El machete

De Nicolás Correa

Toma el machete y se agazapa. La tarde entera esperando. No son animales, son hombres. Se han escondido allí y aguarda por ellos. Palpa el mango del machete con fuerza. Abre y cierra la mano. El filo da al suelo. Es un filo grueso que no brilla.
Ese machete estuvo en el rancho desde que él tiene conciencia. Nadie le ha dicho de dónde salió pero ahí estaba. En la selva es útil y también en la noche. Nunca han faltado amenazas contra sus hermanas o contra la madre. Por eso es útil.
Escucha unos murmullos y se acuesta en el suelo. La hierba está fresca. Ahora no puede ver tan bien como antes. Lo tapan los yuyos que se vuelven más espesos cerca de la tierra. Se levanta con cuidado y espera agazapado.
Uno de los hombres se acerca a la puerta. Mira como si supiera que algo los está vigilando. Adentro de la casilla se escucha el griterío, deduce que son varios. El hombre mira hacia los yuyos y escupe en la tierra. En su rancho él riega la tierra.
La cara del hombre es la cara que los había visitado en la mañana. Horas atrás. El recuerdo de esos rasgos parece imborrable.
Había masticado rabia mirando a su madre, mirando a su hermana. Masticó duro la impotencia de ser un muchacho de trece años. Masticó la fuerza de algunos hombres sobre otros.

