Fuegos olímpicos

“Qué vivan los estudiantes / jardín de nuestra alegría / Son aves que no se asustan de animal ni policía / y no le asustan las balas ni el ladrar de la jauría / Caramba y zamba la cosa, qué viva la astronomía”.

Violeta Parra

“No más información”, fue la orden que salió de la oficina de prensa de la Presidencia. Eran las últimas horas del 2 de octubre de 1968 y faltaban diez días para el inicio de los Juegos Olímpicos en la ciudad de México. Al amanecer, la televisión y los diarios daban como noticia principal el estado del tiempo. Los periódicos El Día, Excélsior, El Nacional, El Sol de México, El Heraldo, La Prensa, La Afición, El Universal, Novedades y Ovaciones desinformaban sobre lo que había ocurrido en una asamblea de estudiantes en la Plaza de la Tres Culturas, en el barrio de Tlatelolco. “Recio combate al Dispersar el Ejército un mitin de Huelguistas. 20 Muertos, 75 Heridos, 400 Presos”, titulaba Excélsior. Los Juegos se acercaban y el clima en México era inestable. Las manifestaciones estudiantiles se desperdigaban por el país. El clima era inestable y no se podía empañar el “espíritu olímpico”. Pero la prensa internacional confirmaba la masacre. Más de 325 personas, según informó el diario inglés The Guardian, habían muerto y otras permanecían desaparecidas. La matanza de Tlatelolco era un hecho, ya no se olvidaría.

Para el periodista inglés John Hoberman, autor del libro The Olympic Crisis: Sports, Politics and the Moral Order, fue “el peor crimen en la historia de los Juegos Olímpicos cometido por el gobierno mexicano para garantizar la paz olímpica”. El 2 de octubre del ´68, 10.000 estudiantes, maestros, trabajadores, niños y ancianos protagonizaban una manifestación por la huelga estudiantil que comprendió 146 días de aquel año.  Ya no eran solamente universitarios. Había pasado en el Distrito Federal el multitudinario sonido de 250.000 personas en la Marcha del Silencio. Todos con la boca amordazada para evitar la represión policial. “Estos son los agitadores: ignorancia, hambre y miseria”, rezaba una manta. Las protestas llevaban más de tres meses. El autoritarismo, la corrupción, la represión, el delito de “disolución social”, de expresión y de reunión, eran los principales puntos de la lucha. Las universidades estaban minadas de militares. México se encontraba bajo el orden del presidente Gustavo Díaz Ordaz, que hacía gala de su mano dura y su poder sin límites.

El 2 de octubre de 1968, policías, soldados del Ejército y una fuerza especial paramilitar –el Batallón Olimpia- se dirigieron a la Plaza de la Tres Culturas. El Batallón Olimpia, de civil, se infiltró entre los estudiantes. Sus miembros se distinguían porque llevaban un guante blanco o pañuelo en una de sus manos. Rodearon la zona. Los fuegos de bengala de color verde arrojados desde un helicóptero dieron la señal. Ya estaba anocheciendo. Los tanques también estaban presentes en las calles de Tlatelolco. Una terrible balacera comenzó. Duró una hora y media y arrojó unos 15 mil proyectiles contra las personas. Los disparos provenían de los techos del complejo habitacional Chihuahua, que rodeaba la explanada de la plaza. Eran francotiradores. Era el Batallón Olimpia, los del guante blanco, un ejército dentro del Ejército. Había casi un militar por persona. Los cuerpos quedaron tendidos y la sangre se desparramaba. Las persecuciones resultaron la escena final de la noche, entre esporádicos estruendos. Algunos detenidos fueron torturados dentro de los edificios. Al la salida del sol, mientras unos sacaban cuerpos en camiones de basura, otros barrían y limpiaban la plaza. Hoy, todavía no se sabe el número exacto de muertos, y recién en 1993 la Secretaría de Defensa Nacional reconoció la participación del Batallón. Además, en 2003, documentos desclasificados aseveraron el apoyo de la CIA, el Pentágono y la Casa Blanca en las operaciones de Tlatelolco.

