La Nación para “recomponer las coincidencias”

El Golpe de marzo del 1976 se articuló como el fin de un proceso revolucionario iniciado en mayo del `69 con el “Cordobazo”. La alianza gran burguesía-Fuerzas Armadas conquistó así la victoria, pero para que el Golpe pudiese ser exitoso antes fue necesario un reordenamiento militar interno. El diario La Nación en cuanto a estos sucesos manejó una opinión que reflejó claras vinculaciones con uno de los sectores de las FF.AA.

En su carácter informativo hacia el lector, el diario en cuestión se desenvolvió facciosamente, fiel a esos intereses. Aunque no descubriremos nada al calificar a este medio históricamente como golpista, aún así, distinto será adherirle las responsabilidades y vinculaciones en los enfrentamientos internos previos al `76 de las FF.AA.

La gran burguesía de la época encontró en las Fuerzas Armadas la herramienta para desarticular al proceso revolucionario abierto. Para ello, las FF.AA. comenzaron una recomposición interna que les resultó fundamental. El primer suceso que retumbó fuerte en la prensa nacional, y que de la misma forma iba a traer consecuencias en el ámbito castrense, fue la reestructuración del gabinete nacional emprendida por la Presidente Isabel Martínez el 11 de agosto de 1975. Fue designado como nuevo ministro del Interior el Coronel Vicente Damasco. Por ser parte del Ejército Nacional, su designación en la cartera del gobierno no fue precisamente recibida con alegría en el ámbito militar. La Nación para el 12 de agosto ya preveía algunos sucesos internos de las Fuerzas Armadas y de política nacional, que se desencadenarían a lo largo del resto del mes:

“Damasco al frente de la cartera del Interior, responde a los deseos de la Presidente de salvaguardar el orden interno más que a atender los problemas de orden político en el cual se debate el gobierno nacional”.“Al asumir, ahora, las funciones de ministro del Interior, sus responsabilidades son mayores, con lo cual, en algunos círculos castrenses, se estimaba que podrían confundirse los términos de la prescindencia que hasta el presente trataron de mantener y de demostrar las Fuerzas Armadas, en el proceso.”[1]

A tan solo tres días de la asunción del ministro, La Nación planteó que se trataba de “una suerte de quebrantamiento en lo que hasta entonces aparecía como un sólido frente de coincidencias en las Fuerzas Armadas”. Encabezado por un titular con un dejo imperativo: “Recomponer las coincidencias”[2].

El Comandante del Ejército, Teniente General Alberto Numa Laplane, presionado tanto desde las otras dos fuerzas como desde el interior de la que precedía, buscó sostener la decisión de permitir que un coronel bajo su mando forme parte del gobierno nacional. La “visita de cortesía”[3] que recibió el 13 de agosto por parte del flamante ministro provocó que al día siguiente en reunión de altos mandos del Ejército reciba las quejas del general Jorge Rafael Videla (Estado Mayor Conjunto) y del general Roberto Eduardo Viola (II Cuerpo) entre otros. Ellos defendieron la idea del profesionalismo prescindente, que implicaba que las Fuerzas Armadas no podían servir a una facción política, sino a toda la Nación, por lo tanto debía pedirse el retiro del Coronel Vicente Damasco.

“El proceso Damasco continúa abierto”[4] titula en su portada del día 21 de agosto el diario centenario. Las fisuras que destapó el nombramiento como ministro de un coronel del Ejército sin su pase a retiro, ya existían con anterioridad. Este se convirtió en un suceso de mucha relevancia no tanto por si mismo, sino por todo lo que permitió reacomodar utilizándolo como causa.

