“Usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado”

La represión de la Revolución Libertadora se materializa en la primera entrega de Crónicas de fusilamientos. Todo el peso del anti peronismo para darle muerte al General Valle. La historia, la política y sus propias reflexiones antes de enfrentarse a su inexorable final.
Las mandíbulas le latían a la velocidad del sufrimiento y las bocanadas de humo blanco, espeso y vaporoso le salían al ritmo de ese escandaloso frío de junio. Las calles de Palermo respiraban un seco gusto a terror. El General Juan José Valle, acusado de sublevarse al gobierno de turno, miraba un papel y, con oficio de cirujano, medía cada una de las palabras que iba escribiendo. Sabía que iba a ser fusilado.
Ya sentía la historia que el horrible olor de los basureros de José León Suárez había descubierto, aromas tenazmente más desagradables. Ya lo sentía porque en esos lugares ya existía la Operación Masacre que años más tarde narraría Rodolfo Walsh, porque la dupla dictatorial de Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas llevaba tiempo planeando la evaporación del peronismo y porque ese 9 de junio de 1956, tres días antes de la detención de Valle, la muerte ya estaba firmada por el presidente. La ley marcaba: veintisiete militantes serían fusilados.
Uno era él.
– Dentro de un par de horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado- decía un texto con síntomas de borrador y con aires de comienzo, que tendría como destinatario al presidente.
El frío del sexto piso de la vieja cárcel de Las Heras congelaba unas tristes gotas de sudor que acomplejaban el recorrido de la tinta en la hoja. Valle frotaba sus manos engrasadas e inspiraba con fuerza tratando de ignorar el polvo y el helado oxígeno de la celda. Estar en la cárcel lo hacía reflexionar sobre cada uno de los pasos que había hecho en su rebelión para mantener con vida al peronismo. “Debo a mi patria la declaración fidedigna de los acontecimientos”, escribió pensando en que algún día esas páginas estarían amarillas y gastadas. Ahí descansaría su historia, y ahí explicaría que todo era una farsa, que él no estaba allí simplemente por haber conspirado contra el gobierno de turno, y que todo, todo, había estado planeado.
Recordaba minuto a minuto cada una de las decisiones del gobierno de facto de Aramburu y llenaba sus mandíbulas de ira. La intervención de la CGT, la prohibición de Perón, la represión planificada hacia el peronismo y el enamoramiento constante por la resistencia peronista, que él entendía como un enorme suceso en la historia, se mezclaban en cada una de las razones que esa carta expresaba: “Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo”. Su furia latía intacta y el frío se le volvía imperceptible en el paso de los minutos, cada una de sus letras iban a guardarse en el corazón de la historia misma. Desde allí, sería juzgado.
Las palabras pasaban por ese manuscrito que se volvería testimonio y la cabeza de Valle iba frotándose en la idea que el historiador Norberto Galasso explicaría años después: Aramburu sabía desde antes que la rebelión armada por el general Valle, en conjunto con el general Raúl Tanco, iba a suceder y que esa sería una gran razón para mandarlos a fusilar. “Espero que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre”.
Respiraba un humo turbio que mezclaba el olor dulce del tabaco con el pánico de ese frío húmedo. Ya sabía de su muerte, ya sabía casi todo lo que iba a pasar, pero todavía no se sentía golpeado. Su cabeza sólo funcionaba para dejar constancias en esa carta, y carecía de tiempos como para pedir o esperar milagros. La ley marcial, todavía, no había cesado.
Llevaba días sin afeitarse y sus mejillas raspaban con lo duro de una barba de pocos días que mezclaban transpiración y suciedad. El sexto piso se llenaba de incógnitas cuando desde su celda se escuchaban disparos y gritos. Imaginaba la muerte, solitaria y sombría, de sus compañeros y ya extrañaba el cariño profundo de su hija y de su mujer.
Las 22.20 fue la hora señalada. Escuchaba las voces de un pelotón de soldados que esperaban ansiosos el momento en que dieran la orden. Sus ojos miraban de cara a la historia e imaginaban los colores del futuro. Ya su cabeza no transpiraba tanto ni sus mandíbulas latían con desesperación. Ya se había despedido y sus palabras, a la hora del disparo, ya eran eternas:
“Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.”