El 3 de octubre del ´68, un día después, el Senado emitió una declaración sobre los hechos y los justificó. En los diarios se culpaba a los estudiantes y se los tildaba de “terroristas” y de estar bajo las órdenes del comunismo internacional. Informar era sabotear los Juegos. Las primeras Olimpiadas en América Latina debían mostrar a un México que salía del Tercer Mundo y que crecía bajo el apoyo de los Estados Unidos. El supuesto avance económico, la opulencia de los estadios y la Villa Olímpica, todo lo justificaba. Los campesinos empobrecidos y los millares de indígenas, todo lo espantaba. Pero la voz de los jóvenes por aquellos tiempos se hacía fuerte, no sólo en México, sino en el mundo.

+++Para una buena cantidad de historiadores, 1968 fue un parteaguas en la historia del siglo XX. Los jóvenes estudiantes soñaban con cambiar, aunque sea, un pedacito del mundo. El Mayo francés y el clima de alegría que se respiraba en las calles de Paris tomadas por universitarios y obreros. El movimiento hippie y su no a la guerra de Vietnam. La liberación sexual y el feminismo en los EEUU. El avance de los tanques soviéticos y la Primavera de Praga reclamando libertad bajo un juvenil baño de esperanza. Las diferentes revueltas en España y Polonia. Biafra y la guerra civil en Nigeria. El homicidio del senador estadounidense Robert Kennedy. La reivindicación del pueblo negro y el asesinato de Martin Luther King, el líder de la revolución pacífica. La efervescencia de 1968 no aceptaba ningún tipo de cenit. Y entre todo esto, los Juegos Olímpicos.

¿Qué diría el Comité Olímpico Internacional de la masacre que se había perpetrado en Tlatelolco? El COI llevó a cabo una rápida reunión y el show continuó. Su presidente, el estadounidense Avery Brundage, precisó que el Olimpismo debía mantenerse “al margen de la política”. “Los Juegos Olímpicos son para atletas, no para políticos”, repetía. Sin embargo, el 27 de setiembre, días antes de Tlatelolco, Brundage declaró en Chicago que el presidente de México le había garantizado que los Juegos procederían con total normalidad.  Brundage, un millonario constructor con relaciones en el deporte, había sido jefe olímpico de los Estados Unidos en los Juegos de Berlín 1936. Él mismo envió a los atletas estadounidenses a la Alemania nazi de Hitler en un clima de boicot internacional y afirmaba que los Juegos de Berlín buscaban ser politizados y cuestionados sólo por “judíos” y “comunistas”. Además, defendió y apoyó esa sede al mismo tiempo que gestionaba negocios privados con el nazismo. Según un artículo publicado por el diario The New York Times en 1998, uno de los acuerdos fue la construcción de la embajada alemana en Washington. El COI obvió y minimizó los hechos de Tlatelolco. Las inversiones millonarias en infraestructura deportiva y organización no podían ser dejadas de lado. “La ciudad de México es una enorme metrópoli de seis millones de habitantes y ninguna de las demostraciones o escenas de violencia producidas aquí en momento alguno han tenido relación con los Juegos Olímpicos”, aseguró Brundage en una conferencia al día siguiente de la masacre.

Peleados con el destino, los Juegos de México remiten hoy a una imagen mundial imborrable. Una vez terminada la carrera final de los 200 metros, los atletas negros estadounidenses Tommie Smith y John Carlos subieron al podio y elevaron uno de sus puños cubierto con un guante negro simbolizando el Black Power, el poder negro. La segregación racial recibía su golpe más digno y el deporte abría el corazón. Horas más tarde fueron expulsados de por vida de los Juegos y sus destinos cambiarían para siempre. Esa demostración, según comentó Daniel Cohn-Bendit, Dany el Rojo, el líder de las revueltas del Mayo parisino, “fue una de las más bellas de ese siglo. Por primera vez desde la creación de la televisión, dos atletas se adueñaron pacíficamente de la imaginación de los hombres del mundo entero. Por primeras vez hombres y mujeres fueron obligados a sentir otra emoción, diferente de la que estaba programada”.

Tlatelolco fue para los Juegos de México un pequeño escollo a superar, algo molesto, pero no decisivo. Las demandas sociales, la transformación, la paz y la libertad fueron archivadas. El 12 de octubre se inauguraron los XIX Juegos Olímpicos en el Estadio Universitario, con una suelta de palomas de la paz y 21 tiros de cañón. Esta vez no se les cruzaron en el camino, como en la Plaza de las Tres Culturas, como en Tlatelolco.