La lucha por el reconocimiento

Los veteranos de Malvinas no reconocidos acampan desde el 25 de febrero de 2008 en la Plaza de Mayo, en busca que se los reconozcan y así remediar la amnesia general. Ellos permanecieron donde estaban las bases de la Fuerza Aérea Argentina,  y desde allí partían los aviones que generaron la mayor cantidad de bajas a las tropas enemigas. Diecisiete soldados fueron asesinados en el continente. Y muchos pasaron hambre y muchos otros frío. Y todos sufrieron el miedo que provoca una guerra. Están olvidados.  “A todos nosotros nos gustaría que nos entreguen la medalla que por ley nos tendrían que haber dado, porque no deja de haber sido un honor defender a la patria”, explica Dante, veterano de guerra.


¿Quiénes son esos a los que, bajo la lluvia, se ve acurrucados, mateando, riendo? ¿Quiénes son esos señores, algunos con arrugas, otros con canas, otros sin pelo, que miran con profundísimos y cansados ojos el estallar de las gotas contra el cemento? Ahí, al lado de la carpa que los refugia, con el día cayéndose a pedazos de tormenta, se escucha la voz en inglés de un muchacho  hablándole a una pareja, señalándoles la carpa.

-¿Por qué está ésta carpa?- le pregunto en perfecto inglés.

-Es por Malvinas- me contesta en perfecto español-, a los turistas que me preguntan les cuento eso.

Mariano es el joven guía de turismo. La lluvia aumenta y él se aleja junto con la pareja de turistas. Tampoco sabía demasiado.

El campamento está situado en uno de los flancos de la Plaza de Mayo, tiene una carpa única y principal, y un terreno delimitado por banderas a modo de alambrado.

La lluvia que impide escuchar cualquier sonido proveniente desde el interior de la carpa, no me imposibilita percibir varios movimientos. Me asomo por la lona azul devenida en puerta y ya dentro, ante la pasmosa mirada de cinco hombres, que solicitan sentarme junto a ellos.

– ¿Por qué está la carpa?, pregunto.

Silencio. Todos saben la respuesta, pero todos esperan que otro empiece. “Hablá vos, Dante”, dice uno. Dante comienza y será el único que cuente la historia.

-Somos veteranos de Malvinas no reconocidos -comienza-. Nosotros estuvimos en la zona de despliegue continental al sur del paralelo 42: las provincias de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, en el Litoral marítimo patagónico. Allí estaban extendidas las bases de la Fuerza Aérea Argentina, desde donde partían los aviones que atacaban la flota inglesa, que generaron la mayor cantidad de bajas a las tropas enemigas.

Desde el continente, Dante y sus compañeros prepararon los ataques más efectivos en los 74 días que duró la Guerra de Malvinas, entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982 . Una de sus tareas fue, entonces, la ofensiva.

Toma un respiro. La lluvia rellena el vacío sonoro. Atrás se escuchan los murmullos de otros veteranos hablando sobre el clima. Dante continúa:

-Nuestra misión principal era la custodia, no sólo de las bases, sino también de puntos estratégicos.

Otra de las tareas fue, entonces, la defensa.

Lo primero que pienso es en la diferencia principal con los que lucharon en la primera línea: el hambre, el frío, los tiros. La muerte. Le pregunto a Dante, el me contesta en el mismo tono con el que empezó, casi triste:

-Hemos sufrido 17 bajas en el continente y estuvimos con las mismas órdenes que nuestros compañeros de las islas. Nosotros hemos tenido compañeros que han pasado frío, que han pasado hambre, que tuvieron pie de trinchera –se queda pensativo, pasan unos segundos y continúa- Hay un ejemplo de un compañero que tuvo que comer perro y ha quedado muy mal, de hecho hoy tiene graves problemas psicológicos.

Hubo muertes, operativos, órdenes que cumplir. Sufrieron las mismas condiciones duras del clima sureño y del miedo aterrador que provoca una guerra.

-Con 19 años la línea que te bajaban era: “Los ojos bien abiertos porque los pueden degollar”. Estábamos pertrechados y con las alertas rojas todo el tiempo.

