El pasado mete la cola

Por Facundo Fernández Barrio
No es del todo cierto que Latinoamérica asista a un proceso radicalmente renovador y transformador, que vaya a cambiar su matriz histórica. Los mandatarios del continente, de Morales a Piñera y de Chávez a Uribe, son puestos a prueba por los mismos dilemas históricos no resueltos que sus antecesores. Y, en muchos casos, por sus propias historias personales.
Como los italianos a Silvio Berlusconi, los porteños a Mauricio Macri y los californianos a Meg Whitman, los chilenos encumbraron en el Palacio de la Moneda a un magnate empresario. Terminado el verano de la Concertación, el capital vuelve a gobernar Chile como en la época de Pinochet. Un patrón se sienta en el sillón que alguna vez fue de Salvador Allende. Aunque lo votó la mayoría –con destacado aporte de los sectores medios–, Sebastián Piñera no se parece a la mayoría de los chilenos.
En Uruguay es diferente. José Mujica recuerda haber sido mucho más parecido a Allende que a Berlusconi. Tal vez al ex tupamaro no le moleste tener que afeitarse la barba o ponerse un traje para ser presidente, pero de seguro necesita tragar saliva y respirar hondo antes de decir a los gerentes “¡Jugala acá que no te la van a expropiar!”. Y de seguro le pesa saber que los cañeros del Bebe Sendic, inspiradores de MLN Tupamaros, se indignarían si escucharan su versión edulcorada de los años de guerrilla.
De guerrilla no quieren oír más en Bogotá. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia llevan 46 años en acción. La intransigencia de Álvaro Uribe –que oscila entre la “seguridad democrática” y los “falsos positivos”– es un espejismo que bendijo la candidatura del oficialista Santos, próximo presidente. Con su tercer aval a la doctrina uribista, los colombianos siguen negados a la realidad del histórico y estático “empate” entre las FARC y el Estado, que sólo admitirá una salida pacífica y negociada.
Al otro lado de la frontera, Hugo Chávez intenta mostrarse cada vez más castrista que castrense y pregona el socialismo “del siglo XXI”. Un rótulo ingenioso para una fórmula que, matices aparte, no es en verdad una novedad para Latinoamérica ni para el mundo: dirigismo estatal sostenido en altos ingresos por materias primas. Ni socialista ni de este siglo, pero sí más conveniente que otras alternativas en bandeja para la mayoría asalariada de Venezuela. No es poca cosa.
Brasil aparenta ser el triunfo de la nación popular. Un obrero que perdió un dedo usando el torno se convierte en dirigente sindical, salta al mundo de la política grande y una vez en la presidencia, que alcanza como candidato del Partido de los Trabajadores, posiciona a su país como potencia mundial y molestia para Estados Unidos. Pero otra vez el pasado mete la cola: Lula da Silva pudo todo, menos revertir el legado de uno de los patrones de distribución de la riqueza más regresivos del planeta.
Quizás Evo Morales sea el presidente latinoamericano más parecido a su pueblo en la historia. A eso se debe su respeto por la “justicia comunitaria” de las comunidades originarias, que incluyó en la nueva Constitución. Bolivia está conmocionada porque los miembros de un ayllu lincharon hasta la muerte a cuatro policías, bajo los preceptos de aquella ley ancestral. Guste o no, Morales puso a discutir desencarnadamente una tradición centenaria: colocó al pasado en el tope de la agenda política.
La Patria Grande que imaginó Bolívar tendrá que esperar. Por ahora cada cual está preocupado en dar una vuelta de tuerca a su historia particular. Como si la Historia del continente no fuera una sola, y qué grande y cuánto pesa.
Colaboración de Facundo Fernández Barrio. Periodista que escribe libremente en la influyente www.PoliticArgentina.com.ar, además de ser estudiante de Historia de la UBA.