Música a colaboración

Por la moneda para seguir tirando, por hobbie, para darse a conocer, por felicidad, o por todo eso junto, cientos de músicos aprovechan un pedacito de espacio público de Buenos Aires para compartir su pasión, sus emociones, sus ideologías y alivianar las tensiones de sus efímeros espectadores

Miércoles, 17 horas

La calle aturde y apura a sus transeúntes. En la calle Florida, un montón de personas se apila antes de cruzar Sarmiento. Pero apenas el primer valiente da un paso, sin importar el color del semáforo, la masa avanza y los autos paran obligadamente.

Sobre el pavimento, algo en el clima cambia. El bullicio se calma y da lugar al ritmo de tango. Una línea peatonal más allá, aparece un bandoneón. Otra más y se suman al ensamble un bajo, un violín y una percusión que marca el ritmo.

En la vereda, justo al lado de una lona con remeras de la selección, cuidándose de no pisarla, diez seres se humanizaron, vencieron la rutina y se detuvieron a escuchar a una banda de mendocinos cuyos tangos fusionados con jazz los trajeron al centro porteño: El método. Aprovechan la ocasión para vender su disco y aseguran: “Tocar en la calle tiene otra onda”.

 Más adelante, un tanguero clásico. Con sus negros pantalones y saco, oscuro pañuelo y zapatos y su flor de vozarrón se hizo un lugar en el medio de la vereda, ahí donde no hay gente yendo ni viniendo. Concentradísimo en su guitarra, inspirado por Carlos “El zorzal” Gardel, Aníbal Troglio, Roberto Goyeneche y no mucho más, casi no da tiempo al suspiro entre canción y milonga. Algunos se acercan a darle su colaboración; otros sonríen; los más siguen de largo.

Unos metros más delante de donde se desvanece la voz del tanguero anónimo, aparece la de un hombre cantando baladas a capela. Apoyado sobre las rejas de un local cerrado, apretando por el frío sus curtidas manos, cuenta: “Canto por la moneda, pero me conformo con una mirada de agradecimiento”. Aunque aclara que, por sobre todo, se divierte.

Llegada la avenida Corrientes, un gran caudal de gente dobla para tomarse la línea B del subte. Baja las escaleras, paga, pasa el molinete, baja otras escaleras, espera, entra en un vagón, se sienta, mira el piso y, de pronto, un chico empieza a cantar el himno. Antes de llegar a la siguiente estación, pide un fuerte aplauso, estira el brazo, sube la palma de la mano y se acerca a cada uno de los asientos. Busca el pan y la leche para sus hermanos. Estación Los Incas marca el fin del recorrido. La multitud se dispersó y el furgón quedó vacío.

Domingo, 17 horas

Sobre Vicente López, caminando desde Uriburu hacia Junín, se pasa del horrible andar al costado de un edifico en construcción, al descontracturante gesto de un mimo saludando a un colectivero. Doblando a la izquierda, el contraste se da entre la pared de ladrillos del Cementerio de la Recoleta y la vitalizadota música de Aqualactica, “un mar de energía que se hace sentir entre sus oyentes”. Un padre con sus tres hijos. Un contrabajo y tres violines. Todos construidos en el taller de Gastón Urbanski, ejecutados por él, Risco, Jaspe y Nagual. “Empezamos tocando en un cumpleaños, nos contrataron y no paramos más de laburar. Llegamos acá porque es difícil trabajar de músico y este es uno de los caminos posibles para insertarse”.

Pasando el Centro Cultural Recoleta, Ariel Salvatierra, sentado en su silla de ruedas cerca de una mesa donde tiene apoyados sus CDs De Catán al Mundo, sus tarjetas personales, sus armónicas y un reproductor de música con canciones que le sirven de base para improvisar. Trabaja ahí, en Cabildo y Juramento, en Acoyte y Rivadavia, en plazas de Ramos Mejía y de su González Catán oriundo. Vive de eso, pero asegura: “me alegra cuando se paran a escucharme porque significa que les llegué”.

Un himno, una balada, un jazz, un tango en la calle que, como un árbol, llenan de oxígeno, descomprimen y dan fuerzas para seguir la rutina.