Vivieron el miedo, sufrieron la guerra. Atacaron y defendieron. ¿Por qué no son veteranos oficialmente? Dante todavía no puede entenderlo.

-Nos tocó un rol distinto: algunos fueron a primera línea y otros a la defensa. No era una elección nuestra. No tenemos ningún tipo de reconocimiento. Ninguno. A todos nosotros –señala a sus compañeros de la carpa- nos gustaría que nos entreguen la medalla que por ley nos tendrían que haber dado, porque no deja de haber sido un honor defender a la patria.

Dante afirma que no es sólo un convencimiento personal el hecho de considerarse veterano de Malvinas, sino que está todo documentado y bajo amparo legal.

– Hay leyes por las cuales nosotros sostenemos que sí somos veteranos de guerra del Atlántico Sur: la primera es la Ley 22.674 que otorga distintos grados de beneficios, sobre todo asistencia, para aquellas personas que tuvieron participación en el Teatro de Operaciones Atlántico Sur (TOAS) y la zona de despliegue continental; la segunda es la Ley 23.109 que reconoce como combatientes a todo personal que se haya desempeñado en el TOAS.

Ellos se consideran veteranos, las leyes los legitiman. ¿Y el Estado?

-No nos reconoce, para el Estado no somos combatientes. Se basan en un error en el decreto 509/88: en 1988 toman la plataforma continental como doce millas marítimas a partir de la costa. Es una incongruencia total porque, de ser así, nosotros perdemos el reclamo por la soberanía de nuestras Islas Malvinas. Cuando se aprueba la Ley 23.848, que otorga beneficios pecuniarios, de vivienda y una pensión determinada, a nosotros nos excluyeron de todo. Nunca nos habilitaron por el error del decreto. Es una falta enorme que seis años después de la guerra se estableciera un teatro de operaciones distinto a la realidad, es una mentira histórica.

La bronca que siente Dante, se refleja en sus palabras. Ante la impotencia, cuenta cómo decidieron proceder:

-A partir de todo esto, decididimos el 25 de febrero de 2008 estrablecernos acá, a modo de protesta, para que nos reconozcan como lo que realmente somos: veteranos de guerra del Atlántico Sur –Dante mira a su entorno, los compañeros de lucha y sigue- El día a día es dificil, muy dificil. Acá hay compañeros que están las 24 horas. Nadie nos sostiene económicamente más que nosotros mismos: no recibimos nada de ningun partido político ni de nadie. Es el único modo que llegamos, de forma pacífica, a generar una protesta reclamando lo que creemos que es justo.

La lluvia no para de azotar las lonas de la carpa. El viento se cuela por algunos agujeros, por donde se ve la mañana gris sin ánimo de escampar. Los veteranos caminan por el interior, ceban mate, prenden cigarros, charlan.

Le comento a Dante que en la plaza del Congreso había otra carpa de veteranos que pedían ser reconocidos.

-Ya no están más. Esa carpa tuvo que ver con los compañeros desplegados al norte del paralelo 42. La mayoría fueron dejados en su asiento de paz, fuera de los teatros de operaciones. Nosotros entendemos que el reclamo de ellos, en la sustancia, es distinto al nuestro: nosotros estuvimos en zona de guerra donde hubo riesgo de vida.

-¿Cómo es la relación con los veteranos reconocidos?- pregunto.

– Un grupo de los compañeros que están reconocidos se niegan a que pase lo mismo con nosotros. A ellos no les puede cambiar nada. Cuando venían al continente heridos o muertos los recibíamos nosotros. No era una elección ir a la primera línea, podía ser una sublevación el hecho de no cumplir con una orden. En mi caso personal, yo estuve la última semana embarcándome para ir a las islas, pero no podía cruzar porque se había roto el puente aéreo.

Son aproximadamente diez mil soldados conscriptos en el mismo estado que Dante. Sin honores ni laureles. Sin beneficios ni reconocimiento. Hay varios proyectos que fueron presentados al Congreso y todos recibieron trabas.

Me despido. Mientras levanto la lona para empaparme de lluvia, Dante me frena, me dice:

-Lo que el Estado decida nosotros lo vamos a respetar. Luchamos antes, ahora y seguiremos luchando.

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