Una charla con Rubén, un video junto a Jorge Julio López

Quizá la voz de Rubén, hijo de Jorge Julio López, sea paradójicamente de las más enigmáticas en la causa. ¿Qué dice, qué piensa, qué hace la familia de Julio, desaparecido hace casi cuatro años? Los organismos de derechos humanos son los que manejan el discurso mediático; el bajo perfil de Rubén, de sus hermanos y su madre, alimentan el silencio, el misterio, y también la nota.

Es jueves, es frío y la ciudad de las diagonales nos encuentra perdidos en más de un sentido. La pregunta de dónde está Julio López ahora bien podría extenderse a Rubén, su hijo, que espera paciente nuestra tardía llegada. Con perseverancia diagonal, al fin, nos saluda amable y guía hasta un bar cercano.

Algo es obvio y decepcionante: no pudo atendernos en Los Hornos, donde vive su madre, donde vivió Julio. Se disculpa e invita para otra ocasión: “Pueden ir otro día, pero lleven documentos porque en la puerta de la casa hay dos custodios que piden identificación”.

Tras la (segunda) desaparición de Julio, dos uniformados de la federal “custodian” a la madre de Rubén, a la casa. Algo tarde, ¿no?

Camino al bar, cuadra adentro, unas vallas cortan el paso y se oyen gritos. Rubén explica: estamos, casualmente, en los Tribunales de la Plata y, casualmente, se está juzgando allí a los civiles de la Unidad 9.

¿Qué es?

Rubén agrega, seco: “Uno de los centros donde mi viejo estuvo”.

 

 

¿No le interesa asistir?

No, no. Empezó hace dos semanas, y no fui nunca. Sé que dejan una silla vacía, en honor a mi viejo y como si estuviese presente. Hubiese estado bueno que se preocupasen y mi viejo esté ahí, presente en serio. Es fácil decir “Julio presente” pero los que tendrían que haber hecho algo para que no pase, no lo hicieron.

¿Quiénes?

Todo el mundo. El Estado, que fue quien proporcionó que se hagan los juicios y no protegió a los testigos; la Justicia, que desde que mi viejo declaró nadie se molestó en cuidarlo y ofrecerle “Julio, ¿necesita que lo acompañemos?”. En cuanto a los fiscales, que son los que llevan adelante el juicio, también; y los abogados que estaban de parte. Todos sabían que iba a pasar esto. ¿Por qué no se calentaron? Si no estábamos mis hermanos, yo, mi novia, no había nadie.

¿Usted lo acompañó a alguno de los juicios?

Sí, al primero, el que era contra Etchecolatz. El día que desaparece, que es el día que tenía que escuchar los alegatos, yo tenía que trabajar en Capital y no podía. Lo acompañaban mi hermano y mi primo, ya estaba arreglado.

¿Y qué pasó?

Es lo que nunca pudimos determinar.

Pero más allá de saber quiénes y cómo lo desaparecieron, alguna reconstrucción deben haber hecho.

Sí. Hasta las once (de la noche del 17 de septiembre, día anterior al juicio) mi viejo estaba mirando un partido en Fútbol de Primera. Jugaba Boca con no sé quién. Siempre se quedaba mirando el programa y después se acostaba, pero ese día no sabemos si se acostó o no. Mi vieja ni enterada si mi viejo se fue a las 12 de la noche o a las 7 de la mañana. Toma pastillas para dormir, y mi hermano, que vive también ahí, duerme como un tronco. No podemos saber a qué horario se fue.

¿Qué recordás del 18? ¿Cómo recibiste la noticia?

Estaba trabajando en Capital y me llama por teléfono mi señora. Fue todo trágico-cómico; empieza así: en la radio 92 – una FM de La Plata- dicen que estaba desaparecido. Lo escucha la señora de mi cuñado, mi concuñada; la llama a mi señora y le dice “pasó esto con Tito”; “No puede ser, nadie me dijo nada”; y entonces llamé a mi hermano, que no me había querido avisar para que no me preocupara estando a dos horas y media de viaje. Como a las 12 de del mediodía me llama mi señora y me cuenta. Llamé a un amigo para que fuera hasta lo de mi vieja para ayudar a buscar. De ahí salieron a recorrer hospitales, comisarías. Yo llegué (a La Plata) recién a las 3 de la tarde.

Existe toda una especulación alrededor de qué ropa usó Julio el día en que desaparece, ¿Tienen sentido estas versiones?

Sí, porque él tenía preparado una muda para el juicio. Digamos: salió con la ropa que tenía de entre-casa y los borceguíes para caminar -que no era la ropa que había apartado-. Tenía un jogging y un pullover viejo, ropa que usaba en la casa.

¿Y qué puede significar esto?

