Palabras menos, palabras más

Por Julián Doctorovich
El problema de poder escribir lo que quieras es justamente ese: la posibilidad pura en sí misma. Tengo todo el mundo a mis pies. Tengo el mundo y más. Todo está ahí, flotando en algún lugar, para que lo explaye en el papel y vos lo leas. Pero el hecho de tener la libertad de usar todas las palabras que existen (y las que no también)  y poder combinarlas como yo quiera es raro. Me gusta, pero me asusta al mismo tiempo.
Lo único que me pidieron fue que sea coherente. Obviamente, ante todo la coherencia. La cual no es cohesión. Porque la cohesión es aburrida. En cambio la coherencia es aventura, es la unión de lo inesperado. No todas la acciones, ni mucho menos las frases tienen que estar conectadas para tener sentido, ¿no?
El otro día estaba hablando con un amigo sobre Bukowsky. Él me decía que lo bueno del tipo era su simpleza. Esa forma de escribir terrenal, fundada en la honestidad de los más nobles, esos que no te dicen siempre la verdad, pero son sinceros. Porque no siempre es necesario decir la verdad para ser honesto. Es más, la verdad no existe. La verdad es una mentira. Aristóteles explicaba que la verdad es la adecuación del lenguaje a la realidad. Es decir, la relación entre lo uno y lo múltiple. Cada hombre tiene su propia verdad. La cuestión es ver cómo se adecua con la realidad, que es una sola (lo que es), a través de las palabras. Pero el lenguaje es una creación. Por lo tanto, si la verdad depende de algo inventado por el hombre, tal como lo es en este caso, entonces es contingente; es decir, no tiene por qué ser así, sino que podría ser de otra manera o mismo no ser.
Pero el meollo de la cuestión está en la posibilidad. Todo es posibilidad. La vida misma es un devenir sin sentido. O quizá tenga algún sentido oculto. Aunque, igualmente, no deja de ser esa abertura hacia lo que viene, hacia el futuro. Y somos dueños e inventores de eso. Somos los pintores de la existencia. Armamos cada segundo del tiempo, lo cual muchas veces produce una sensación de angustia, dada justamente por la vulgaridad de lo múltiple, de lo infinito. Pero también, una sensación de adrenalina hacia lo incierto.
Ahora, el tema es ¿Cómo hacemos para que de esa posibilidad salga algo coherente? Y Cuando digo coherente lo hago respecto del pasado, que fue y quedó atrás, pero que vive en el presente. ¿Es algo que puedo premeditar o solo lo puedo saber a posteriori, rearmando y conectando los hechos como si fueran pequeñas partes de un rompe cabezas? Lo que pasa es que nuevamente caemos bajo el embrujo de las palabras. Quedamos presos de ellas. Y no por el hecho de usarlas y de la condena que esto implica. Sino porque nos gobiernan. Nos encadenan. Y la coherencia queda atada a la mentira que ellas desprenden con sus besos. Y no existe ya como algo en sí mismo. Sino que es nuevamente una creación simbólica y representativa, pero esta vez  realizada por otra creación. Está por afuera, dejándose seducir por las palabras y condicionándonos, exigiéndonos rectitud.
Algún día me gustaría destruir las palabras. Agarrarlas, romperlas y hacer unas nuevas. Sin margen ni anticipación. Alejarlas de la coherencia que implica el mundo.
Mientras, aprovecho para amigarme con ellas y escribir un poco.
Colaboración de Julían Doctorovich. Lo encontrarán usualmente  por los pasillos y el patio de la facultad de Puán como estudiante de filosofía de la UBA.