El último medio siglo del periodismo: García Lupo

Un recorrido histórico del periodismo desde Perón hasta nuestros días a través de quién vivió, sintió y escribió durante todo el período. Bien real y relatado desde adentro, mediante la entrevista con Rogelio García Lupo. Se trata de la personificación de la historia del periodismo moderno.

Esas manos, que ya se habían saludado alguna vez con las de Ernesto “Che” Guevara, con las de Fidel Castro, con las de Rodolfo Walsh, con las de Osvaldo Bayer, con las de Arturo Jauretche, con las de Raúl Scalabrini Ortíz y con las de Gabriel García Márquez, entre otros, parecían haber abarcado todas las otras manos del mundo. Esas manos, que ya llevan cincuenta y ocho años en el violento oficio de escribir, habían pasado varias generaciones tecnológicas de la prensa cuando decidieron que no se iban a juntar con las computadoras. Esas manos, que arrancaron en el primer gobierno de Juan Domingo Perón, que pasaron por la Revolución Cubana y que fueron censuradas en tres etapas distintas de las dictaduras argentinas, esperaban en la puerta de una oficina. Allí, con la historia entre sus dedos, estaba parado Rogelio García Lupo dispuesto a contar su historia como periodista que, sin duda, es parte de la historia del periodismo.

“El periodismo es una tentativa de mantener informada a la opinión pública. Es un estilo que no sólo trata de dar noticias sino de cómo darlas, cómo escribirlas y cómo pensarlas. El concepto del periodismo y el ejercicio del periodismo son tan amplios, y deben serlo, porque sino el periodismo muere”, comenta, dice, habla, piensa, explica, afirma, duda y reflexiona moviendo esas manos que todo lo tocaron.

El peronismo.

–         Las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón fueron, históricamente, acusadas de mantener un control total de la prensa, ¿qué tan cierto era eso?

–         Como periodista profesional, digamos que cobrando a fin de mes, yo empecé a trabajar a los veintiún años en un momento en que el ejercicio de la libertad de prensa era casi nulo, en 1953, que era en los finales del gobierno de Perón. Yo había iniciado una carrera de abogacía, que luego de dos años decidí abandonar porque no me daba satisfacción. Ahí me aproximé al periodismo, que era un mercado muy cerrado porque prácticamente todos los diarios formaban parte de la cadena oficial de los medios del gobierno peronista. Yo, de hecho, comencé a trabajar en dos órganos vinculados al gobierno de Perón: la revista Continente, que era una revista mensual de cultura y de arte, y el semanario Opinión Económica, que era el semanario de la CGE (Confederación General Económica).

–         ¿Y en el golpe del 55?, resultaría paradójico pensar que en una dictadura pudiera haber libertad de prensa

–         Con la caída de Perón, comenzó un estallido en la prensa. Hubo como si fuera un movimiento de liberación que, obviamente, duró poco porque fue una dictadura y todas las dictaduras comienzan siempre a censurar. Entonces, con la caída del peronismo lo que pasó fue que salieron muchos medios nuevos, otros medios que eran peronistas cambiaron rápidamente de camiseta y otros desaparecieron. De hecho, las dos publicaciones en las que yo había trabajado dejaron de publicarse con la caída del peronismo. Ahí comienzan mis primeros recuerdos en el periodismo. En el 55, yo entré al diario Noticias Gráficas, que era un vespertino y de ahí en adelante ya nunca más abandoné el periodismo.

–         Usted mencionó distintos procesos en los cuales el periodismo tenía límites y censuras, ¿cómo se trabaja en el marco de esos límites?

–         Yo tengo la posibilidad de decir que dentro del periodismo lo he hecho todo: desde escribirlo hasta imprimirlo. En mi primera experiencia periodística yo era muy joven y la verdad es que no tenía nunca la responsabilidad de escribir panoramas políticos, por lo que realmente no fui censurado en esos comienzos. Pero el peronismo era muy inflexible, piensen que en el año 1950 (año del centenario de la muerte del General San Martín) fueron clausurados más de cien diarios de provincias por no poner en sus encabezados “Año del General San Martín”. Y cayeron diarios chicos, pero cayeron también diarios grandes como el de Paraná, como el de Tandil. Pero lo que es importante para pensar es que, de repente, hubo una libertad plena, con el golpe de 1955, y de repente, ya con la dictadura, estas libertades fueron acotándose hasta transformarse en censuras. Y bueno, el límite aparece cuando ya no te publican una nota, pero cada uno sabe igual día a día que si quiere conservar su trabajo tiene que limitarse a algunas cosas.

