Las raíces a través del arte

El arte es uno de los vehículos principales de la cultura: canto,  poesía, danza; se desprende una forma de ver al mundo. Se trasmite un legado. Pero en culturas despreciadas y ocultadas, como la de los pueblos originarios de América, el arte toma una nueva cara, es reclamo, protesta, quien ayuda a mantenerlas vivas, en circulación.

“Sí, no fueron derrotados para siempre. Resistieron con la palabra. Cantan todavía”, Osvaldo Bayer (Prologo del libro Kallfv Mapu). 

“Somos gente de la tierra”

 Desde niña, Beatriz Pichi Malen, cantó. Tenía problemas en la garganta, a veces le subía la fiebre y le dolía tanto que su madre, una mujer mapuche que desconfiaba profundamente de la medicina occidental, debía llevarla al médico. Cuando los dolores pasaban, Beatriz volvía a cantar.

Ya de adolescente estaba acostumbrada a su enfermedad, le habían ofrecido operarla pero su madre, con simpleza ancestral, dijo “¿Cortarle el cuerpo? Si ella nació con todo” y huyó despavorida. Beatriz, que nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, en una comunidad Mapuche, poco conocía de su cultura. Ante sus incesantes preguntas, la madre respondía “los mapuches son como somos nosotros”. Pero a ella la explicación no le alcanzaba, quería saber “cómo eran esos Mapuches de antes”. Y, como el que busca encuentra, un día chocó con los cantos.

“En nuestra cultura creemos que todos llegamos a Ragi Mapu (tierra del medio) con una labor pendiente, mientras uno busca concretarse como persona va conociendo y se va dando cuenta a qué vino. Yo tuve la suerte de saberlo por mi enfermedad de garganta”, dice Beatriz. “Me habían arrebatado mi acervo cultural, mi memoria, entonces el canto mapuche se colocó en mi garganta, de manera inusual porque no sabía el idioma, pero aprendiendo, cantando, me curé”. Ella dice que no quiere contar fantasías ni mística, pero sabe que las Newen (las fuerzas) son muy celosas y que si uno no las desarrolla, lo enferman. Lo comprobó hablando con las Machis, encargadas de curar en las comunidades, que comenzaron a serlo de grandes, también enfermaban. Ella en su búsqueda, fue señalada por los cantos, y con la ayuda de una joven que se apiadó de su ignorancia descubrió su idioma, su lengua.

Lo lleva como un legado, aunque nadie le dijo que debía representar a su comunidad, asumió el compromiso. “Es una responsabilidad tremenda, pero uno no puede echarse atrás. Como todos los animales, hasta como el agua, se tiene que seguir el curso cuando se encuentra un camino”, dice Beatriz. Y así viaja de punta a punta por el mundo, atravesando montañas y mares, y se pregunta, sólo a veces, ¿Cómo personas tan lejos de su cultura, que no hablan ni español, podrán comprender lo que ella canta en Mapuche? Pero la duda dura poco, cuando abre la boca y el canto se presenta, se impone en el ambiente, de forma genuina. Y no hace falta explicaciones, no importa dónde esté, los cantos se defienden solos. “Lo más reconfortante, para mí, sigue siendo cantarle al público mapuche. Porque es un desafío, hacerlos vibrar con lo propio”, agrega.

En una de sus travesuras, como le gusta llamar a sus proyectos, pensó en una mujer toba, una quechua, una colla y una mapuche. Las imaginó celebrando, en agosto, cuando las lluvias pasan y el suelo se prepara para recibir semillas. Pensó “qué bonito sería sembrar junto a ellas canciones de nuestras lenguas”. Y nació el CD “Cuatro mujeres”, donde a pesar de ser diferentes culturas se sienten unidas por la misma raíz: la tierra.

 

Antiguos Dueños de las Flechas

 En el 2001 Tonolec viajó a dar un recital a España. En ese entonces, se llamaban Laboratorio Wav, y habían ganado un concurso de MTV Latinoamérica, haciendo música pop-electrónica. Allí compartieron escenario con Amaral, Julieta Venegas, Aterciopelados y María Gabriela Epumer. En el fervor del viaje sintieron que la música que hacían no los representaba como artistas argentinos. “Le faltaba color local, ese sabor de la tierra a la que uno pertenece”, explica Charo Bogarín, cantante y compositora del dúo.

En crisis volvieron a sus pagos, el Chaco, y se volcaron a pensar cómo darle ese color, sin perder como herramienta musical a la electrónica. “Y ahí estaba la música toba. De raíz. De los pueblos originarios. Un canto colectivo, de carácter, que nos conmovió hasta la última fibra”, cuenta Charo. Junto a los Tobas, comenzaron a transitar el largo camino del aprendizaje. Conocieron los sonidos del canto, su idioma, sus bailes. Con ojos nuevos vieron al mundo, que se abría ante ellos más armonioso y se comprometieron a escucharlo. “La música toba tiene un sentido muy profundo de comunión y hermandad con todo lo que los rodea”, dice Diego Pérez, quien pone música y logra templar a la voz indomable de Charo. Dicen que los Tobas les enseñaron el valor del silencio.

Orgullosos, como Beatriz, viajan mostrando su fusión pero también dando puntas de una cultura ignorada. “Hay una gran curiosidad adentro y afuera por conocer sobre las raíces culturales de cada país, de cada continente. Las veces que viajamos al exterior, encontramos mucho interés y, por sobre todo, respeto del público. Nos manifiestan al final de nuestros recitales que quieren saber más sobre los Tobas”, cuenta Charo y agrega que se sienten privilegiados de ser mensajeros y difusores de una cultura ancestral. “Esto tiene su peso y lo tomamos con absoluta responsabilidad”.

