Preguntas a un doctor y sus amigos

Por Fidel Hernández 

¿Cómo se van a alegrar, señores, si la única moral que entienden es la del triunfo a cualquier precio?

¿Cómo se van a emocionar, señores, si ustedes están convencidos de que cuidar la pelota hasta el cansancio es perder el tiempo?

¿Cómo les va a explotar de placer el corazón, señores, si para ustedes las convicciones son simples mercancías?

¿Cómo van a disfrutar, señores, con las construcciones colectivas de bellezas, si para ustedes lo central son los tres puntos?

¿Cómo van a valorar la solidaridad que esconde un pase al pie de un compañero, señores, si ustedes sólo tiran paredes con “el éxito”?

¿Cómo van a entender, señores, la importancia de marcar en zona, si para ustedes la vida es uno mismo y sólo uno mismo?

¿Cómo van a defender la generosidad con el espectáculo, señores, si para ustedes no hay diferencia alguna entre la generosidad y la estupidez?

¿Cómo van a comprender, señores, que nada vale más que la lealtad a los principios, si ustedes los cambiaron hace tiempo por “el discurso de los ganadores”?

¿Cómo van a horrorizarse por las patadas malintencionadas, señores, si para ustedes son un recurso válido en el camino a la victoria?

¿Cómo van a sostener, señores, que el fútbol es, ante todo, un juego, si los juegos no saben de bidones en mal estado?

¿Cómo van a sonreír cada vez que alguien acaricia una pelota, señores, si a ustedes las satisfacciones ajenas les son indiferentes?

¿Cómo van a hallar, señores, justicias que justifiquen la condición humana en una cancha, si para ustedes la alegría es un bien para pocos?

¿Cómo van a sentir propia cualquier injusticia cometida en cualquier rincón de un estadio, señores, si ustedes sólo aparecen en las buenas?

¿Cómo va a cautivarlos, señores, el misterio de una gambeta, si ustedes pinchan los sueños con alfileres?

¿Cómo van a ejercer lealtades con compañeros y rivales, señores, si para ustedes el pasto de las áreas respira mezquindades?

¿Cómo van a encontrar, señores, libertades en los laterales, si ustedes al miedo a perder le dan el manejo del mediocampo?

¿Cómo van a opinar ahora, señores, si después del partido del debut dijeron que a los rojos les pesaba la historia?

¿Cómo van a declarar ahora, señores, si al terminar la primera ronda hablaron de monotonía y de falta de cambio de ritmo?

¿Cómo van a llenar ahora nuevas horas de pantalla, señores, si en cada contragolpe portugués se les caía la baba recordando la “noche épica del Nou Camp”?

¿Cómo van a sentenciar verdades ahora, señores, si le rezaron a todos sus dioses para que entrara el penal paraguayo y pudieran, así, criticar descuidos defensivos por atacar “desenfrenadamente”?

¿Cómo van a explicarnos ahora el mundo, señores, si los poetas dieron clase contra Alemania y convencieron a multitudes de escépticos de que el fútbol es una excusa para ser felices?

¿Cómo van a ser ahora, señores, mesías del “fundamentalismo de la garra”, si ni la tenacidad ni la brutalidad holandesa pudieron frenar el infinito intento de poner la pelota, una y otra vez, contra el piso?

¿Cómo van a dejar de ser oportunistas ahora, señores, si siempre se colgaron de títulos ajenos para mantenerse en la vidriera?

¿No será hora, señores, de que por una vez, aunque sea sólo por una vez, admitan que la victoria española, como ejemplo de tantas otras que para ustedes no cuentan, les pertenece a los que pelean por un fútbol de justicias y convicciones profundas?