–         ¿Y cómo se convive con ese límite?

–         Depende de la sección en la que se trabaja, hay secciones que son más complicadas que otras. Hay situaciones que se pueden volver extremas: yo trabajé un año con seudónimo en Primera Plana, durante la presidencia de Onganía. Estaba prohibido por el gobierno y durante un año trabajé firmando como Benjamín Venegas. O sea, que era un caso extremo, pero con un acuerdo secreto que se hacía con el dueño de la revista. Rogelio García Lupo dejó de existir y apareció este señor Venegas, a quien nadie conocía. Pero fue al final del gobierno de Onganía, si hubiera sido al principio de su gobierno hubiera sido más complicado porque me hubieran investigado más.

El periodismo militante: Rodolfo y Prensa Latina

–         ¿Cuál fue su experiencia durante el frondicismo?

–         Durante al frondicismo, pese a que estuve poco tiempo porque a principio del 59 yo ya estaba en Cuba, yo había trabajado en la revista “Qué”, durante la campaña que llevó a Frondizi a la presidencia. De manera que trabajé ahí en el 56, en el 57 y en el 58. En el 59 se abre el tema cubano. “Qué” fue una revista que ayudó mucho al proceso de ascenso de Arturo Frondizi al gobierno y ayudó a que ganara las elecciones. Fue un instrumento muy formativo, realmente brillante: escribían Raúl Scalabrini Ortíz y Arturo Jauretche, con quienes yo me encontraba muy ligado ideológicamente, y semana tras semana se presentaban un menú de artículos políticos de muchísimo valor. Fue una revista opositora a la dictadura, y cuando se terminó de componer como una revista oficialista yo ya estaba yendo a Cuba.

–         ¿Por qué era importante desarrollar un plan comunicacional en Cuba?

–         En el 59 todo el proceso ese fue realmente muy interesante. La Revolución era algo increíble, algo impresionante, porque, sin dudas, era todo un proceso muy distinto. Lamento decir, hoy, que el resultado, en el aspecto periodístico, es que Cuba no es muy bueno. Es un tema muy delicado porque la necesidad de comunicarse y de ser creíble es la necesidad que tiene cualquier gobierno, y la Revolución necesitaba hacerse creíble. Y Cuba todavía hoy no ha resuelto la posibilidad de tener un buen periodismo, que no exceda al periodismo formal que tiene en el Granma que, en mi opinión, no ejerce el periodismo. Mis amigos que quedan en la Habana están desesperados con conseguir Internet para poder comunicarse porque realmente el sistema informativo no es el mejor.

–         ¿Cómo era trabajar para la Revolución?

–         Yo fui secretario de redacción de la agencia Prensa Latina y la agencia era el órgano de divulgación central de la Revolución Cubano. Y había una coincidencia ideológica entre lo que yo pensaba y la Revolución, yo no me veía forzado a nada y todo lo que hacía, lo hacía convencido. Además, tenía compañeros que eran como amigos.

–         ¿Cómo fue trabajar con Rodolfo Walsh ahí?

–         Nosotros habíamos tenido una relación desde jóvenes. Rodolfo era un gran periodista y hacía un tipo de periodismo que rápidamente se convertía en libro. Eso, en parte, demuestra la cantidad de libros que él ha podido armar. Cuando trabajamos juntos en Prensa Latina, mi tarea era el armado de la redacción, de manera que no había una influencia clara entre el trabajo de él y mi trabajo, eran dos campos diferentes. Él podía hacer lo que sea, pero le disparaba a la tarea de dirigir la tropa, de eso me ocupaba yo.

–         ¿Cómo fue la experiencia de realizar un periodismo comprometido en Argentina a su vuelta?

–         El periódico de la CGT de los Argentinos era un periódico militante, muy comprometido, realmente interesante que nosotros disfrutábamos mucho. Las etapas donde el periodismo era realmente comprometido se alternaba con etapas periodísticas distintas. Yo estuve prohibido en tres etapas. Cuando en el año 1972 saqué mi primer libro, La Rebelión de los Generales, esa publicación fue prohibida por un decreto del poder ejecutivo, que estaba en manos del presidente José María Guido. Después fui prohibido en la parte de Onganía, cuando firmaba como Benjamín Venegas. Y después estuve en la lista de los periodistas prohibidos para escribir durante la última dictadura militar.

