La realidad sin chamuyo

El Centro Educativo Isauro Arancibia alberga a más de cien chicos que viven en la calle. Desde 2008 el gobierno porteño acordó otorgarle a la institución un lugar para evitar que los alumnos deambulen por distintos establecimientos. Dos años después, la exclusión se agranda cuando las promesas macristas, aún son promesas.

El colchón de baldosas, la frazada raída. Las naricitas frías, los cuerpitos acurrucados. El frío, el hambre. El llanto, la enfermedad. Eso es la situación de calle: los grandes, los chicos. Los sin pasado, los sin presente, los futuros negados. Los invisibles, los ignorados. Por ellos, por esta ineludible y dolorosa realidad existe el Centro Educativo Isauro Arancibia que se ocupa de dictar el primario a chicos y chicas que duermen a la intemperie, en ranchadas, con sus familias o solos. Su directora Susana Reyes se lamenta: “En un mundo justo no debería existir esta escuela, por la función que tiene, pero, por otro lado, adaptado al contexto existente, es un ejemplo de educación”.

Ladrillo a ladrillo

En 1998, la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) sintió necesario formar un instituto educativo para las trabajadoras sexuales de la Asociación de Meretrices Argentinas (Ammar) y convocaron a la docente Susana Reyes para coordinarlo. Esa fue la semilla de lo que es hoy el Arancibia. “Las chicas, que trabajaban en las calles de Constitución, me empezaron a decir: ‘che, Susana, hay un montón de pibes que duermen en la calle y nunca fueron a una escuela’. Ahí empezamos a traerlos”, cuenta Susana. Así llegaron los chicos. Los primeros de la mano de las trabajadoras de Ammar y de las caminatas de Susana por Constitución; los que siguieron venían solos, “por el boca a boca”.

Desde su fundación no dejaron de crecer, aunque nunca tuvieron un lugar propio. Las primeras aulas las cedió la CTA de Capital Federal, en Independencia al 800, pero la central necesitaba las instalaciones. Hoy los aloja la Unión Obrera de Construcción de la República Argentina (Uocra), en su edificio de Humberto Primo 2260. “Acá no podemos estar más”, asegura Susana y detalla: “Teníamos un comedor que lo tiraron abajo, ahora comemos en los pasillos”. El ex ministro de Educación porteño Mariano Narodowsky, les prometió en 2008 la esperada sede propia. Todo lo pactado se esfumó con el tiempo. La escuela sigue esperando, el Gobierno sigue prometiendo. “Nos dijeron que antes de fin de año la íbamos a tener”, comenta Susana, y agrega: “Yo no creo. Lo cierto es que estamos acá y todavía no firmamos nada”.

La nueva sede existe y está en Manuel García 370. Mientras en la Uocra los 120 chicos se amontonan en los pasillos, la instalación prometida por el gobierno porteño se llena de vacío, de desuso. A medida que pasan los días, Susana descree más de las promesas. Actualmente, el futuro edificio está siendo desmantelado: ya se llevaron las estufas de tiro balanceado y las puertas interiores. ¿Lo estarán preparando para otorgarlo a fin de año? “Yo no creo”, repite Susana. “No solo pedimos en el Ministerio de Educación: vamos a la Legislatura, a la Defensoría del Pueblo. Todos los legisladores ya conocen a la Isauro”, menciona su directora, que nunca bajó los brazos y quien tiene muy segura su estrategia: “No damos tregua”.

“Usted nunca va a ser maestra”

Susana Reyes siempre supo que su vida era la educación. Desde muy chica, mientras cursaba 4to año en la Normal 9 de Corrientes y Callao, iba a alfabetizar gente de la zona, como parte de su militancia en la Juventud Peronista. Cuando terminó el secundario en 1977 empezó el profesorado en el Mariano Acosta. No pudo terminarlo, no la dejaron. Ese mismo año, en pleno embarazo, Susana y su compañero Osvaldo fueron secuestrados y torturados en el centro clandestino El Vesubio. Ella y su hijo Juan Pablo salieron del cautiverio a los tres meses. De Osvaldo se encontraron los restos hace un año.

Después de su liberación, Susana retomó los estudios. Aunque ya no era la misma, no podía serlo. “Cuando yo veía pibes en la calle, me veía a mí, en los meses que estuve detenida: el estar en una cucha tirada y que nadie vea”, dice emocionada y explica: “Veía mucho paralelismo entre las dos cosas: entre los pibes, que son desaparecidos, que nadie los ve ni nadie hace nada de nada y los compañeros, que quedaron allá. Eso me impulsó un poco más, con más fuerza”.

