Saber perdonar

Por Marcia Escudero

Cuando pensé en esta obra inmediatamente sentí que vos eras el indicado para el personaje central ya que tu personalidad da los caracteres exactos para cada pasaje. En medio de los otros personajes tan disparatados, el tuyo, el terapeuta, con ese romanticismo al que lo ha llevado su amor por la música, se destacará creando un clima emotivo e idealista; es por eso también, buscando que te destaques, que preferí vestirte de negro; serás el único que luzca ese color.

No olvides que ellos, esos seis amigos desenfrenados, con sus extravagantes y coloridos atuendos, a los que sus mentes desviadas obliga a intensas sesiones terapéuticas, reconocen en vos a su guía. Sos para ellos un remanso; con tu música suave, constante, monótona; en esa sala donde todo, desde la luz difusa a los mullidos sillones; desde las paredes al mobiliario, todo, se ve cubierto por un apacible tono azul, que elegiste según el libro, para lograr el efecto sedante que ellos necesitan. Recordá que a esos seres tan desquiciados sólo podés calmarlos con tu personalidad y tu música y que cualquier alteración podría ocasionar una reacción brutal e inesperada; ya verás,  cuando avances en el desarrollo del libro, comprenderás cuál fue el principal motivo de mi elección.

En la próxima obra, que ya estoy bosquejando, tengo pensado para vos otro personaje, comprometido, pero no central, aunque te aseguro que la prensa te tendrá muy presente.
Como ves no te guardo rencor por haber huído con mi hija adolescente, tampoco por haber provocado el fracaso de aquella temporada en la que por tu constante estado de ebriedad debí suspender sistemáticamente las funciones llevándome a la ruina; ya ves, sé perdonar, casi te diría que hasta sé olvidar.

La obra se estrenó, fue un éxito. En la última escena se apaga automáticamente la música y un estridente sonido trepita ensordecedor; la tenue luz azul de la sala de terapia es reemplazada violentamente por un encandilante e intermitente reflector. El efecto es inmediato; los pobres desquiciados enloquecen; se abalanzan sobre el personaje central, el terapeuta, gritando, aullando y terminan matándolo.

Cuando baja el telón todos se acomodan para el saludo final; el protagonista está allí, inexpresivo, inmóvil. Desde bambalinas el autor, quien curiosamente lucía un extravagante y colorido atuendo, había estrenado también su siguiente obra en la que él era el personaje central y el que estaba inerte en el escenario en medio de un charco de sangre sólo tenía un papel secundario.

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