Reflejo

Querido sujeto:

¡Cuánto quisiera yo saber su nombre en este momento! Ahora que ya lo conozco casi enterito, cuánto quisiera yo poder nombrarlo y que esta carta no le resultara tan… ¡ajena! eso, ajena es la palabra. Va a tener que disculparme, tal vez pensará que soy una entrometida. Una chusma como se dice vulgarmente. Pero no soy nada de eso. Sepa usted, la gente mira mucho las ventanas de los otros. ¡No se imagina cuántas veces he encontrado yo al muchachito del quinto espiando mi baño! ¿Y a la señora del décimo? esa vieja sí que mira sin escrúpulos. Pero yo no soy de esas. Sería ridículo que teniendo tanto para hacer gastara mis horas siendo imprudente. Esas personas no deben tener nada, ni un asunto propio, vacías, deben ser cuerpos sin contenido. Yo en cambio me intereso por las personas. Generalmente me mal interpretan y me confunden con esos metiches, pero nada de eso. Usted es por ejemplo un caso de esos que me atrapan. Recuerdo la primera vez que lo vi. Estaba yo fumando en el balcón. El reflejo de la ventana de en frente proyectaba su mesa del living. No me refiero a la cuadrada que tiene al lado de los sillones, hablo de la otra, la redonda. En la mesa estaba su silueta comiendo apaciblemente. Yo podía verlo todo, todos sus movimientos cansados. En seguida me encandiló su figura. Déjeme recordarle que se encontraba usted de torso desnudo. Permítame decirle que está en muy buena forma por la edad que lleva encima- unos cuarenta y cinco me atrevería a decir. El plato estaba borroso, pero supuse que eran fideos lo que comía, con salsa, por la cantidad de veces que utilizó la servilleta. No se preocupe, también soy torpe con los fideos. ¡Déjeme felicitarlo por el vino! Fue una excelente elección. Me atrevería a decir por la botella que era un Malbec de cosecha vieja. Muy, muy buen gusto tiene usted para las comidas. El postre tal vez fue un poco excesivo. El helado con las pastas es una bomba de colesterol, debería haber usted elegido alguna fruta digestiva, ciruelas por ejemplo. Espero que no tome a mal mis recomendaciones, son fruto del extremo cariño que he desarrollado por usted estas últimas dos semanas. ¡No se imagina con cuántas ansias yo esperaba la hora de la cena para verlo! hasta cambié de lugar mi mesa para que cenáramos a la par. Espero que no esté usted pensando mal de mí. Le confieso, lo mío fue amor, amor puro, de esos que no se ven muy a menudo. Aunque oiga, me ha tenido usted muy preocupada. Del viernes al domingo estuvo fuera de su casa. No se imagina la ansiedad por la que yo pasé esos tres días. No me vuelva a hacer eso, le ruego, no me haga pasar más minutos sin su presencia, por favor, como si no fueran suficientes todas las horas que yo paso imaginándolo por la vida. No sabe usted cuánto yo tuve que contenerme el miércoles pasado cuando estaba dialogando con esa mujer(zuela). ¿Cómo puede dejar entrar semejante vulgaridad en su casa? Teniendo usted tan buen gusto, eso sí que fue inesperado. ¿Y servirle la cena? Con tanta clase y tan finamente puesta, ¡cómo ustedes los hombres pierden la cabeza en un escote! Discúlpeme, con todo el amor que yo le tengo, eso sí que fue bajo. Le digo, esa señora no tiene dignidad, debería usted darle unos créditos a mis instintos.
Imagino que a esta altura debe usted estar sintiendo unas ganas incontenibles de abrazarme. No vaya a reprimirse por favor, me sucede lo mismo cada vez que lo veo. La ternura que yo siento cada vez que usted prepara la mesa, con tanta delicadeza sus manos colocan el plato y los cubiertos, asegurándose de lograr una simetría perfecta, digna de reconocimiento, ese reconocimiento que sólo alguien que ha nacido para y por usted podría darle y, déjeme decirle, esa persona soy yo. Con nadie más que conmigo podrá usted compartir sus mañas, ninguna de esas polleras por las que usted se deslumbra podría apreciar tan amablemente sus gestos.Debo reconocer que últimamente ha estado usted actuando un poco extraño. Imagino que usted no lo notó, pero ha bebido más de tres botellas de vino esta semana. ¿Qué fueron todas esas cartas que escribió anoche, tan perfectamente cerradas? Además ha desarrollado usted una preferencia por la oscuridad y un día casi me da un disgusto cuando intentó cerrar completamente la persiana. Le pido encarecidamente que no nos haga eso, no vaya usted a matar así nuestro amor.Ahora mismo, mientras termino esta carta, estoy viendo cómo usted también termina su cena- ¿ya ve cómo estamos perfectamente sincronizados? Ahora se para y va a traer su postre y yo lo espero con el corazón ya desesperado de no verlo y ¡ay! qué alivio, ahora vuelve, con una bolsa en su mano y ¡con cuánta delicadeza se sienta usted y la coloca cubriendo su cabeza! Haciendo un nudo perfecto con las extremidades y con qué gracia su respiración va acelerándose y la bolsa que se infla y se desinfla al compás de su agitación, que en un instante seco se detiene y su cabeza cae sobre la mesa mientras su cuerpo se distiende tan ordenadamente sobre esa silla y yo pienso que por aquí voy terminando esta carta antes de que usted vaya a pensar que me he entrometido demasiado en sus asuntos.
Antonella Pappolla tiene 20 años, pasa sus días estudiando letras en la UBA y escribiendo para su blog www.antonelea.blogspot.com, de donde extrajimos Reflejo.