Un lugar en el mundo

Por Marcia Escudero
La tarde iba tomando ese tono incierto que precede a la noche. Su día había sido agotador; la oficina, el banco, los clientes, el teléfono y… ¡¡Ernesto!!, ese jefe suyo exigente y arrogante para el que siempre, se debería hacer algo más.
Al salir caminó, caminó, caminó sintiendo el aire del incipiente invierno golpeando en su rostro; no importaba,necesitaba depurarse de las 8hs. de encierro.
Después de un rato comenzó a sentir el cansancio de la caminata y decidió sentarse en una plaza cercana a Retiro observando el ir y venir de la ciudad como hacía años no lo hacía. ¡¡¡Cuánta gente!!! Algunos corriendo para alcanzar un colectivo, otros caminando sin ver, como autómatas, seguramente ensimismados en sus problemas; casi nadie lo hacía libremente, por placer; “en fin, pensó, es la vida, la Gran Ciudad… así se vive”.
De pronto comenzó a observar algo que hasta ese momento no había advertido y sí…allí están; van y vienen una y otra vez; se los ve como pequeños manojos en torno, generalmente, a las estaciones de subtes y de trenes; esas criaturas sin hogar, sin edad, sin identidad.
Sus caritas tienen el color de la tierra húmeda y una expresión desenfadada, a veces arrogante; pero sus ojos, profundamente negros, revelan esa tristeza infinita que los acompaña desde que dejaron aquella cuna que, sólo Dios sabe si alguna vez les dió calor.
¿De dónde vienen, dónde está su hogar?; en algunos casos ni ellos lo saben.
Para muchos su hogar es ese banco que, cuando el sueño los vence, los recibe con su dureza y su frialdad brindándoles un momentáneo descanso.
Y cada día son más; y cada día es menos lo que se puede hacer por ellos; y cada día la ciudad pasa más indiferente en medio de esa realidad que, por habitual, por cotidiana va pareciendo casi natural, casi parte del paisaje.
Pero ¿qué serán mañana, en qué se convertirán cuando sean hombres y mujeres que andarán por la vida sin preparación; sin ilusiones ni esperanzas?
¿Quién podrá reprocharles el rencor, el resentimiento que, seguramente anidarán en sus mentes, en sus corazones?
Meditando e hilvanando sueños de un futuro mejor para esos pequeños seres decidió regresar a su casa con el amargo sabor de reconocer que cuando descorremos el telón del involuntario egoísmo en el que estamos inmersos descubrimos una sórdida vida que transita a la par de la nuestra y es entonces cuando la razón se estremece y la conciencia nos sacude por no haber sido capaces, entre todos de encontrar para ellos, un lugar en el mundo.
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