La dictadura militar

–         Usted figuraba entre los periodistas prohibidos durante la dictadura militar que comenzó en 1976, ¿cómo vivió ese proceso?

–         Yo intenté poner eso a prueba, intenté escribir pero no pude. En ese momento, en 1979 yo trabaja en una empresa de construcciones porque como no podía trabajar de periodista me empecé a ganar la vida trabajando de eso. En ese año, hablé con mis amigos de Clarín y les dije: “Mirá yo necesito volver al periodismo porque se me está borrando la profesión”, lo cual era verdad porque estaba haciendo un curso de armado de cemento, algo aburridísimo. Entonces, tuve un par de entrevistas en Clarín y las fui pasando hasta que me dejaron entrar a la sección de Política Internacional, donde el jefe era Enrique Alonso, un amigo mío. Tanto avanzó mi ingreso a Clarín que me hicieron hacer el examen físico, que en ese momento servía para hacer un poco de filtro ideológico, y me llevaron al diario y me dejaron elegir el escritorio donde iba a trabajar. Pero de repente, se hizo un silencio absoluto: hubo una comunicación de la oficina de prensa de la presidencia que decía que yo no podía trabajar ahí, y no pude.

–         ¿Cómo sintió esa frustración?

–         En ese momento, te confieso, me agarró una considerable preocupación. Yo en ese momento tenía dos hijos chicos y me había puesto de manifiesto, habían llamado la atención sobre mi persona. Así que no me sentía bien. Cuando uno es joven igual piensa que las cosas van a mejorar, que ninguna dictadura va a ser eterna, entonces, bueno, volví a la empresa constructora. Trabajé ahí hasta la Guerra de Malvinas, en 1982. Yo tenía el dato, por la empresa en la que trabajaba, que se iban a invadir las islas Malvinas, entonces me comuniqué con mis contactos de España, con la revista Interview, y de Venezuela, con la revista El Nacional. Los llamé, les expliqué lo de la Guerra y les dije que iban a precisar alguien que les escribiera y cuando se produjo me mandaron un cable pidiéndome que comenzara a mandar ya notas sobre el tema. Esa fue mi vuelta: ahí dejé la industria de la construcción a la que, por suerte, nunca volví.

La democracia

–         Cuando terminó la dictadura, ¿cómo vivió ese momento?

–         Ahí empecé a trabajar en el semanario El Periodista, del cual estoy muy agradecido de haber participado porque fue realmente un semanario que fue una hazaña periodística. Y hubo una libertad de prensa muy importante, completa, hermosa y radiante.

–         ¿Y no volvió a tener problemas para trabajar?

–         Tuve problemas con Menem, cuando trabajaba para el diario Tiempo de Madrid. Menem tenía una idea del periodismo, que creo que en cierto modo Kirchner comparte o entiende, que tiene que ver con el funcionamiento de los medios en las provincias más pobres donde la relación entre los gobernadores y los dueños de los diarios son muy amistosas, porque hay un solo diario, y en donde si los critican tienen la posibilidad de llamarlos y decirles: “¿Cómo puede ser que me pusiste esto”’. La anécdota fue así: Menem tuvo una entrevista con los del diario Tiempo en Europa. Cuando terminó la entrevista, Menem les pidió que por favor hicieran algo con el corresponsal que ellos tenían en Argentina, que era yo. Les dijo que en Argentina podían hacer muchas cosas, que se podía trabajar juntos, pero que yo no lo quería, que me cambiaran por uno de mayor confianza. En cuanto terminó la entrevista me llamaron y me dijeron: “Mira, tu Presidente ha pedido tu cabeza”, pero por suerte no me echaron.

Esas manos que lo tocaron todo, que lo vieron todo, gesticulan en cada momento y se mueven, y se abren, y se cierran, y se aprietan y dicen:

“Yo me encuentro ahora con la situación de que mis amigos son ahora nombres de calles, lo que quiere decir también que mi tiempo histórico se termina. Mi generación es una generación realmente extraña, sufrió dos podaderas: porque la primera podadera fue por razones políticas y la segunda fue por el paso del tiempo. Haber sobrevivido a la política y al paso del tiempo es algo de lo que todavía no me termino de convencer”.