Asco

El 13 de julio, los sectores más conservadores salieron a la calle bajo la consigna de “defender a la familia”. El logo: una mamá, un papá, un hijo. Esa es la familia que reinvidican: la “familia natural”. Lo que saben y no dicen es qué es la familia atípica. Es de conocimiento público y estadístico la merma de casamientos –por civil y mayormente por iglesia- y el enorme aumento –y la casi naturalización- de la familia monoparental. Una señora, manifestante de esta marcha, decía por la tele: “¿Nadie piensa en esos chicos que van a ser adoptados por familias homosexuales?”.

            Ese comentario particular, pero generalizado en cada concurrente de la marcha, devela uno de los problemas fundamentales. No es el matrimonio igualitario. No es la adopción por parte de parejas del mismo sexo. No es la capacidad que tengan de criar hijos.

            El problema somos nosotros como sociedad.

            “Es un problema cultural”, comentaba un viejo sentado en un café en la esquina del Congreso, mientras se votaba la ley. Casi con certeza se puede asegurar que las primeras generaciones de hijos de matrimonios del mismo género van a ser sutil o violentamente discriminados. Pasó con los negros en Estados Unidos, sigue pasando. Es duro convencer a los sectores más conservadores de que somos iguales. Para ellos es más fácil vencer. Pero el eje se está agarrando mal: ¿son ellos, por homosexuales, los que tienen la culpa de querer adoptar, de querer dar amor, de querer criar hijos; o el problema somos todos como sociedad, que resaltamos al diferente, lo aislamos, lo marginamos?

            Creemos que todos nos merecemos una seria autocrítica.