En los días de oscuridad en que Susana terminaba la carrera, una ley represora afirmaba que una madre soltera no podía ser docente. “Me veo ahora en esta escuela y me acuerdo de una frase que jamás olvidaré de una de mis profesoras: ‘Reyes, usted nunca va a ser maestra’”, recuerda risueña.

Amar el trabajo, querer el colegio

 

A las nueve arrancan las clases. En la entrada de la sede de la Uocra, en el transcurso de la mañana se mezclan chicos y empleados del sindicato. “Los chicos te vienen a cualquier hora”, explica Susana con una inexplicable sonrisa de satisfacción que no tarda en aclarar: “Nosotros estamos felices de que vengan. En una escuela común un pibe llega tarde y le dicen: ¿qué hace usted acá? Sinvergüenza, váyase. Nosotros no, si vinieron y tienen un ratito vamos a hacer algo”. La Isauro Arancibia no es una escuela común, los chicos van porque quieren.

La escuela funciona a partir del tercer piso, donde en una improvisada sala de maestros, bien apretados, a veces cinco, a veces diez, a veces quince docentes llenan sus planillas y preparan sus clases. Por las escaleras, cada tanto, suben o bajan algunos chicos. Susana los mira, los saluda, les sonríe y susurra, con la sonrisa que vira a amargura: “Vienen pibes que ya sus padres vivieron en la calle y algunos hasta sus abuelos. Hoy tuvimos que llevar a uno de los chicos al hospital por neumonía”.

En los pasillos del tercer piso hay cuatro sillas y una mesa. Allí comen. Al fondo, dos baños: de varón y de mujer, ambos clausurados. Marcelo, el operador de la escuela, no se cansa de caminarlos. Él es un egresado del Isauro que llegó en 2003 para hacer un repaso del nivel escolar. Marcelo, su esposa y su hija vivían en la calle. Desde que terminó de cursar nunca perdió contacto con la escuela. “Yo la veo como una familia grande, las puertas están abiertas para cualquier persona”. Un día le comentaron que buscaban a alguien que entienda los códigos de calle, que haga de nexo entre los chicos y los maestros. “Soy el vínculo de todos los días”, explica y agrega: “Los chicos vienen y me dicen profe y me siento mejor que me traten así. Ellos piden hablar conmigo y yo traspaso sus preocupaciones al grupo pedagógico”. Marcelo va a trabajar a la escuela todos los días en moto, desde Laferrere. “Estoy muy contento de hacer este laburo”.

En el quinto piso está el jardín, que contrasta con la monotonía de los pasillos del edificio. Adentro hay color, carteles, felicidad. Los más chiquititos se divierten con arena, ríen, lloran, ríen otra vez. Las dos seños que los entretienen no usan delantal. “Si queremos lo podemos tener –cuentan- pero al usarlo estás poniendo distancia, te estás poniendo el disfraz. Cuando no usás ese atuendo que te identifica tenés que tener más presente lo que sos”. Susana afirma sobre este aspecto: “Nosotros creemos que es mejor tener una actitud ética y no moralizante, porque acá nadie va a juzgar a nadie” y agrega: “Acá todos venimos de distintos orígenes, por eso creemos en que no debe haber una educación rígida sino una educación intercultural”.

Los chicos siguen tirando arena, de un tarrito al otro. No tienen una edad homogénea, tres meses, dos años, tres, cuatro. “Acá puede venir cualquier chico –asegura Ceci, una de las seños- tenemos un caso particular de una nenita que va a cumplir ocho años y nunca tuvo escolaridad previa y está en la calle viviendo con el padre. Como la nena nunca fue a la escuela, el año pasado hizo mitad de año acá en el jardín. Era una nena grande y nunca había jugado: ni con una casita, con una muñeca”. “Son las cosas que te desbordan cuando llegás a la mañana”, concluye.

El fin y vuelta a empezar

 

Los fines de año, todas las divisiones se van a Embalse, Córdoba. El Estado les provee hoteles que los alojan y les dan de comer gratis. Para financiar los viajes los chicos organizan festivales donde muestran sus producciones en los talleres de radio, plástica, revista –donde editan “La realidad sin chamuyo”, escrita por los pibes-, computación, teatro, hip-hop, historieta, video, electricidad y artesanías. La forma siempre la encuentran y Susana acompaña todos los viajes. “Yo me voy siempre. Es difícil cuando volvemos, separarnos después de haber convivido en un hotel y estar juntos todos los días, desayunar, ir a jugar, y de pronto llegar acá y saber a dónde me voy yo y a dónde se van ellos. Es duro”.