Crónica de la NO experiencia

En la gigante Nueva York, uno de los deportes más importantes es el béisbol. Las conductas de los hinchas son muy distintas a las de Argentina. Nuestro enviado especial lo cuenta.

Enviado especial a Nueva York

Si existe un deporte que en Argentina no tiene relevancia, o es muy ignorado, es el béisbol. Estando en Nueva York puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que este incomprendido deporte en Argentina, en estas tierras es furor. Basta con ver los seis canales deportivos que pasan a toda hora béisbol regalando, muy de vez en cuando, un regocijante partidito de fútbol. Siguiendo las viejas enseñanzas de mis padres “escudriñarlo todo, retened lo bueno” le quise dar una chance a este deporte, más al espectáculo que al deporte, pero la chance fue dada. Fui a ver al equipo más marketinero del país (y por ende del mundo). Fui a ver a los Yankees.

Al llegar al enorme y colosal “Yankee Stadium”, el contexto se asemejaba un poco, y sólo un poco, al que siento cada vez que voy a ver nuestro querido fútbol. Al llegar a las boleterías ese contexto se fue al carajo: ¡250 dólares las entradas más baratas! La reacción fue instantánea: “Vámonos a la mierda”.

De vuelta al subte para ir al hotel, junto a mi querido hermano y, a la vez, fotógrafo, encontramos lo que jamás pensé que encontraría y lo que, al mismo tiempo, hizo que el contexto volviera a parecerse al de la cancha un domingo cualquiera: la reventa. Sí señores, en la reserva moral del universo hay reventa. Que feo. Obligados a caer en este corrupto e indecente método nos acercamos hacia el hombre de la reventa (dos metros de alto, tres metros de ancho, afroamericano y con esas remeras que llegan a las rodillas). Casi no hizo falta hablar. Nos mostró dos entradas y antes de que nos diéramos cuenta ya se las habíamos comprado. Todo se dio tan rápido que no hubo lugar a la duda, nos hizo sentir que era la mejor chance de nuestras vidas, un tómalo o déjalo que abusó de nuestra ingenuidad.

Así fue como gastamos cincuenta dólares (no lo voy a mencionar nuevamente para sentirme un poco mejor) en una entrada para ver un partido de béisbol. Las dudas fueron lo primero en llegar ¿Y si son falsas? ¿Si tiramos esos dolarucos a la basura por intentar ver un deporte en el que en ningún momento se toca la pelota con los pies?
Entre temor, adrenalina y nerviosismo se pasó el tiempo, a cuenta gotas, y se abrieron las puertas. Un viejo nos pidió los tickets, los pasó por una maquinita un par de veces y con un gesto de concesión nos dejo pasar. Alivio total. Los dólares gastados no habían sido incendiados ni tirados al tacho (hasta entonces).

El estadio era un gran shopping: incontables lugares de comida, negocios de ropa, una quermés, un store del merchandaicing oficial, venta de souvenirs. Todo eso en el anillo del estadio. Realmente impresionante: a donde se miraba había algo para comprar y la gente, obviamente, compraba. Yo sólo me tenté con un juego de la quermés. Consistía en lanzar una bola y si superabas cierta velocidad te ganabas una gorra. Luego de regalar mi dinero, perdí, claro está. Nuestras ubicaciones eran como la mesa de un restaurante que está ubicada al lado del baño. Arriba de todo y en un costadito. Se veía bien, pero era el lugar más choto de todos. Sin lugar a dudas.

Cuando empezó el partido, lo mejor de la tarde había terminado: el vaso de cerveza estaba vacío y no había chance de comprar otro. La cancha (no le voy a decir estadio) estaba en un 80% al empezar el partido. Al rato estaba al tope, casi repleta. El juego había empezado y luego de que un hermano ecuatoriano nos explicara las reglas ya entendíamos, básicamente, en que consistía. No voy a mencionarlas, ya que, me las olvidé y porque, sinceramente, no es relevante. La primera parte fue casi entretenida. Los Yankees empezaron ganando, todos estaban contentos: comían, reían, gritaban, charlaban y volvían a comer. Lo que todavía me cuesta entender es que la gente se levantaba, iba, venia, compraba algo de comer, volvía, se levantaba nuevamente. Completamente extraño. El partido parecía estar en un segundo plano, la gente cenaba y mientras veía el partido. Hablaban y, de vez en cuando, echaban un vistazo. Compraban cosas y de reojo se lamentaban o se alegraban. Decididamente, el partido no parecía ser lo importante al lado de unos nachos con queso.

Los Yankees empezaron ganando y se lo dieron vuelta escandalosamente. Se enfriaron y el partido se les fue de las manos. Cuando comenzaron a perder, la gente se empezó a ir, como si nada, lentamente, como si todo hubiese terminado. En Argentina les hubieran gritado: “Abandonaste, sos un cagón”; “Pecho frío”; “No tenés aguante”. Acá no pasaba nada. Estaba todo bien.

Por lo poco, poquísimo, que entendí, los Yankees jugaron muy mal y se comieron un peludo bárbaro contra Los Ángeles. Para ponerlo en número, perdieron 11 a 2, aunque no sé si es mucho o poco. Parece que fue un papelón. Para ese momento, la cancha estaba, con suerte, en un 30 %. Cuando terminó, oficialmente, el partido ya no quedaba casi nadie. Nosotros dos nos quedamos para tratar de sacarle jugo a esos dólares, pero no se puede sacar agua de las piedras ¡Aburridísimo! Sólo al principio un poquito de emoción, después nada de nada. Duro tres largas y eternas horas. Juro que no hay un sólo momento en el que la emoción se asemeja a un gol, ni siquiera a un penal.

¿Qué en el fútbol argentino se está jugando mal? ¿Qué cada campeonato es más aburrido? Es cierto, pero no nos quejemos tanto, zafamos del flagelo del béisbol ¡Out!

* Timoteo Grancharoff mostró para esta nota todo su talento como fotógrafo aficionado. Las imágenes que aparecen en esta nota son de él. Agradecemos, gentilmente, su participación.