“Mi pecho, será, hijos míos, el blanco seguro a que habéis de dirigiros”

La segunda entrega de Crónicas de fusilamientos con temática de independencia latinoamericana llega con el Padre de la Patria mexicano: Miguel Hidalgo. El cura que se volvió mito ya en el siglo XIX.
Se abre la jaula de hierro que la encerraba. La cabeza de Miguel Hidalgo Y Costilla es retirada de la exhibición macabra que sufría desde hacía más de diez años en la Alhóndiga de Granaditas, edificio emblemático de la ciudad de Guanajuato, en el corazón de México. 27 de septiembre de 1821: la independencia mexicana es una realidad consumada. Aquella remoción se convirtió en un símbolo del éxito mexicano sobre los realistas españoles.
Hidalgo fue abrazado como una insignia de la declaración de independencia de 1810 que no dejó de latir. Durante once años se buscó negar por todos los medios posibles aquél intento de emancipación, pero logró rebalsar las tentativas contrarrevolucionarias por parte de los europeos virreinales en 1821.
La celda de la ciudad de Chihuahua que lo venía alojando hacía doscientos días,  desde que fue tomado preso en las Norias de Acatita de Baján el 21 de marzo de 1811, respiraba un aire redundante de compasión, reflexión y resignación. Se leía en sus paredes las palabras, sus últimas escritas, de agradecimiento a los guardias carceleros:
“Ortega, tu crianza fina,
tu índole y estilo amable
siempre te harán apreciable
aún con gente peregrina.
Tiene protección divina
La piedad que has ejercido
Con un pobre desvalido
Que mañana va a morir,
Y no puede retribuir
ningún favor recibido”.
“Melchor, tu buen corazón
ha adunado con pericia
lo que pide la justicia
Y exige la compasión
Das consuelo al desvalido
en cuanto te es permitido,
partes el postre con él
y agradecido Miguel
Te da las gracias rendido”.
Se abrió la puerta de su celda. La espera había terminado. Pasados algunos minutos de las seis de la mañana del 30 de julio de 1811, el sol recién salido no era suficiente para dar calor al suelo húmedo por donde lo trasladaban. Incesante, la muerte lo llamaba, y un pelotón de fusilamiento sonaba para que lo atendiesen con urgencia.
“Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”. Como preludio, el día anterior había sufrido la degradación eclesiástica por órdenes del obispo de Durango, llevada a cabo por un juez eclesiástico, el canónigo Fernández Valentín, el triste autor de las palabras que encabezan el párrafo.
La hora señalada fue puntual. A las siete horas del nuevo día. Hidalgo se ocupó de forma personal de entregar dulces a cada uno de los soldados que conformarían luego el pelotón que iba a disparar contra su vida. La religión parecía no haberlo abandonado más que en lo formal: rezaba su breviario y sostenía un crucifijo en la mano izquierda.
No lo podía aceptar. No. No se sentaría de espaldas bajo ningún concepto. No él. Besó el banquillo y se sentó de frente. Entregó su crucifijo y su breviario a un sacerdote. El negro oscuro se apoderó de su vista. Había sido vendado por los ojos y atado por las piernas.
“Que todos los dueños de esclavos deberán darles la libertad, dentro del término de diez días, so pena de muerte”, “que cese para lo sucesivo la contribución de tributos respecto de las castas que lo pagaban y toda exacción que a los indios se les exija”. Hacían eco y no querían despedirse las ideas revolucionarias que había creado y criado. Aquellas que lo habían condenado a terminar prematura su vida.
Faltaban años y siglos para que se convirtiese en el Padre de México, en el estandarte de la independencia. Pero Hidalgo se despidió mirando de frente a un pelotón ya preparado para lanzar, e indicando: “La mano derecha que pondré sobre mi pecho, será, hijos míos, el blanco seguro a que habéis de dirigiros”.