Obreros Inmigrantes (MOI), un bastión de la Resistencia Francesa, que era comandado por Missak Manouchian, un delegado comunista de origen armenio. Temeroso, Fontanot fue quitándose sus miedos a medida que participaba en las acciones del movimiento hasta convertirse en uno de los hombres más respetados dentro de la corriente, aunque él nunca pudo olvidar la sensación que le quedó luego de su primera acción Esa angustia por oír gritar a sus pares en un barrio de las afueras de París lo acompañó como un fantasma en cada uno de los operativos posteriores que llevó a cabo. Incendió un garaje de las fuerzas de seguridad germanas con diez camionetas a estrenar, pero las llamas y el temor se expandieron por las demás casas. Tras ese doloroso debut en su primera operación con la Resistencia, a Fontanot le esperaban dos años de belicosidad creciente. Las persecuciones seguían, la Resistencia aumentaba su agresión contestataria.

Pero todo duró hasta noviembre de 1943. Cinco italianos fueron arrestados por la policía alemana tras un operativo fallido del MOI. Uno era Spartaco Fontanot. Los otros cuatro eran Rino Della Negra, Cesare Luccarini, Antonio Salvadori y Amadeo Ussuglio. Se les inició un juicio, aunque ellos ya supieran su condena. Fueron trasladaos a la Prisión de Fresnes, la segunda más grande de toda Francia, en las afueras de París. Allí fueron torturados durante todo el invierno europeo, hasta que el tribunal dictó su sentencia. Spartaco estaba en la sala junto a sus cuatro compañeros. Al oírla, fue el primero en sentarse, enrojecido. El veredicto acababa de ser pronunciado y marchaba para su celda. Pero en el camino se cruzó con su madre, que por casualidad había ido a visitarlo a la cárcel. Ella ignoraba hasta que había un proceso abierto contra su hijo. Fontanot cambió inmediatamente su semblante, para no despertar sospechas. Se hablaron sin que una reja los separase. Ella preguntó:

-¿Cómo es que no hay botones en tu camisa? Dámela, voy a recoserlos.

-No merece la pena, mamá. Tengo otra.

-¿Qué son esas marcas? ¿Te han pegado?

-¡No, mujer! Me he caído durante el paseo en el patio.

A pesar del disimulo, ella le preguntó temblando:

-Spartaco, ¿No te van a matar, como mataron a tu primero Nerone?

Él consiguió reír, sin crispar en nada su rostro delgado con los cabellos negros, aplastados hasta el centro de la frente.

-Mamá… Tú bien sabes que no tengo edad. Ya no matan jóvenes. Prefieren enviarlos a Alemania. Necesitan mano de obra.

Al llegar a la celda, Spartaco redactó la carta.

Su madre se cruzó con otro escrito antes que el mensaje estremecedor que le escribió su hijo. No se trataba de una carta, sino de un artículo del diario Matin (un periódico fundado en 1805, cuyo director durante la ocupación alemana fue condenado a cadena perpetua tras la Liberación) titulado: “La corte marcial alemana ha pronunciado veintitrés condenas a muerte”. Entre los 23 fusilados, estaba el nombre de Fontanot. Ella siguió leyendo: “Se ha vuelto claro que los judíos, que arrastraron a los franceses a esta guerra, no han cesado de continuar su juego contra Francia, en momentos particularmente propicios, a fin de poner trabas a la lucha contra el bolschevismo”.

Dos meses después de los fusilamientos en el fuerte de Mont Valérien, la propaganda nazi seguía acusando a los asesinados. En los primeros días de abril de ese año, aparecieron 15 mil carteles rojos que portaban los rostros de diez de los ejecutados en febrero de ese año.

En agosto de ese 1944, una sublevación de la Resistencia Francesa inició la batalla que unos días después terminaría con la liberación de París del régimen nazi. Casi 60 años después, pocos recuerdan aquellos siniestros carteles rojos. Pero sí la valentía de Spartaco Fontanot y sus compañeros en la Resistencia Francesa.

Fuentes utilizadas:

Historia del siglo XX: 1914-1991, de Eric Hobsbawm.

El cartel rojo, de Garnier Raymond.