Estados Unidos lo esconde debajo de la alfombra

Hubo un día en que la política supo no estar monopolizada por el imperialismo. Los reclamos obreros gozaron de representación en las disputas electorales. La realidad se ha modificado. La historia del pueblo estadounidense que a Estados Unidos no le es representativa.

Hoy en día parece hasta demente relacionar a Estados Unidos con clasismo, huelgas generales e internacionalismo. Este país que durante todo el siglo pasado y el actual se ha encargado de ser el centinela del sistema capitalista, ciento cincuenta años atrás, comenzó a atraer las miradas de todas las regiones por su lucha y movilización contra las desigualdades políticas y económicas.

Será en este momento de crisis, que parece profundizarse día a día, la ocasión perfecta para que la población norteamericana mire hacia atrás y se identifique c

on su pasado, para poder así ver que hubo un tiempo lejano donde ante la opresión interna si se le podía contraponer resistencia, y también, que ante la opresión mundial si podía pensarse la hermandad entre naciones.

Un mundo nuevo

Ya finalizada la Guerra Civil a finales del siglo XVI, Estados Unidos se encaminaba por un rumbo sin retorno hacia la industrialización y la entrada definitiva a la producción capitalista. La segunda revolución industrial, el auge de la construcción del ferrocarril y una incesante llegada de inmigrantes, principalmente de irlandeses y post

eriormente del sudeste asiático, renovaron las posibilidades productivas del país. Le facilitaba contar, no solo con los medios materiales para la reproducción de fábricas a lo largo del territorio, sino también una manera barata y rápida de transporte sumada a una mano de obra abundante y accesible. Todavía faltarían poco menos de cien años para que se aplicase el llamado Estado de Bienestar, esto es, el otorgamiento por parte del Estado de servicios públicos para toda la población. No, en esta época –al igual que en todos los países industriales- las condiciones de trabajo eran arduas con 14 a 18 horas de jornada laboral, sueldos que apenas lograban reproducir a los trabajadores, condiciones insalubres, trabajo infantil y más. Los panoramas de desolación y miseria eran las postales comunes de los barrios obreros, que, pese a todo, lentamente habrían de abrigar

las nuevas ideologías revolucionarias que llegarían –en barcos de inmigrantes- desde Europa.

Las ideas, los artículos, los libros de Marx y Engels llegaban y se reproducían a diario por el territorio gracias a los inmigrantes alemanes. Desde Italia y Rusia el anarquismo pintaba con su tradicional rojo y negro las mentes proletarias. Poco a poco la conciencia de clase despertaba y empujaba a los explotados a rebelarse, pero a rebelarse juntos.

Nobles caballeros e internacionalistas. El ferrocarril transporta la lucha.

Será mención obligada la Gran Huelga de 1877, tanto por su extensión como por ser una muestra de cómo en momentos de lucha y resistencia, la unidad y la solidaridad salen a la luz.

En 1873 estalló una gran crisis, iniciada en Europa y diseminada a lo largo del globo, Estados Unidos fue afectado sin excepción. Aumento de precios de los bienes básicos, recortes de sueldos y gran desocupación –el 25% – asolaba el país de Lincoln y Washington. No parecía verse la luz al final del túnel. Como era de esperar, las masas cada vez más impacientes, cada vez más marginales, necesitaron una simple chispa para que se desarrollara el incendio. Esa

chispa la dieron los dueños del ferrocarril. A principios de 1877, el gobierno nacional le dio el permiso a las ferroviarias a recortar los salarios en un 10%, reducción que además se repetiría seis meses más tarde. Todo esto, para facilitar y aumentar las ganancias de los monopolios del tren. Esta acción concertada entre empresarios abrió los ojos de los trabajadores: si ellos se unían para amasar grandes fortunas, éstos le opondrían una unida resistencia. Una innumerable cantidad de pueblos y ciudades de Estados como Illinois y West Virginia, como Chigado, amanecieron con cientos y hasta miles de obreros parando y bloqueando las estaciones. La consigna era clara: aumen

to de salarios a un nivel digno. Los acereros, mineros, molineros y demás proletarios de otras industrias se unieron a la lucha, no solo salarial, ahora también por disminución de la jornada laboral y mejora de las condiciones generales de trabajo.

Como era de esperar, los dueños y patrones enviaron “rompehuelgas” para finalizar y calmar las turbulentas aguas, medida que sin embargo fue repelida por los manifestantes, ya en alianza con sectores de las clases medias.

Si éstos no podían controlar la situación, era hora de recurrir a la represión legal del gobierno: la policía, la guardia nacional y el ejército, apuntando fusiles, no temblaron en disparar a sus propios conciudadanos – ¡nunca dudan de mostrar su amor a la patria matando a sus hermanos!