Tenemos la teoría de que alguien lo invitó a salir. No sé si consensuado, arreglado, si alguien apareció de pronto. Mi viejo salió, cerró la puerta y luego cerró la ventana por donde solía tirar la llave, y ese día no lo hizo. Además, se llevó un cuchillito.

 

¿Se lo llevaba siempre?

No. Esas son las cosas que no te cierran. Después de 20 días la llave apareció en el jardín. Nunca se hicieron rastrillajes, y también está la teoría de que la hayan puesto. Sino, podés decir: para mí la dejó ahí porque pensaba volver. Pero no volvió y sí encontramos la llave.

¿Qué pensaste ese día, cuando llegaste a La Plata y te reuniste con tu familia?

Lo que pensamos durante todo el juicio: que se le había saltado la térmica, que se puso mal, él estaba muy ansioso.

¿Habías hablado con él acerca del juicio en los días previos?

No, pero lo noté ansioso por ir. Ese día iba a poder verle la cara a Etchecolatz, que durante el juicio no se la había visto. Etchecolatz estuvo el primer día y el último, así que él no le había visto la cara cuando fue a declarar. Mi viejo quería decir lo que sabía, escuchar el veredicto y nada más.

¿Cuándo empezaste a articular el secuestro con Etchecolatz y los juicios?

Con el tiempo ya te das cuenta de que no está en ningún lado, no lo encontrás. Con el juicio tiene algo que ver. Qué parte no sé; qué persona, no sé. Pero con gente relacionada seguro que sí.

En algún momento pensaste que no, y hasta lo declaraste…

Sí, los primeros días no creíamos que realmente podía estar relacionado. Llevó mucho tiempo convencernos de lo que realmente pasaba. La que mantenía la idea era mi vieja.

¿Ella había hablado algo con él, recuerda algo que Julio le dijo al respecto?

Lo único que Tito le dijo a mi vieja es que ése era el último juicio al que iba a ir. Y a un primo también. Mi viejo quería que se condenara a Etchecolatz y nada más.

El 18 de septiembre de 2006, Julio desaparecía y la familia creyó que “se le saltó la térmica”. El tiempo (la verdad) luego derrumbaría dicha hipótesis, y hoy Rubén acepta el lazo con los juicios y su importancia como testigo. En la entrevista llega a decir: “Si mi viejo denunció a 20 personas de las cuales 19 están libres, ¿no va a pasar nada?”. Él mismo pensó que no, y la autocrítica vale. Pero desde entonces, recuerda, decidieron distanciarse de los organismos que, a través de portavoces como Nilda Eloy o Adriana Calvo, apuntaron desde un principio la lupa a Etchecolatz y sus secuaces. El quiebre se mantiene. La familia cuenta con asesoría legal propia, y su querella corre paralela a los reclamos de los organismos.

Rubén dirá: “Con los organismos de Derechos Humanos no tenemos problemas pero no compartimos las mismas ideas. Ellos actúan por su cuenta, como les parece, y nosotros por el nuestro; cada uno con su asesoría legal y manteniendo su línea”.

¿Qué líneas?

Nosotros estamos abiertos a que se investigue a cualquier persona. Ya sea relacionada con los juicios, con la familia o con los amigos. Nos han investigado a nosotros hasta que se cansaron dos y tres veces. En el 80% de las desapariciones tiene que ver la familia, yo lo entiendo. Mucho tiempo después surgió la idea de que se hiciera una autopsia psicológica, que es estudiar al entorno y tratar de dar un panorama de dos o tres posibilidades sobre lo qué pudo haber pasado. De tres casos que se hicieron en Córdoba, donde implementaron esto, dos salieron con resultados positivos: en uno encontraron a una mujer en Venezuela, que no se acordaba de nada y no sabía por qué estaba ahí; y en otra terminó siendo un familiar el que había matado a una nena. Esto no se hizo y desde la familia lo venimos reclamando. Dicen que estamos en contra de los organismos, pero si a mí me investigaron hasta que se cansaron, ¿cuál es el problema de que se investigue a cualquiera? Pudo haber habido un infiltrado, alguien que se hizo pasar por amigo de mi viejo. Por eso ellos (los organismos de derechos humanos) están enojados con la familia.

 

¿Qué ven de malo en todo eso?

Dicen que no hay que investigar al entorno del desaparecido. Y yo estoy abierto a que lo hagan. Lo único que ellos manejan es que haya sido Etchecolatz o sus aliados. ¿Y si no?

Pero cuando hablás de un infiltrado, si es que lo hubo, sería de parte de Etchecolatz.

