La política y lo político

Por Sergio Ciancaglini

El político C. H. Anta se separa de la Unión por la Identidad Transversal Emancipadora (U.P.I.T.E) peleado con su iniciador en estas lides, J.O Dido, y organiza otra agrupación para hacer coalición electoral con quienes eran sus enemigos hasta la semana pasada. ¿Eso es política?

Los vecinos de Famatina, La Rioja, reunidos en asamblea, logran resistir y detener a una empresa gigante, Barrick Gold, que intenta instalar allí un proceso depredador y contaminador llamado minería a cielo abierto. Lo que hicieron esos vecinos ¿es política?

Cuando desde esta publicación lanzaron la consulta sobre qué es la política, o cómo pensar el tema, lo primero que se hizo evidente fue mi incapacidad de escapar a tiempo. No digo esto para zafar del desafío, sino por una intriga que querría transmitirle a quien esté leyendo: ¿no resulta ésta –demasiadas veces- una época de conceptos en descomposición, de palabras podridas, de ideas y sentimientos falsificados como esos billetes que parecen, pero no son?

Según quien ande con el uso de la palabra, la política podrá ser el arte de lo posible, la implementación del ejercicio democrático, la gestión de lo público, una institución con fines de lucro, un templo prostibulario, o directamente un aparato delictivo. Frente a semejante panorama, más que aburrirse con definiciones y  conclusiones, acaso convenga proponer algunas preguntas y aperturas.

Por ejemplo: ¿no convendrá ampliar y matizar eso de lo que queremos hablar? Una antigua sugerencia postula diferenciar “la política” (aquello que hacen –y deshacen-  los llamados políticos y sus partidos fuera de los sillones o cuando logran subirse a ellos) de “lo político” (las  relaciones entre las personas, la gestión de lo común, la creación de derechos, el ejercicio de la libertad, la justicia, la convivencia).

Si esto fuese posible, la sorpresa es que  lo político parece algo demasiado importante para dejarlo en manos de la política. Los sujetos de la política, serían los políticos y funcionarios, algunos grupos mediáticos de formateo de opinión, los sindicalistas, las patronales empresarias, un par de obispos, algún rabino, y las secretarias y jefes de prensa de todas estas celebridades.. Los sujetos de lo político serían en cambio las personas y los grupos sociales tratando de llevar adelante su vida del mejor modo posible. Lo político también es el antagonismo que genera querer hacer eso: antagonismo con quienes no desean lo mismo para nosotros, y con las múltiples formas de control social que muchas veces se manifiestan a través de la política.

Otra intriga. La política suele relacionarse con la noción de democracia que se aplica a partir de un argumento un tanto policial que la Constitución plantea sin analgésico: “El pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”. La duda: ¿Por qué? ¿Quién dice eso? Otro enigma: ¿Es equivalente “sistema representativo” a “democracia”? ¿No confundimos una herramienta con un valor? ¿Es democracia ir a un cuarto oscuro cada dos o cuatro años a meter un papel en una urna? ¿El “sistema representativo” no está resultando un simulacro de democracia, un ejercicio que en lugar de instalar un rey o un dictador delega todo en manos de una “dirigencia política”, que siempre cambia sin que nada cambie? En un sistema republicano, el mismo tipo de preguntas nos permite diferenciar también entre “poder judicial” y “justicia”. (Dejo para otro momento el debate sobre una cuestión crucial: la biopolítica, entendida como la forma de poder que a través de lo mediático y lo publicitario, por empezar, busca el formateo de las ideas, necesidades, cuerpos y hasta emociones de las personas. El Gran Hermano en serio, o lo que Matrix y The Truman Show simbolizaron en el cine).

Pero entonces, ¿se pueden pensar formas e instituciones más abiertas, que potencien democracia en lugar de bloquearla? No tengo idea, aunque por andanzas periodísticas y ejercicio de la curiosidad, cada vez percibo más espacios sociales, productivos y culturales, que tienden a lo asambleario, a formas horizontales más que a obediencias verticales, a búsqueda de ideas propias, a ser embriones de nuevos estilos de organización y de convivencia.

No saber los detalles del futuro no implica resignación ni consumo de antidepresivos. Muchas ideas, muchas dinámicas y muchos artefactos eran impensables hace años, y hoy existen. Tal vez lo político sea nuestra capacidad de inventar, crear o incluso recordar búsquedas de soluciones para los problemas humanos, sin aceptar necesariamente el menú de recetas que nos ofrecen las góndolas autorizadas. Otro secreto que he ido escuchando por ahí: no parece saludable quedarse stand by, momificado, en espera del futuro. Lo político puede ser un problema de conjugación, de acción en tiempo presente, para buscar ya mismo qué modos de vida, de relaciones y de valores somos capaces de concretar. Esto no cierra el tema. Lo abre y nos abre a nuevos problemas. No es poco. Los antiguos decían que tener problemas nuevos confirma un hallazgo emocionante: estamos vivos.