Y es que sienten que es responsabilidad de todos cuidar “los pequeños grandes tesoros de nuestra tierra”. “Nuestro granito de arena como artistas es revalorizar esta cultura, como símbolo de múltiples etnias aborígenes que tenemos dentro de Argentina, y con ellos difundir a través de nuestros cantos, su lenguaje”, dice Charo. “Porque toda cultura perdura a través de su idioma, y esto es así, a través de su lengua viva”.

 Ese pueblo azul

 Nestor Barron estaba harto de oír esa moda de hablar bien de las culturas originarias. Harto de no ver algo concreto. Harto de esos hombres de letras que con una postura “políticamente correcta” teorizan con pinzas y las analizan bajo lupa. Harto, convenció a su editor de que debían traer al mundo real un objeto concreto. “Un libro –planteó-, que aún sigue siendo el soporte de información más confiable y duradero con que se cuenta. Un objeto que el poeta puede llevar encima y mostrar aunque esté en medio de un camino desierto y sin mediar electricidad ni máquinas”.

Y recopilando nació Kallfv Mapu o Tierra Azul, una antología de poesía mapuche.

Los pasajes de libro son como trampolines, que disparan al lector hacia un mundo cercano pero desconocido. “Con ellos viven las piedras, los colores, los arroyos; nos hablan los árboles, los ojos de la naturaleza viva en la noche; nos traducen los cantos de los pájaros que son distintos hora tras hora, y también las palabras del viento al pasar por la tierra azul… El Sur”, dice Osvaldo Bayer en el prólogo del libro. Y es que en sus palabras, los mapuches, nombran lo sagrado y lo intangible, la naturaleza y su geografía.

Kallfv Mapu fue pensado para cruzar las barreras del ámbito específico de las culturas originarias, su creador quería verlo en cualquier librería, para que pueda acceder a él un público amplio. “Y la recepción de la antología fue muy buena en general. La gente se mostró muy entusiasmada con la posibilidad de leer a estos poetas”, dice Nestor. Y agrega, que él no seleccionó los poemas sino que convocó a los poetas, que decidieron qué trabajos los representaban.

Para mantener vivas a las culturas reprimidas, Nestor cree que, “el arte es el único vehículo confiable y efectivo”. “La poesía es astuta –dice- sabe filtrarse en cualquier hueco y encuentra siempre una manera de hacerse oír”. Cuenta que los poetas mapuches siempre fueron ignorados por los medios gráficos y audiovisuales, que les niegan el espacio, pero ellos comprendieron que había una grieta en el sistema oficial, que es Internet. Y allí nadie puede censúralos o callarlos. “Hoy algunos de estos poetas son invitados a los lugares más lejanos –China o Australia, por dar ejemplos- para que lleven su voz y su cultura, y esto fue posible gracias a su insistencia y al uso de un medio supuestamente ajeno a la cultura originaria”, agrega.

 

La palabra que te nombra

 Estos artistas concuerdan en que tiene mucha importancia poder plasmar al arte desde distintos idiomas ancestrales. Que sólo con su circulación pueden vivir las culturas.

Beatriz Pichi Malen entiende que el idioma es central porque verbaliza la construcción del pensamiento: “Si uno puede a través de la boca, desde un sonido, dar cuenta de ese mundo que conoce, pasa a ser vital, porque si hablamos un idioma ajeno se pierden cosas: la geografía se impone fuertemente, porque nombramos lo que vemos, lo que sentimos. Nuestro pueblo le habla el agua, las piedras, las raíces, los animales, lo intangible”.

Nestor agrega que somos, mal que nos pese, sólo lenguaje. Somos la manera que nombramos nuestro universo. Y esto está aún más claro en culturas como la mapuche, en la que el ser humano no es dueño de la tierra sino que pertenece a ella; de hecho, la palabra con que nombran su lengua, mapudungu, significa literalmente “habla de la tierra”: es la tierra la que da existencia a la palabra y por lo tanto al ser humano. “Se entiende así la lucha actual de los mapuches por recuperar su espacio geográfico: sin territorio no hay lengua. No se trata de un lugar para vivir: se trata de la vida misma. Sin tierra no hay idioma, sin idioma no hay mapuches”, reflexiona.

Y el arte acompaña la lucha, “el canto es pretexto para sacarnos la angustia o regocijarnos con alegría, es también un reclamo porque somos gente de la tierra pero SIN tierra. Una cultura que se quiso ocultar, hacer desaparecer. Pero estamos asomando tímidamente, y construimos desde el pasado pero también del futuro. Porque en el hoy construimos el mañana. El canto está en todos lados, es un derecho. Podemos hablar y podemos cantar”, explica Beatriz. Y Charo suma que lenguaje es, también, una herramienta de poder.

Tulio Cañumil, profesor de mapuche en la Universidad de Buenos Aires resalta que en esta lucha no hay que perder de vista la esencia de su lengua. “No hay que vaciarla de contenido, en simples traducciones, hay que entender cómo se piensa a partir de ella y de ahí crear”.

“Si hay algo que tenga sentido y efectividad para iniciar cualquier camino de encuentros, eso es el arte -finaliza Nestor- cada persona es, inevitablemente, la cultura que la formó. El intercambio abierto y sin forzadas identificaciones entre personas y culturas –eso es arte- es quizá la única posibilidad de encuentro y unión”.

Salmo

Waranka, Meli Pataka, Ailla Mari Epu

Turpu ngünel

Trokiñchenofel iñchiñ

Welu langümngekiñ

Küruz ñi duam meu.

 

SALMO 1492

Nunca fuimos

El pueblo señalado

Pero nos matan

En señal de la Cruz.

GRACIELA HUINAO