Puede ser de cualquier lado. Porque mi viejo no iba a salir solo. Primero, era de noche, porque evidentemente salió entre las 12 de la noche y las 7 de la mañana. A las 7 se levantó mi hermano y mi viejo ya no estaba. Y a las 23,30, cuando se fueron a acostar todos, él se quedó mirando la tele. ¿Por qué salió? Rompió todas las cosas que eran habituales en él: cerró la puerta con llave, cerró la ventanita y no tiró las llaves como siempre hacía. Mi teoría es que se las llevó porque sabía que iba a volver, no iba a tocar la puerta a la madrugada. Se llevó el cuchillo porque confiaba, pero a su vez desconfiaba de esa persona. Esto me lleva a pensar que alguien lo engañó.

Según esta teoría, ¿creés que tu viejo, si es que salió voluntariamente, tenía la magnitud de lo que estaba sucediendo?

Yo creo que no. No sé con qué promesa pudo haber salido, porque no hubo violencia. Salió porque quiso salir.

Rubén teje el misterio, lo reconstruye según hipótesis, probabilidades, broncas.

Julio López resultó una presa fácil: no hay acusados, no hay testigos, siquiera una línea investigativa firme. La secuencia está ahí, detectivescamente inconclusa, impunemente ignorada.

Rubén espera porque confía. Es otro de los legados de su padre. “Mi viejo esperó 30 años que se hiciera justicia”, recuerda, pero es cierto sólo hasta aquel septiembre de 2006.

Julio esperó en las mareas de la dictadura, que se alejaron lentas.

Rubén espera sin leyes de obediencia debida y punto final, pero con claras manchas de aquello en las instituciones, en los jueces, en el miedo.

¿Por qué desapareció Julio López aquella vez del 76?

Por participar en una Unidad básica.

¿Qué hacía en la Unidad?

Tareas sociales, comunitarias, en Los Hornos. Nosotros íbamos cuando éramos chicos a jugar al fútbol o a la carrera de embolsados. Daban chocolates y juguetes.

¿Tenía alguna inclinación política?

Hubo cierta tendencia política a Montoneros. Mi viejo iba, pero colaboraba como técnico. Siempre está un grupo que realmente lidera, y otro que ayuda y no participan de esas cosas cerradas. Supuestamente alguien nombró a varios, y de esos 15 o 20 sobrevivieron 3, entre ellos mi viejo.

 

¿De ahí a dónde lo mandan?

Lo llevan, primero, a lo que se llamaba Cuatrerismo. Estuvo un día o dos y de ahí lo trasladan al pozo de Arana, que es un centro clandestino. De ahí, después de un tiempo, lo llevan a la comisaría quinta, que era otro centro. Este proceso lleva casi 6 meses, en el que fue torturado. Después lo pasan a la comisaría octava, donde blanqueaban los presos al PE. Ahí lo tienen un mes donde le dan de comer, se puede afeitar y bañar. De ahí pasa a la Unidad 9 donde quedó a disposición de la justicia.

¿En cuál de esos momentos aparece Etchecolatz?

Según mi viejo estuvo el día en que lo secuestraron y en muchas de las veces que lo torturaron. En Arana Etchecolatz estuvo seguro.

¿Qué edad tenía Julio?

47.

¿Y vos?

No había llegado a cumplir 11.

¿Te acordás del momento?

Sí, lo tengo re contra patente. Porque yo le vi las caras a los tipos. Eran como las 2 de la mañana; ellos entran rompiendo la puerta a mi casa, lo buscan a mi viejo, lo sacan. Nos hacen meter a mi hermano, mi vieja y a mí en un cuarto. Yo los ví… después, si te digo que me acuerdo la cara te miento. Nos hacen poner de espaldas contra la pared. A mi vieja le piden el documento, a mi viejo también, el se los da… y se fueron.

¿Qué siguió?

Me acuerdo de haber ido al regimiento 7 a golpear la puerta, a ver si alguien te decía algo; haber ido a hablar con el que era párroco del Ejército. Fui en más de una oportunidad a la Cruz Roja de Buenos Aires, que todos los meses nos mandaba alimentos. Salí a laburar. Lo mismo mi vieja que nunca había trabajado.

¿Te explicaban lo que estaba pasando?

No eran los 11 de ahora. Las familias de por sí eran más cerradas. No se podía hablar mucho del tema; no había un periodismo que denuncie estas cosas.

¿Qué creías que pasaba?

No te puedo decir qué me acuerdo porque no lo sé.

¿Cómo repercutió en la familia?

Mi mamá tuvo que salir a laburar, mi hermano siguió estudiando, y yo me fui a trabajar a una quinta con unos tíos y me anoté para hacer carpintería. A mi manera, poco o mucho, ayudaba a mi vieja.

¿Te acordás del día en que volvió?