Ellos habían llegado una madrugada mientras su madre terminaba de lavar. La tomaron por la espalda y con una pistola la metieron en el rancho. Luego se despertaron las hermanas. Tres mujeres, contando a la madre. Escuchó el griterío de los hombres y salió de la piecita. Uno de ellos le pegó con la culata de la pistola.
La situación era confusa. Los gritos de su madre pidiéndole que no mire, que se vaya a jugar al monte. Los gritos de sus hermanas pidiéndole que se vaya bien lejos. Que se tape los ojos. Eran muchas imágenes y demasiados gritos. En el monte se había acostumbrado a la tranquilidad.
Cuando se despertó estaba en la piecita, amarrado. El sol ya había despuntado. Salió arrastrándose hasta al comedor. Su madre estaba tirada en el suelo y sus hermanas alrededor de ella. Al verlo atado, la menor corrió a soltarlo. A su madre los golpes en el cuerpo le impedían moverse. Sus hermanas también tenían marcas en el rostro, en las piernas y en todo el cuerpo pero la juventud les permitía resistir un poco ciertos dolores físicos. Rosas fue hasta el pozo en busca de agua.
Afuera el sol estaba apretando y sintió que nunca más iba a olvidarlo, estaba arrasando la mañana con prepotencia. Era el calor viniendo del monte y pegándose en el cuerpo. Regresó con el agua. Tomó un trapo viejo y lo pasó por el rostro magullado de su madre. Continuó con la espalda y después las piernas. La recostó en la cama y siguió el mismo proceso con sus hermanas.
Al cabo de dos días la madre estaba recuperada. Sus hermanas todavía temían salir de la casilla. En la noche, mientras todos dormían, en medio de la noche cuando los pájaros nocturnos llamaban, ellas se despertaron gritando y él corrió a la piecita para ver qué sucedía. La madre trataba de calmarlas. Sus hermanas lo vieron entrar y reconocieron su rostro. Rosas se sentó en la puerta de la pieza con una frazada y ellas durmieron.
A media tarde, después de haber regado la tierra, él se sentó a descansar a la sombra del cedro. Entre el paisaje espeso y el color rojizo del camino divisó dos hombres a caballo. Hacía demasiado calor. Rosas no tenía cerca el machete y se desesperó. Levantó la cabeza y ellos ya estaban a unos metros. La respiración se trabó en su pecho y sintió que algo le apretaba el cuello.
—¿Está tu mamá, guanaco?— preguntó el que estaba en el caballo blanco— Decile que salga…
Él lo midió a distancia. El hombre tenía un lindo caballo. Su madre salió al escuchar las voces. También sus hermanas, que se quedaron en la puerta de la casillita. El del caballo blanco hizo señas a la madre para que se acercara. La mujer caminó descalza por la tierra que él había regado. El tipo dijo algo. Nadie escuchó pero la madre terminó agachando la cabeza y volvió con el paso cansino a la casilla. Entró y los dos hombres se fueron. Rosas no se metió adentro hasta que se perdieron.
Desde la piecita de sus hermanas llegaba el llanto.
Antes de que caiga la noche su madre agarró el único alazán que tenían, cargó a la mayor de las hermanas y salió. Dos horas después regresó cabalgando sola y en la oscuridad. Fue la primera vez que la vio llorar. Rosas le preguntó por qué lloraba y ella dijo que había perdido una hija para no perder todos sus hijos. Se calló y se metió en la piecita.
En la mañana del sábado, mientras él se levantaba, vio venir dos caballos por la ventana. Eran los hombres que los habían visitado tres días atrás. El caballo blanco brillaba bajo el rayo del sol. Tomó el machete y lo escondió detrás de su pierna. Su madre salió corriendo del rancho. En el caballo blanco venía la mayor.
—Es joven pero no sirve pa` mierda— dijo el tipo tirando a la muchacha del caballo—A la noche tráeme la otra a la casilla. Vamo` a ver si esa sirve pa` algo…
Los hombres salieron al galope. Antes de que se perdieran en el camino, Rosas agarró el alazán. Cabalgó despacio pero sin perder pisada, siguiendo las figuras que se mezclaban con el color rojizo de la tierra. Monte arriba los hombres se abrieron del sendero y tomaron hacia el río. La selva cerraba el paso y achicaba el paisaje. Dejaron los caballos y se bajaron. Caminaron unos metros hasta una casilla. Él los acompañó con la mirada. Los vio entrar pero se fue cerca del río donde había un espacio abierto para que el alazán pastara. El resto del camino hacia la casilla lo hizo a pie.
Esa es la cara que los había visitado en la mañana. Horas atrás. Esos son los rasgos que no puede sacarse de la mente.
Él está esperando en el yuyaje. Aprieta el machete contra la pierna y siente la humedad del mango. Es la transpiración. Adentro de la casilla se escuchan movimientos. Son los hombres, que ahora están jugando a las cartas. Mastica todas esas imágenes que llegan repitiéndose una a una. Mastica los ruiditos de los pájaros nocturnos moviéndose en los pastizales. Mastica los zumbidos de los mosquitos y el murmullo del río y el chillido de las arañas. Mastica la selva encerrándolo en la oscuridad de la noche. Mastica la rabia en el puño del machete y la debilidad de los trece años.
El tipo está apoyado en puerta de la casilla. Avanza unos metros hacia el camino esperando algo. Está impaciente. Prende un cigarro y lo chupa con ganas. Patea la tierra. Sale otro hombre de la casilla.
—Tengo ganas de culiar— dice mientras con la mano hace un gesto pidiéndole un cigarro.
Ambos fuman y miran el fondo del oscuro paisaje.
Es una noche sin luz. No hay luna. El hombre que había salido último vuelve a la casilla. El otro se queda parado chupando el cigarro. Rosas aprieta el machete y siente la humedad del mango. Se seca la mano en el pantalón y también seca el mango con este. Rodea al hombre entre los yuyos moviéndose con lentitud. Cuando están en la misma línea avanza despacio hacia él. El barullo de la selva no deja distinguir sus pasos. Casi frente él se abalanza. El hombre lo escucha venir y reacciona tarde. El machete se incrusta en la garganta. La sangre estalla en la tierra. Saca el machete de la garganta y lo ensarta en el estómago. El machete no tiene punta y entra con mucho esfuerzo.
El caballo blanco que está amarrado a un poste, se inquieta al escuchar desplomarse  el cuerpo del hombre en la tierra. Rosas se acerca al caballo y le corta una de las patas delanteras. Al machete le cuesta atravesar la carne del caballo pero con un empujón desde el brazo termina su cometido. La bestia relincha desenfrenada y tira de la cuerda. Antes de que salgan los otros hombres le corta la otra pata y huye hacia la selva. El animal cae emitiendo algunos quejidos entrecortados. Se revuelca de dolor y los otros caballos se enloquecen. Los hombres lo siguen unos metros, pero entre el alcohol y la oscuridad abandonan la persecución.
Rosas corre agitado y la vista se le nubla. Encuentra el río y camina hasta encontrar su alazán. Sube y sale al galope bordeando el río. El machete está caliente. Es la sangre del hombre y la sangre del caballo.
Rosas siente el cansancio pero se ha sacado de encima esa sensación que hace unos días lo molestaba. Ahora la sensación del machete enterrándose en el cuero y el calor de la sangre en la mano parecen ocuparlo todo.
Cuando llega al rancho la madre está sentada en la puerta. Deja el alazán y ella sólo lo observa. Entra en la casilla y mira la pieza de sus hermanas. Ambas están dormidas. La madre sigue en la puerta y él mirando a sus dos hermanas. Sale.
—Van a venir, hijo— dice la mujer mientras con una varita dibuja en la tierra— Van a venir…
—Hay que regar mamá. La tierra esta seca— comenta Rosas— Hay que buscar agua y regar un poco— repite.
Deja el machete en la tierra, a la sombra del cedrón. Agarra unos baldes y sale hacia el pozo. Cuando se da vuelta la madre está tocando el machete. Ella corre hacia él.
—Dejá que yo vaya a buscar el agua— ordena la mujer— Vos quedate con tus hermanas, hijo.
Rosas no dice nada y vuelve con el machete en la mano.
Nicolás Correa es un escritor nacido en 1983 a punto de terminar su licenciatura en Letras en la UBA. Con tres libros ya editados y uno en camino, es director de la revista literaria y de interés cultural Gatillo y coordinador del Grupo Interdisciplinario CRUCE. Realiza correcciones teatrales y administra el blog: www.engranajesdesangre.blogspot.com. También cumple como productor general del teatro El Cubo: www.cuboabasto.com.ar