La cultura y el arte en la perspectiva antropológica

Lic. Mónica Tacca

La noción de cultura ha sido largamente debatida, en la antropología, desde sus inicios en el siglo XIX. Si bien las discusiones enfatizaron distintos aspectos de la vida social, podría decirse que la argumentación, en general, definía  la cultura en un sentido amplio que incluía  los aspectos materiales y simbólicos como parte de un mismo conjunto coherente. Es por ello, que encontraban que las culturas diferentes lo eran desde lo económico, lo político, lo simbólico y lo social. Con el correr del tiempo las distintas corrientes teóricas, ya en el siglo XX, reformularon  la noción clásica  tratando de explicar no sólo la especificidad de cada una, sino también la dinámica y la  plasticidad de los sistemas simbólicos. La paradoja de tanta diversidad de costumbres, de formas de producir los alimentos, de casarse y de morir, de criar los hijos, de maldecir o de orar, se superaba con la idea de que había “universales” de la cultura, los que atravesaban todas las formas organizativas humanas más allá de las particularidades. Esta manera de ver y analizar las culturas, especialmente las que denominaron “primitivas”, tenía una vieja deuda con la concepción dualista del  Iluminismo (S. XVIII) que consideraba que la civilización se reflejaba en el progreso material y que la cultura en cambio, representaba los avances en la moral, en el arte, en el pensamiento abstracto y filosófico, en suma, resumiría lo que hoy caracterizaríamos como los aspectos simbólicos del proceso cultural.

El debate contemporáneo planteó la necesidad de articular los procesos de producción material y simbólico analizando las prácticas sociales que conllevan y que producen heterogeneidad aún en las sociedades que originariamente no estaban organizadas en clases. Una de las consecuencias más interesantes de estos nuevos enfoques consiste en cuestionar el concepto del arte como específico de la civilización y de las artesanías como propias de las sociedades consideradas simples y menos evolucionadas. En este sentido, la mirada antropológica más crítica de las tradiciones clásicas, impulsa el estudio de las prácticas materiales y simbólicas que configuran el conjunto de las representaciones sociales. Separar los objetos de los sujetos que los producen, reduce y simplifica el proceso cultural por un lado, y por el otro, la dinámica que se establece entre el proceso material y la producción de sentido no es unilateral ni ahistórica. Esto quiere decir que la valoración de determinados objetos o prácticas que se definen como arte o artística no es absoluta ni universal. Es más, lo que una época puede considerar mamarracho otra lo puede idolatrar. Por ello, acordamos con Bourdieu, cuando advertía que lo que se reconocía como distinción y buen gusto era parte de la hegemonía de la clase dominante. Percibir el arte y la cultura como sistemas cerrados y coherentes mutuamente, no permite captar las diversas lógicas que atraviesan las sociedades contemporáneas, pero sobre todo, las nuestras (Latinoamérica), en las que la dominación colonial y la imposición del capitalismo dieron como resultado países que se vieron obligados a recrear un lenguaje y unas representaciones que ya no responden a los estereotipos europeos.

El desafío del presente sería, entonces, que la divulgación del arte superara al viejo Iluminismo en nuestro vapuleado siglo XXI.