Estuvo detenido casi tres años. Dos años y medio ilegalmente y otros meses blanqueado donde lo pudimos ir a visitar. Íbamos todos los miércoles. Los últimos días ya podían ir las cuñadas, los hermanos de mi vieja. Entonces me acuerdo que en una fiesta, no sé cuál, llegó mi vieja con una de sus hermanas y dijo “lo sueltan a Tito”. El lunes yo no fui a la quinta esperando que viniera. Y una prima y mi tía lo fueron a buscar. Y vino.

¿Cambió algo en Julio, después?

En la parte que vos veías, no. A los dos días que llegó se puso a trabajar. Mucho lo maquinaba para él mismo y nunca nos contó.

¿Volvió a la acción social, a la labor comunitaria?

No la siguió. Además desapareció la Unidad básica, no quedó nada. No quiso saber más al respecto. Que sepamos, nunca militó en otro lado. Después, bueno, con el tema del juicio se empezó a juntar con los organismos.

Él sí estaba amigado con los organismos

Tengo un escrito donde dice que ya se cansó de hablar con todos, con derechos humanos, jueces. Después, bueno, arreglate cómo lees lo de adentro porque no es un cuaderno, está todo desprolijo. El agarraba una servilleta, cualquier cosa, y escribía. Yo creo que él lo hacía en un momento que se acordaba, y nadie se tenía que enterar.

¿Por qué lo hacía?

Como no se hablaba de eso, él descargaba por ahí.

 

O sea que nunca se volvió a tocar el tema en familia

No, no. Mi vieja estaba mal, empezó a tomar pastillas para dormir. Hoy en día mi vieja sigue enojada con mi viejo porque si no iba al juicio mi viejo hoy estaba. “Me hubiera hecho caso” dice.

El silencio familiar alimentó desentendidos varios. El testimonio (la presencia) de Julio López en aquel juicio del 2006 no era menos que crucial.

Incluso hasta para él mismo.

La esposa, ignorante de tal percepción, hija del silencio, repite: “Me hubiera hecho caso”.

La escena trasciende lo doméstico porque Julio no fue sólo un esposo, un padre, un tío.

Como testigo, fue crucial para encarcerlar a Etchecolatz.

Como desaparecido, aún se alza como bandera de lucha y símbolo de impunidad.

Quizá Julio no debiera haber salido, es cierto, pero si la reflexión allí termina, resta la autocrítica del silencio, de la soledad, del apoyo.

¿Julio, como desaparecido, fue atendido por algún gobierno ya vuelta la democracia?

Nada.

¿Hubo algún tipo de acercamiento en la década menemista?

Nada.

 

¿De ayuda psicológica?

Nada.

¿Económica?

Recién en el 96-97 a él le dieron un resarcimiento en bonos por los días que estuvo detenido en la Unidad 9, ya blanqueado. Ahora hace un año y pico iniciamos los trámites por la parte que no se le reconoció, que fueron los seis meses que estuvo desaparecido ilegalmente, en un centro clandestino y no en una comisaría.

¿Y luego de declarar, no fue protegido como testigo?

No, y es una de las broncas mías. Si vos sos abogado, fiscal, juez, Estado, tenés que tomar todas las medidas para que no pase nada. Y te estoy hablando de personas jurídicas que son también físicas. Si mi viejo denunció a 20 personas de las cuales 19 están libres, ¿no va a pasar nada?.

Muchas veces alternás el pasado y el presente, ¿En qué tiempo hablás de tu viejo?

Sigo hablando en presente, pero muchas veces se me va al pasado. Después de tanto tiempo, ni esperanzas de que aparezca vivo tengo. Siempre lo vas a desear, pero ya es casi imposible por una cuestión de lógica.

De pronto, la novia de Rubén interrumpe la charla:

¿Quieren verlo?

¿A quién?

A Tito, bailando paso doble.

¿Cómo?

Por celular, en una fiesta del día anterior a que desaparezca.

¿El sábado 16?

Sí, el sábado. Era el cumpleaños de un primo y estaba toda la familia reunida.

La mujer de Rubén busca en el celular, aprieta y da vuelta la pantalla. Allí está Julio, aquí, en este bar, a una tecnología de distancia. La escena estremece. Julio se mueve a paso torpe y decidido, ensaya una vuelta, se cansa. Durante 20 segundos, el Julio López testigo es mi abuelo o el tuyo. Su sonrisa no sospecha que está bailando por última vez.

¿Por qué lo filmaron?

Nunca lo habíamos visto bailar.

La charla termina, o mejor, el grabador se apaga. Se fueron las nueve y las diez, es tarde, y La Plata se viste de noche y frío.

Rubén va calmo por una diagonal profunda y vertiginosa; acaso como siempre, su mujer lo sigue. En uno de sus bolsillos -por última y única vez, o lo que es igual, por siempre- está su viejo bailando paso doble, en la memoria del celular, en su memoria.

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