La Lucha Continúa

Por Analía Godoy

“Queda estrictamente prohibido prohibir”

“Abraza a tu amor sin soltar tu fusil”

“Cuanto más hago el amor más ganas tengo de hacer la revolución. Cuanto más hago la revolución más ganas tengo de hacer el amor”

“Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta” (*)

Las películas, miradas críticamente, siempre nos llevan a reflexionar sobre nuestro mundo y el lugar que ocupamos en él. En este caso “Los soñadores” de Bernardo Bertolucci me puso a pensar acerca de un momento particular: mayo de 1968 en París y las implicaciones de ese tiempo para nuestros días.

En la película, los conflictos que se expresan en las barricadas callejeras no son solamente el contexto o el escenario que sirve de telón de fondo para la experimentación sexual de los protagonistas. Ambas secuencias van de la mano, y de alguna manera al mostrar la lucha social a través del prisma de la vida de estos adolescentes, se ilumina uno de los aspectos más interesantes del mayo francés: la profunda imbricación entre la liberación sexual y la liberación social.

En efecto, es el momento en el que confluyen las ansias de libertad frente a las atávicas ataduras parentales y profesorales con el anhelo de libertad social: contra los patrones burgueses y el imperialismo en el tercer mundo. No es de ninguna manera casual ni obedece a un afán decorativo que en la película de Bertolucci -donde estos jóvenes protestan contra la moralidad y las reglas de los “adultos”- la figura de Mao Tse Tung y las banderas rojas con la hoz y el martillo sean omnipresentes.

A partir de este punto, de este período álgido de coincidencia entre ambos objetivos, podía esperarse la disociación: o bien hacia la liberación social tipificada en la revolución socialista y la imposición de algún tipo de “dictadura del proletariado” subsumiendo la libertades individuales a la igualdad, o bien el desarrollo de la libertad personal hasta extremos insospechados, desdeñando cualquier tipo de noción igualitaria.

Se comprenderá fácilmente cuál fue el rumbo seguido desde mayo de 1968: la liberación personal se ha combinado con las necesidades del capitalismo decadente para resultar en un creciente individualismo consumista. La libertad es hoy, primordialmente, la libertad de elegir qué se consume. El mundo se abre como un supermercado en el cual se puede elegir una pareja sexual o bien una ideología política, con la misma lógica con la que se decide entre diferentes marcas de shampoo. A la vez, la crítica contra la autoridad, los “adultos” y las instituciones que ellos dominan, específicamente la familia y la universidad, ha degenerado en el quiebre de los lazos sociales que mantienen unidas las comunidades. En efecto, las promesas de mayo de 1968 no llevaron a una democratización de las relaciones sociales, sino a la ruptura de las mismas y a la alienación de las personas en una sociedad que aparece cada vez más como una masa de individuos aislados.

La autonomía de la sujeción de instituciones ancestrales ha avanzado y conseguido logros nunca imaginados: la liberalización de las relaciones al interior de la familia con la consiguiente formalización de los derechos de los niños, la efectivización de la igualdad de los géneros, la legalización del divorcio y la ampliación de las prácticas sexuales válidas, materializadas también en los derechos de las minorías sexuales. La nuestra parece ser la época en la cual se ha alcanzado la máxima igualdad en la libertad con la que soñaban los liberales de los siglos XVIII y XIX.

Sin embargo, queda todavía una cuenta pendiente: la de la liberación social en un mundo crecientemente dominado por grandes multinacionales y marcado por la concentración de la riqueza y la exclusión social. Se calcula que un tercio de la población del mundo “desarrollado” y “en vías de desarrollo” se ha estructurado por debajo de la clase baja, constituyéndose como una “subclase”. Son desempleados, minorías étnicas, inmigrantes, relegados de distinto tipo y color. Al mismo tiempo que la renovada importancia de los individuos por encima de las instituciones y la erosión del tejido social contribuyen a la marginalización de los pobres de toda pobreza.

En sociedades en las que como dijimos, la libertad es la facultad de elegir qué consumir, la misma noción ha perdido su significado a la vez que se constituyó como una instancia más de exclusión para ese tercio de la sociedad despojado del consumo. Más que de libertad privada podríamos hablar de una libertad “privatizada”. Se vuelve entonces cada vez más claro que la verdadera emancipación debería estar cimentada en una mayor igualdad en el poder político y económico.

En nuestro presente, en el que se avanza por la senda del goce de los derechos individuales, me parece fundamental la pregunta por aquellos que debido a su miseria material, ven restringida su libertad. Y es aún más importante porque las utopías del siglo XX de una sociedad más justa e igualitaria se han desdibujado detrás de la quimera del superconsumo individual.

Hoy, el desafío de mayo del 68 de buscar la liberación personal a la par que la liberación social, permanece acaso, más vigente que nunca.

(*) Grafitis en las calles de París, mayo de 1968.

Colaboración exclusiva de Analía Godoy. A quien, con 21 años, ya se le acaba el tiempo como estudiante de grado de Historia de la Universidad de Buenos Aires.