Resultado: cien muertos, mil detenidos y desintegración de la huelga. Sin embargo, en adelante los obreros serían tratados con más cautela. Su acción y su movimiento tenían la potencialidad de conquistar un cambio.

Solo nueve años más tarde se repetiría el escenario con obreros en las calles y policías armas en mano. Ahora, la jornada laboral por ocho horas había unificado a casi todas las centrales sindicales y organizaciones del trabajo. Por Europa, lentamente, las leyes laborales se iban implantando y el norte de América recorría el mismo destino.

En 1884, la Federación de Sindicatos Organizados y Uniones Laborales, junto con los Caballeros del Trabajo, pactaron dar un ultimátum a los patrones de todos los Estados: si al primero de mayo de 1886 no se implantaban las ocho horas de trabajo, automáticamente se declararía el paro en el establecimiento. En aquellos dos años, miles y miles de hombres se organizaron, discutieron y esperaron para finalizar con la idea de gozar de una vida solo para trabajar, buscando dejar de ser unas meras máquinas humanas. Era la hora de vivir y trabajar.

Setecientos treinta día más tarde, el momento de la verdad: por un lado, se llamaron a cinco mil huelgas con trescientos cincuenta mil trabajadores en lucha, por el otro, ciento veinte mil obreros pasaron a gozar de las ocho horas, sin reducción de sueldo. Ya a fin de año, un millón lo disfrutaban. Pese a que aún se mantenían muchos en estado de gran explotación, un paso importante se había logrado. Mientras este proceso ocurría, tuvo lugar una de las más ruines masacres perpetradas contra la clase obrera: la Masacre de Haymarket. Cientos de policías atacaron una reunión –luego de ser recibidos por un bomba, que más tarde se conocería, proveniente de un infiltrado- matando a treinta y ocho personas e hiriendo a más de cien. La persecución policial que se desató contra activistas obreros, dejó muertos en la hoguera a cuatro de ellos, los llamados mártires de Chicago. Es en su honor que a cada 1 de mayo se conoce lo como el Día Internacional del Trabajador.

Las consecuencias de estos actos de resistencia parecen haber sido recogidos por la Primera Asociación Internacional de los Trabajadores –primera gran organización obrera mundial, liderada por Marx-, ya que en 1772 se trasladó su Consejo General a Nueva York, debido al potencial que presentaba este extenso país.

El campo también se levanta

El avance de la industrialización, de los monopolios y de los terratenientes en gran escala, determinó la aparición y unidad de pequeños y medianos propietarios, dando a luz en 1892 al People’s Party –Partido del Pueblo, conocidos como “populistas”-. Fue resultado de la movilización de los sectores agrarios más afectados. Aparecía la necesidad de participación en el parlamento, así los populistas se entregaron a involucrarse activamente va dentro de los sectores campesinos y, también, obreros. La versatilidad se debió a la conformación de un programa amplio que, a fín de cuentas, abogaba por el beneficio de los menos favorecidos. Puntos tales como la reducción de la jornada laboral, mayor participación sindical, apropiación de las tierras de los terratenientes absentistas e impuestos gradual sobre la renta, hicieron al partido del agrado de las masas.

En 1892, convencidos de dar batalla a los demócratas y republicanos, se presentaron a las presidenciales, obteniendo la nada despreciable suma del diez por ciento de los votos.

Pese a no lograr el sueño de convertirse en gobernantes, siguieron no solo predicando y militando por la mejora de la situación general del pueblo, sino también, actuando a su lado en huelgas y mitines.

Cuatro años más tarde de su aparición en las boletas, se preparaban para dar nueva batalla. Esta vez, aliados con el Partido Demócrata, fueron a las urnas a pelear de igual a igual con los republicanos, quienes, para evitar cualquier tipo de inconveniente, gastaron trece veces más en la campaña. Seiscientos mil votos. Solo seiscientos mil votos marcaron la derrota de los populistas-demócratas. De allí en más, se produjo la desintegración del partido, y el fin del proyecto.

Que el clasismo norteamericano haya logrado tener una pujante fuerza hace un siglo atrás, no quiere decir, en absoluto, que lo vuelva a tener ahora o en un futuro cercano. Los tiempos son diferentes, el mundo ha cambiado y las mentes corrompidas por el imperialismo y su basura intelectual.

Sin embargo, en tiempos de apremio tal vez, necesitando buscar en quien reflejarse, este pueblo mire hacia atrás y busque, ya no en “héroes” individualistas ficticios como Rambo o Rocky, sino en anónimos líderes que sin miedo buscaron un mundo mejor.