Una puerta a la oscuridad, teatro ciego.

El teatro ciego funciona hace dos años en el centro de la ciudad porteña.  Las obras de teatro que se presentan en la absoluta oscuridad, es iniciativa argentina. Una experiencia para al público arriesgado.

Fue en Santa Fe.

Gerardo Bentatti  salió de la función de “Caramelo de limón” revolucionado. Algo, parecido a una revelación, le había causado ese espectáculo de teatro en el que se había visto envuelto en la completa oscuridad.

En su mente, empezó a esbozar su proyecto. Necesitaba un espacio, un elenco. La técnica que usarían ya la tenía definida: sería la misma que había creado Ricardo Sued, en 1991 en Córdoba, inspirado en las técnicas de meditación en la oscuridad practicadas en templos “Zen” Tibetanos. Sería teatro ciego.

Pero debió esperar. Primero, en 1994, se alistó en el elenco de “Caramelo de limón”, que se estaba presentando en Buenos Aires, y revivió la experiencia está vez arriba de las tablas.

En 2001 se independizó. Formó su propia compañía llamada “Ojcuro”, que estaba compuesta por ocho actores. La mitad no videntes. Un año después estrenaron “La isla desierta” de Roberto Arlt, en el “Teatro el Anfitrión””. El existo no tardo en llegar. Tras reestrenar la obran en la “Fundación Konex”, fue circulando la noticia, corriendo el rumor. Cuando se instaló atrajo multitudes.  Permaneció en cartel hasta junio del 2008.

Pero el proyecto no debía quedar ahí. Las ambiciones eran más grandes y el 9 de julio de ese mismo año, junto a Martín Bondase, alquilaron un espacio propio y pusieron en funcionamiento el primer teatro ciego del mundo.

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Tan sólo a la vuelta del Shopping Abasto, se alza el Centro Argentino de Teatro Ciego. De estilo italiano, con más de 100 años de antigüedad, se destaca del resto por ser uno de los pocos edificios que no ha sufrido modificaciones.

Dentro no sólo se presentan espectáculos. Si no una forma de ver la vida, de disfrutarla.

Por una puerta lateral, se entra a la casa del teatro. Donde se brindan talleres de coro, canto, tango y teatro a ciegas. También de olfato, para alumnos no videntes o con disminución visual, con el fin desarrollar al máximo este sentido y poder trabajar, en un futuro, en empresas cosméticas o alimenticias.

Otras habitaciones son usadas para acoger a docentes o estudiantes internacionales que participen en las actividades del centro. Y es que Argentina es pionera en está nueva técnica de arte, y atrae el ojo de los turistas.

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“La mirada puede ser un arma funesta enjuiciadora”, dice una espectadora de la obra

Ciclo de Música. Y en el salón estaban todos desarmados, indefensos. Al principio puede asustar, quedar solo y sin saber qué es lo que esta por pasar. Pero todos se encuentran en la misma situación, y las voces comienzan a sonar para aliviar esa soledad.

En la oscuridad, los sentidos se agudizan: los olores y sonidos pueden transportar en el tiempo y espacio. A diferencia el teatro convencional, esta propuesta puede apelar al recurso de la memoria del espectador. Al no haber imagen, uno debe rellenar ese espacio. Así, el sonido del mar nos transporta a las vacaciones de verano en Santa Teresita, con nuestros padres, cuando éramos chicos. Ó a Villa Gesell ya de adolescentes. Los personajes tienen rostros conocidos, podemos verlos en nuestras mentes. Al encenderse las luces, el efecto se dispersa: no estás sentado en donde creíste que estabas y los actores no son quienes imaginabas.

Los organizadores siempre recalcan que la idea no es hacer espectáculos usando la ceguera, ya que sería mucho más complejo y doloroso. Ellos trabajan con la oscuridad, que no es lo mismo. Las obras están pensadas para todo público –vidente o no- es por eso que reina la calidez y la comprensión. No es fácil enfrentarse a los fantasmas que surgen al estar sentado frente a uno mismo. Están atentos a que todos estén a gusto y puedan disfrutar de la experiencia.