Libertades que encierran

Dos pibes trompeándose por un celular y el capitalismo, rencoroso, acababa de tener un orgasmo ante mis ojos. Los pasajes de avión decían que al otro día viajaría a Cuba. “Mi sueño es viajar a Buenos Aires”, me dijo en la isla una nena. Y enseguida recordé a los jóvenes peleándose por un teléfono. ¿Cómo explicarle que hay “libertades” que encierran?

En mi borracho recuerdo de la navidad del 2009 se me aparece Jacobo Winograd, apenas menos gordo que Papá Noel pero igual de roja su piel (producto de su natural exaltación), y con una (su) frase de regalo: “Billetera mata galán, pibe”.

Esta vez fue la ventanilla el monitor que lo mostró risueño por la escena que me rodeaba: dos pibes trompeándose por un celular.

Jacobo lanzó la frase como conclusión o explicación o vaya uno a saber qué de esa pelea; luego me enteraría que así saca conclusiones o explica todo y a todos.

(Entendí que- así-lo-entiende cuando aceleró su coupé negra.

Entendí también que su frase no es más que la conclusión o explicación o vaya uno a saber qué de su propio fracaso).

Recuerdo que su argentinidad me empalagó.

Los pasajes de avión decían que al otro día, el 26, viajaría a Cuba.

Y el capitalismo, rencoroso, acababa de tener un orgasmo.

El 2010 me encontró atragantado de arroz con frijoles y bebiendo ron (en otro intento decadente y típico del viajero de atragantarse, también, con las costumbres) en casa de una familia cubana: la madre, soltera y sin rastros de su marido (moda que no ha podido filtrar el socialismo), y sus dos hijas adolescentes.

Recuerdo el humor de la madrona, su amabilidad y gracia alimentadas por el acento rítmico; recuerdo a la más chica de las hijas desinflándose en preguntas sobre Internet y la Argentina (en ese orden de interés).

Mi sueño es viajar a Buenos Aires, me dijo.

Y enseguida recordé a los jóvenes trompeándose por un celular.

¿Cómo explicarle que hay “libertades” que encierran?

Un taxi me lleva hasta el Malecón, la rambla cubana.

Voy al lado de dos personas que no conozco, y no estoy siendo secuestrado: los taxis comunales abundan en Cuba, esto es, transportes dudosamente habilitados que llevan a quien los pare y pague. También hay colectivos que atraviesan las avenidas más gruesas.

¿Cuánto es?

El taxista pone a prueba mi audacia en el cambio: 20 Pesos cubanos.

Pero en mi billetera no existe tal cosa.

Luego entendería el enroscado mundo monetario:

En Cuba circulan dos monedas: el Peso cubano y los convertibles, también llamados CUC. Un convertible equivale a 25 Pesos cubanos o 1,20 euro.

Un doctor especializado recibido en la Universidad pública cobra alrededor de 500 Pesos cubanos.

Es decir: 20 dólares por mes.

Esta equivalencia, digámoslo, carece de sentido para un cubano que compra leche por menos de 40 centavos argentinos.

Pero es ilustrativa de un bloqueo económico que no ha logrado bloquear las tentaciones de ese otro mundo, el capitalista, (que aísla a la isla) donde vivir es vivir con las zapatillas último modelo.

Viajaba al Malecón, entonces.

La feria que orilla el mar ofrece fotos del Che, instrumentos típicos, colgantes del Che, la bandera cubana, dibujos del Che, libros, libros del Che, sombreros, sombreros del Che…

(Llegará el triste día en que Nike saque su línea de productos revolucionarios).

Los precios están en convertibles y caros.

(Un cubano que vive del turismo equivale, en este otro mundo anormal, a un gerente de Windows).

Por eso hasta el rap se filtra entre estos turistas y sus pesos convertibles:

*Tito La Escuela tiene apenas 14 años y se clama “disidente”, pero aclara que su nombre artístico refiere a la escuela misma, dicho por él, “si hay algo para destacar en Cuba es la educación”. Tito me increpó en un sector del Malecón que unos músicos ocupan cada domingo para mostrarse y venderse. Le compré un CD un poco por su insistencia y otro poco por la audaz estrategia de marketing que el socialista Tito concluyó en la frase: “Soy el futuro del rap cubano”.

Tito quizá represente ese tiro por la culata del gobierno cubano: jóvenes que por tempranamente educados son maduros y críticos.

(No sé si fue un logro menemista o qué pero a su edad aún me contentaban los Power Rangers).

La Habana parece estar siendo escrita a cada momento.

En el mismo pasaje de Tito, a unos metros, unos morenos ensayan una batucada; el público es turista y capitalista y rubio. Entre esa multitud, un viejo aplaude tontamente al ritmo del son.

Mirá, boludo, ¡es Portal!

 

Era Raúl Portal.

(Sí, el de los animales).

En La Habana.

En un callejón.

Escuchando rap.

(Sí, el de los animales).

A otro costado, unos artistas plásticos exhiben sus obras.

Una me llama la atención: es un cuadro que muestra veces varias la misma imagen, en diferentes técnicas y colores: es un hombre llevándose el índice a la boca, en señal de silencio.

La galería en-la-que-está el artista en-la-que-está la obra es coordinada por el gobierno nacional cubano, quien exige la rotación permanente de los expositores, para ofrecer matices y variedades.

Aquí, hoy, en este boulevard devenido en galería, un cubano pinta la censura. La pinta llevándose un dedo índice a la boca.

Y la vende gracias al gobierno.

Galeano también repudió esa censura en su artículo Cuba duele, donde escribe:

“Quizá la omnipotencia del Estado no sea la respuesta a la omnipotencia del mercado”.

También sugirió que aquella revolución del 59 proyectó una Cuba diferente.
Pero el presente siempre le debe algo al futuro.

Y quizá al clamar una “revolución” debiéramos contemplar ese descontento futuro: es parte de su sentido utópico, idealizado, imposible.

Mientras tanto, no tener el estómago vacío es un gran punto de partida.