El profesionalismo integrado propuesto por Numa Laplane se sustentaba políticamente en su relación con López Rega pero la salida del ministro el mes anterior, agotó su crédito político. El final se volvió previsible. La permanencia de Numa Laplane al frente del Ejército nacional adelantó su fecha de vencimiento. El propio diario afirmó tendencioso el 21 de agosto:

“la conveniencia de retornar al profesionalismo desarrollado por el ex comandante, general Anaya (anterior Comandante del Ejército). Esto es, el apoyo de las Fuerzas Armadas a las instituciones, sin injerencias en la conducción del Gobierno, y limitar su acción a cuestiones relativas a la seguridad y a la defensa nacional”.

“El Ejército está en los minutos de una hora decisiva”[5], titula el 24 de agosto. Los sucesos iban a precipitarse a partir del día 23 con la aparición sin vida de un mayor del Ejército secuestrado un año atrás, el Teniente Coronel Julio Argentino del Valle Larrabure. Otra vez, un suceso ligado a disputas político-sociales serviría como causa para la reestructuración militar interna anhelada.

El discurso proferido por el Comandante General del Ejército Numa Laplane el 25 de agosto en el funeral, según La Nación “había despertado singular atención en los otros dos comandos” ya que “en el Ejército existía un estado deliberativo, en medio de un clima de creciente expectativa”. Numa Laplane buscó generar un sentimiento de unidad en las fuerzas:

“La verdadera cohesión de la fuera está en la unidad del objetivo, y el objetivo es: la definitiva institucionalización del país”, “los que necesitan un ejército fracturado para cumplir con sus fines y se rasgan las virtudes lamentando supuestas razones de falta de cohesión cuando en realidad la están fomentando. Es un intento suicida por entregarles a tus asesinos un país en caos. Esta vez usan un pretexto de turno, ya inventarán otros”[6].

El encabezado de la portada de la edición del 27 de agosto es contundente: “Solicitan mandos del Ejércitos el retiro del Teniente General Laplane”[7]. La fisura interna a las FF.AA. pasó a ser ruptura. El ministro del Interior dejó de ser parte de las FF.AA. Mientras, las versiones desestabilizadoras hacia la conducción del Ejército resonaban sin cesar: “el General Alberto Numa Laplane habría expresado su deseo de alejarse”,” el Teniente General Alberto Numa Laplane, a solicitud de los comandantes de cuerpos habría solicitado su pase a retiro”[8].

El nuevo comandante del Ejército argentino no iba a ser otro más que Jorge Rafael Videla.  “Considerado en las filas del Ejército como uno de los hombres más representativos del profesionalismo puro, el General de brigada Jorge Rafael Videla, goza de amplio consenso entre sus camaradas, quienes en más de una oportunidad lo pusieron de manifiesto, sobre todo cuando las circunstancias exigieron una decisión en común para ubicar al militar en el puesto donde era más necesario”[9].

Las justificaciones invadieron los análisis de los numerosos artículos de La Nación: “la Armada y la Fuerza Aérea consideraban que tal era un problema interno del Ejército y, por lo tanto, que solo a éste competía resolverlo”.

El golpe de Estado estaba a siete meses de acontecer, los reordenamientos internos previos habían sido efectuados, pero el disimulo era enorme. Se enarbola el apoyo la Constitución, la apertura democrática del `73 y las instituciones de la República.

El diario centenario parece haberse repetidamente enterado de los sucesos militares internos unos días antes de que estos estallen, y cuando esto no fue posible, fomentó lo justo y necesario la tendencia que buscaba.

Los intereses que se perseguían y los acuerdos secretos, difícil que sean debelados. Igual, no son necesarios para dejar a plena vista lo tendencioso de las opiniones. En la interna militar se inclinó la balanza a favor de los ganadores, encabezados por Jorge Videla, quien luego encabezaría la toma del poder del Ejecutivo nacional por la fuerza. Coincidencias tal vez.


[1] La Nación, 12/8/75.

[2] La Nación, 14/8/75.

[3] La Nación, 14/8/75.

[4] La Nación, 21/8/75.

[5] La Nación, 24/8/75.

[6] La Nación, 25/8/75.

[7] La Nación, 27/8/75.

[8] La Nación, 27/8/75.

[9] La Nación, 28/8/75.